La venta de libros, un arte que se diluye con la modernidad

03 de Agosto de 2018
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México, 3 Ago (Notimex).- “Jiménez" como lo conoce el gremio de libreros en el centro y de la Lagunilla acaba de cumplir 75 años de edad, la mayor parte de ellos los ha pasado cerca de las letras de muchos autores plasmadas en distintos tipos de papel; él, se ha dedicado al negocio de los libros desde que la avenida San Juan de Letrán estaba llena de cosmopolitas luces y los espectáculos, el cine y las artes, eran para el pueblo.

A pocos pasos del emblemático Palacio de los Azulejos, con la música lejana de un organillo como fondo musical, Don Jesús se recuerda de niño al lado de su padre que también se dedicó a la venta de libros en las calles del centro.

En un principio, iba detrás de él cargando con pesar un par de cajas montadas en un diablito, buscando lugares para poner sus mesas y comercializar cultura de bolsillo, por esos días los lugares en las calles costaban 50 centavos, más adelante, se asentaron hasta llegar a tener dos locales comerciales, ofrecían libros especializados en Derecho.
Con la llegada de la modernidad las ventas comenzaron a bajar, ello, consideró, ante la llegada del metro, las personas antes de esto paseaban en las calles “fue cuando comenzó a llegar la modernidad, el metro, la gente andaba más por abajo que por arriba, las ventas fueron bajando y con el tiempo las tradicionales librerías locales se fueron diluyendo”.

A Don Jesús la vida se le ha pasado entre el aroma de hojas de papel y de tintas, fue de los primeros que llegó al Callejón de la Condesa, a un costado del emblemático edificio de los azulejos poco después del temblor de 1985, cuando se derrumbó el hotel Regis de la Alameda Central donde vendía antes de llegar al callejón.
Con nostalgia, evocó los años al lado de su padre, en los que con molestia lo seguía por las calles del centro histórico, lo que él quería era jugar, armar resorteras, arcos y flechas con sus manos.

En aquel entonces poco sabía que el trabajo artesanal lo acompañaría a lo largo de su vida, con el tiempo trabajó poco más de 20 años en una editorial ya extinta para luego regresar a sus orígenes al lado de su papá, paseando cajas de libros para venderlos a los paseantes sin al principio encontrar un lugar fijo, hasta que por invitación de unos amigos llegó al callejón, por esos años eran solo unos cinco o seis libreros, “ahora son un montón, de todos ellos solo quedo yo aquí”.

A Don Jesús no siempre le gustaron los libros, solo paseaba haciendo muinas por las calles hasta que alguién le dio un libro de hechicería que en sus ojos de niño se transformó en magia y en posibilidades; ahora realiza empastes artesanales para personas que practican las artes ocultas, aunque también realiza empastes de libros de medicina, medicina tradicional, herbolaria, magia santera y libretas.

A la luz de las blancas lonas, resaltan los tomos en tonos sepia llenos de texturas emulando viejos nudos, las pastas tienen diferentes figuras, algunos son rostros o símbolos, la gente los mira de reojo, otras tantas se detienen a preguntar el precio, Don José se los dice, confiado de su trabajo.
Para hacerlos, utiliza cartón café y engrudo, las figuras las va formando con sus dedos, para los libros grandes llega a tardar hasta tres días en elaborarlos, y luego debe esperar alrededor de una semana para que se sequen, cada tomo lo llega a vender entre unos dos mil y tres mil 500 pesos; sin embargo, sabe que incluso los compradores los llegan a revender hasta en cinco mil pesos.

Cada mañana llega alrededor de las nueve de la mañana y paga a un muchacho para que vaya a buscar sus libros a una pequeña bodega que le rentan muy cerca de su puesto, ya no carga los libros porque un día todos se le cayeron encima, por lo que ahora, consciente de su edad, no tiene reparo en pedir ayuda.

Además de los particulares libros, el puesto de “Jimenez” ofrece a los amantes de la filatelia piezas que ya es casi imposible encontrar, posters antiguos y libros que ya nadie edita, en realidad él ya no compra nada de material, tantos años le han permitido juntar una buena cantidad de tesoros que va sacando de viejas cajas que viven en su casa, recordandole su pasado lleno de los olores de tintas y de todas las historias que leyó durante más de 60 años.

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