López-Dóriga revive entrevista al Mochaorejas, el secuestrador que aterró a México

López-Dóriga y Damián Alcázar reviven confesión del secuestrador que sembró terror con 40 plagios en los noventa

Recreación de la entrevista de Joaquín López-Dóriga al Mochaorejas con el actor Damián Alcázar para la serie de ViX

Joaquín López-Dóriga entrevistó al Mochaorejas en los separos de la PGR en agosto de 1998, horas después de su detención.

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México — 5 de marzo de 2026. —El periodista Joaquín López-Dóriga y el actor Damián Alcázar recrearon en video la entrevista que el comunicador realizó en agosto de 1998 a Daniel Arizmendi López, “El Mochaorejas”, considerado el secuestrador más sanguinario de la década de los noventa en México.

La pieza, difundida el 3 de marzo a través de Radio Fórmula y redes sociales, revivió la escalofriante confesión de un criminal cuya banda cometió al menos 40 plagios en el Valle de México, Morelos, Puebla y Querétaro, y cuyo método de extorsión —mutilar las orejas de las víctimas con tijeras de pollero— le dio el apodo que aterró a un país entero.


El ejercicio se realizó a propósito de la serie “El Mochaorejas”, estrenada el 23 de enero de 2026 en ViX Premium y protagonizada por Alcázar, que se ha convertido en una de las

producciones más vistas de la plataforma con millones de horas de reproducción en México, Estados Unidos y Latinoamérica. La producción de ocho episodios, dirigida por Mauricio Cruz y basada en una investigación de la periodista Olga Wornat, reconstruye el ascenso y caída del secuestrador en el contexto de una ola de plagios que marcó a la sociedad mexicana en la segunda mitad de los años noventa.

Del primer secuestro a la mutilación: así operaba el Mochaorejas

Daniel Arizmendi López nació el 22 de diciembre de 1958 en Miacatlán, Morelos, en un entorno de violencia doméstica e inestabilidad familiar. Detenido por primera vez a los 15 años por robo de vehículos, escaló rápidamente al secuestro.

Su banda operó entre 1995 y 1998 con un modus operandi brutal: interceptaban a empresarios adinerados, los mantenían en casas de seguridad y mutilaban sus orejas como método de presión para cobrar rescates millonarios.

El primer caso de mutilación fue el del empresario Leobardo Pineda, secuestrado en diciembre de 1995 en Ixtapaluca, Estado de México. Tras dos meses sin recibir pago, Arizmendi le cortó una oreja con tijeras de destazar pollo y la envió a la esposa de la víctima. Pineda fue asesinado cuando un cómplice fue detenido al intentar cobrar el rescate.

Entre sus víctimas más conocidas figuraron el empresario Karlio Alonso Hernández, la joven española Alejandra Hostrasher —a quien cercenó ambas orejas— y Raúl Nava Ricaño, cuya madre escuchó por teléfono el momento en que Arizmendi lo asesinó en mayo de 1997.

El caso Nava Ricaño llegó hasta la Presidencia de la República: el padre de la víctima era amigo de Luis Téllez, jefe de la Oficina de Ernesto Zedillo, quien ordenó al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) asumir la investigación antisecuestros.

El secuestro de ciudadanos españoles detonó una crisis diplomática que aceleró la caída de Arizmendi. En octubre de 1997, el ministro del Interior de España, Jaime Mayor Oreja, viajó a México y reclamó al secretario de Gobernación, Emilio Chuayffet, y al procurador Jorge Madrazo Cuéllar que la ola de plagios contra sus connacionales continuaba sin control.

La presión llegó directamente al presidente Zedillo. Arizmendi había secuestrado al empresario español Gabriel Gutiérrez Gómez y, aunque lo liberó, la amenaza de un conflicto diplomático obligó a intensificar los operativos.

¿Quiénes capturaron al Mochaorejas y cómo cayó?

La detención se produjo la madrugada del 17 de agosto de 1998 en las cercanías del Toreo de Cuatro Caminos, en los límites de la Ciudad de México y el Estado de México. El operativo fue ejecutado por el Grupo Especial del CISEN bajo el mando del comandante Alberto Pliego Fuentes, quien fue presentado como agente de inteligencia. En realidad,

Pliego provenía de la Policía Judicial del Estado de México. Dentro del CISEN, la investigación fue conducida por Wilfrido Robledo Madrid y un entonces joven Genaro García Luna, quienes coordinaron las intervenciones telefónicas y la vigilancia que permitieron cercar al secuestrador.

Arizmendi llegó a la cita en un automóvil compacto, con gorra, gabardina gris y barba crecida. Cargaba cerca de cinco millones de pesos y entre 300 mil y 500 mil dólares para gastos y pago de su red de protección policiaca. No opuso resistencia pese a ir armado.

Lo habían delatado sus propios cómplices: semanas antes, desconfiado, había mandado asesinar a tres integrantes de su banda por sospechar que colaboraban con las autoridades.

El procurador Madrazo Cuéllar confirmó la captura en conferencia de prensa, mientras que el secretario de Gobernación, Francisco Labastida, fue el primero en difundir la noticia durante una visita a la Cámara de Diputados.

En la recreación del 3 de marzo, Alcázar encarnó al secuestrador con la misma frialdad que Arizmendi mostró en 1998. “No me arrepiento”, respondió el actor cuando López-Dóriga le cuestionó por el daño a tantas familias.

“Si me arrepiento de algo es de haber dejado a mi familia ahí”.

El periodista calificó a Arizmendi como “el criminal más atroz” que ha conocido en su trayectoria. Sobre el asesinato del empresario queretano Raúl Nieto del Río, Arizmendi admitió en la entrevista original: “no quería cooperar, tuve que matarlo”. Confesó que el secuestro era para él una adicción incontrolable, comparable a una droga.

Pliego Fuentes, apodado “El Superpolicía” tras la captura, tuvo un destino tan oscuro como el del criminal que detuvo: fue nombrado jefe de la Policía Ministerial de Morelos y luego subdirector operativo de la Policía Federal Preventiva, hasta que en 2005 fue detenido por proteger a líderes del Cártel de Juárez.

Falleció de cáncer en 2007 dentro del penal del Altiplano, el mismo centro donde Arizmendi cumple su condena.

En diciembre de 2025, una jueza federal absolvió a Arizmendi de uno de los cargos de secuestro por insuficiencia de pruebas, pero el criminal continúa recluido en el Altiplano cumpliendo sentencias que en conjunto alcanzan más de 145 años, con otras condenas en apelación que sumarían 300 años adicionales.

Su historia, 28 años después, sigue generando debate sobre la seguridad, la corrupción policiaca y la impunidad que marcaron al México de los noventa.