Cuba: Contar las violencias, para no quedar indiferentes

Cuba: Contar las violencias, para no quedar indiferentes. Foto: SEMLAC/Zaida Capote.
Cuba: Contar las violencias, para no quedar indiferentes. Foto: SEMLAC/Zaida Capote.

La Habana, diciembre (SEMlac Cuba).- La literatura ha sido un espacio para la reproducción del patriarcado y también para la denuncia de las violencias que lo sostienen. Como lectora y también desde la crítica literaria feminista, Zaida Capote Cruz ha podido constatar ese vínculo complejo que trasciende a épocas remotas.

En conversación con SEMlac, la reconocida ensayista cubana rescata obras, clásicas y modernas, que han tenido como tema central las violencias machistas y patriarcales. A través de la ficción, esta compleja problemática se ha mostrado con rostros, conflictos y desenlaces diversos; cuentos y novelas nos devuelven la realidad contada de una forma que nos invita a no quedar indiferentes.
 


Si hablamos de violencias machistas y literatura ¿qué obras destacarías?
Siempre recuerdo dos experiencias de lectura que iluminaron para mí ese espacio de opresión que es la violencia intrafamiliar. Hay un cuento de Dostoievski que leí ya adulta, "La tímida", que cuenta cómo, tras una serie de vejaciones y humillaciones del marido, la joven esposa se suicida lanzándose por la ventana.

Hay otro, creo recordar que de Andersen: se llamaba "La esposa tartamuda"; una historia en que la suegra, por oír hablar a su nuera, la provoca una y otra vez hasta que un día, ya desesperada, le esconde los zapatos. La joven opta por ponerse los zapatos del esposo, que le quedan, obviamente, grandes, y sale con ellos a la calle, callada, claro está.

Son obras de dos clásicos y ahí ya está la representación de la violencia patriarcal, que no es exactamente lo mismo que la violencia machista. Es un tema que aparecía ya en los clásicos de la antigüedad, en la mitología, donde abundan raptos, asesinatos, violaciones. Podríamos hacer una lista larguísima.

En Cuba ha habido muchas muestras de la representación de la violencia patriarcal y de la violencia machista. Entre las más recientes, podríamos citar la antología de Laidi Fernández de JuanSombras nada más, que reúne 36 cuentos de autoras cubanas contra la violencia. Hace poco, mientras preparaba una antología de cuentistas cubanas del siglo XX para la colección Vindictas de la UNAM, que acaba de salir, tropecé con otros relatos de denuncia.

Para empezar, me topé con una mujer, Herminia Gómez, que en 1916 escribió un artículo titulado "Los hombres que matan a las mujeres", o sea, que ya había conciencia del problema de la violencia machista brutal que conduce al asesinato.

Y había otros, como "La bruta", de Ofelia Rodríguez Acosta; "Corinne, muchacha amable", de Mayra Montero; "Julieta", de Rosa Ileana Boudet; algunos de los que integran El abrevadero de los dinosaurios, de Daína Chaviano; la serie de relatos de Caperucita de Josefina Toledo Benedit, entre otros.

Hay un cuento verdaderamente magistral de Surama Ferrer, se llama "La madre" y narra un parto hospitalario como una carnicería. Podría mencionarte, además, y quedándonos en el siglo XX, "Silvia", de Verónica Pérez Kónina; "Dolly", de Laidi; "Alguien tiene que llorar", de Marilyn Bobes, "Performance de navidad", de Anna Lidia Vega Serova, "Madrugada", de Aida Bahr, "En el parque", de Lourdes de Armas, entre otros muchos posibles.

Cada autora elige cómo acercarse al tema; a menudo prima la claridad discursiva, un relato casi testimonial, que se atiene a narrar hechos y nada más, como tomando distancia de la escena. Pero ocurre también, muy a menudo, que la narración se ubica en la perspectiva de la mujer --o de su agresor, o de un testigo--, en su subjetividad, y desde ahí se narran hechos que, aun siendo cotidianos, vivimos como una tragedia. Sobre esto no hay nada decisivo. Hay cuentos excelentes en cada caso. Y hay muchos modos de contar tales historias con eficiencia estilística y potencia política.
 

¿Cuáles desafíos conlleva apostar por la denuncia de las violencias en la literatura y en la crítica literaria feminista?
La denuncia de las violencias es un deber de cualquiera que se asuma feminista, sea en la ficción o en la realidad. Pero está claro que una literatura de denuncia debe tener fuerza estilística y emocional suficientes para conmover a su auditorio.

Hay muchos modos de abordar este asunto de la violencia; creo que entre nuestros mayores desafíos estaría escribir con inteligencia y sutileza, con un lenguaje eficiente y a la vez efectivo; y aquí estoy hablando tanto de las ficciones como de la crítica. La elección del modo en que se cuenta una historia de ficción o del modo en que nos acercamos desde la crítica y la investigación a esas ficciones es fundamental.

Es preciso mantener la sensibilidad despierta a las menores variaciones lingüísticas, a los sonidos, a la creación de un ambiente, a la elección del léxico, a la elaboración o a la ausencia de imágenes y metáforas. Todo eso hace de una obra literaria lo que es, y todo contribuye a que sea más eficiente no solo como escritura, sino en su denuncia, porque mientras mejor haya sido elegido el lenguaje, la perspectiva, la estructura del cuento, para seguir ciñéndonos a ese género, más precisa y eficaz será la denuncia.
 

Esta es una pregunta que, aunque la repitamos por mucho tiempo, no pierde vigencia. ¿Cómo se puede contribuir desde la literatura y la crítica literaria feminista a la lucha contra las violencias machistas?
La crítica feminista puso en el candelero algunos temas de discusión que iban desde el cuestionamiento al canon hasta la desautorización de los modos burdos de referirse a las mujeres en algunas obras literarias. Creo que tales discusiones nos hicieron a todos, hombres y mujeres, más conscientes de las decisiones que tomamos cuando escribimos. Y eso es bueno. También educaron al público, que puede hacerse su propia opinión y juzgar el resultado por su cuenta; pero no podrá alegar ya ignorancia o simple embeleso formal. Todo cuenta y es preciso estar alertas cuando leemos; solo para poder disfrutar, rechazar o elogiar una obra determinada.

Otro modo de contribuir sería la intervención en el ámbito escolar de la enseñanza de la lengua y la literatura para identificar modos discriminatorios, representaciones de la violencia y, desde ahí, educar a cada estudiante, enseñarle cómo la violencia contra las mujeres es constitutiva de nuestra cultura y cómo podemos combatirla, a partir del aprendizaje de una convivencia respetuosa y justa.

Otra de las posibilidades que tenemos es divulgar la obra de las escritoras; para que nadie pueda volver a decir o escribir que no existimos o que no hay entre nosotras suficiente talento; podemos divulgar estas obras que le hacen frente a la violencia patriarcal de mil maneras, discutirlas, debatirlas, recomendarlas. Las antologías de autoras es una vía efectiva.

Laidi suele recordar a menudo cómo, cuando presentábamos juntas Sombras nada más, al final se nos acercaba gente a comentar experiencias personales, a agradecer porque podrían usar el libro para educarse, y a su familia, en ser mejores. Al arte y la literatura les toca ser lo mejor posible, cada artista debe esforzarse por parir algo valioso, bien elaborado, coherente, impactante, conmovedor.

La maestría en el uso del lenguaje de la representación artística puede conseguir cualquier reacción. Apostar por cambiar los modos de relación entre hombres y mujeres, trastocar los roles tradicionales de género, discutir el hábito, puede ser un camino. Pero en arte es difícil dictar normas so pena de clausurar la creatividad. Nos toca estar atentas y leer desde un lugar que nos permita discutir estereotipos, rechazar violencias, soñar con la justicia.