Río de Janeiro, 4 Abr. (Notimex).-La conquista de la primera Copa del Mundo por Brasil en 1958, no se debió a la juventud de “Pelé” ni al genio de “Garrincha”, sino al enorme talento de Waldir Pereira, “Didí”, medio campista natural, artífice único cuando tenía el balón en los pies, como lo mostró sobre el gramado del estadio de la Ciudad Universitaria de la capital mexicana.
En el salón de trofeos del estadio Hérmes da Fonseca del barrio de Botafogo de la ex capital de Brasil, hay un retrato al óleo que inmortaliza a alguien muy querido en el equipo de la estrella solitaria, cuyo juego giraba en torno a él, el genio más grande de la media cancha que el país del futbol haya visto jamás.
En enero de 1958, el Botafogo vino invitado al I Torneo Pentagonal de la ciudad de México -también participaron el “campeonísimo” Guadalajara, el Zacatepec, el Toluca y el Independiente de Buenos Aires-, causando admiración como parte de un elenco de seleccionados brasileños que, seis meses después, brillaría intensamente en Suecia.
Cuando asumió con “Zito”, Nilton Santos y el capitán Luiz Bellini, –fallecido el pasado 22 de marzo a los 83 años de edad- el comando del grupo dentro y fuera del campo en Suecia, donde fue nominado el mejor jugador del torneo, ejerció presión sobre la comisión técnica, hasta lograr la alineación de “Pelé” y “Garrincha” en la fase semifinal.
“Didí” enseñó su destreza en las canchas de los estadios suecos de Rimmservallen, Nya Ullevi y Rasunda, convertido en compañero de “Pelé”, quien en todo momento lo llamó “hermano mayor”, mostrándole una admiración y un afecto pocas veces visto entre compatriotas y futbolistas.
Luego de orquestar pases formidables y hacer un gol a los 39 minutos del primer tiempo a Francia, el 24 de junio de 1958, en el cuarto partido del torneo, ofreció su mejor despliegue ante los anfitriones en la final, llamando enormemente la atención de Santiago Bernabeu, propietario del Real Madrid, quien logró su firma para llevarlo al club de Chamartín.
“Didí” migró a España para compartir el vestuario y la cancha con José Santamaría, Ferenc Puskas, Raymond Kopa, Francisco Gento y el hispano-argentino Alfredo Di Stefano; sin embargo, una serie de desencuentros con la llamada “Saeta Rubia” lo llevaron de vuelta a su Botafogo del alma.
Se convirtió en bicampeón en Chile, defendiendo el cetro de la “verdeamarela” con un estilo sereno, como armador del esquema ordenado por Aymoré Moreira, personaje que, desde el banquillo, con intuición increíble, entendió el modo de ser y pensar de cada uno de sus alumnos para, el 17 de julio de 1962, alcanzar otra corona en la gran final ante Checoslovaquia.
Siempre mostró sobre el campo de juego su genialidad, por su forma clásica de armar las estrategias, con un futbol técnico y creativo, de dribles bien simulados, lanzamientos precisos y disparos infernales, como lo hizo a lo largo de su dilatada carrera en el Madureira, Fluminense, Botafogo, Real Madrid, Sporting Cristal y Sao Paulo.
Waldir Pereira libró sus últimas contiendas en el Sporting Cristal de Perú, a cuya selección nacional calificó como director técnico para el Campeonato Mundial de 1970 en México, conduciendo con maestría a un grupo que el cronista Manuel Seyde llamó cariñosamente “los angelitos negros de ‘Didí’”
Para gusto de los mexicanos, en la etapa final de su carrera fichó entre 1964 y 1966 con el Veracruz, donde hizo cuatro goles memorables que los viejos aficionados de los Tiburones Rojos todavía recuerdan.
Experto en el cobro de faltas con su lanzamiento conocido como “folha seca” (hoja seca) de misterioso efecto, fue el anotador del primer gol en el estadio de Maracaná, durante el partido inaugural de ese escenario entre los combinados de Río y Sao Paulo, que terminó 3-1 a favor de los cariocas.
La jugada consistía en ejecutar un disparo en que el balón se elevaba y, de pronto, descendía para realizar una trayectoria curva hacia dentro del arco, tal como lo aprendió desde su debut profesional con el modesto Madureira en 1947, con efectos que acababan en gol, convirtiendo a “Didí” como el ineludible para cobrar los tiros libres.
También dio a un inseguro Brasil la clasificación para asistir al XVI Campeonato Mundial de Suecia, luego de un angustioso 0-0 contra Perú en Lima, que se resolvió en Río de Janeiro con un solitario gol suyo a los 30 minutos del segundo tiempo.
A lo largo de su trayectoria como seleccionado nacional, entre 1953 y 1962, marcó trece goles en 32 partidos y, debido a su cuerpo delgado y su rapidez física y mental, “Didí” fue un estupendo regateador.
Poseía una técnica depuradísima que hizo que el cineasta Nelson Rodrígues lo bautizara con el apodo de “Príncipe Etíope”, debido a la elegancia de sus pausas para mantener la posesión del balón y el ritmo del juego a favor de su equipo.
El sobrenombre también obedecía a su apostura natural, al cuerpo erecto, la cabeza alta y, sin duda, a los pases largos, milimétricos, que obsequiaba a delanteros del calibre de “Quarentinha”, Amarildo y Zagallo, sus compañeros en la línea delantera del Botafogo de fines de la década de 1950.
El gran “Didí” dejó este mundo a los 73 años de edad, el 12 de mayo de 2001 en Río de Janeiro -donde nació en cuna humilde el 8 de octubre de 1928-, víctima de un cáncer hepático en fase terminal.
Su desaparición no impidió que los recuerdos felices, su nobleza, quedaran guardados eternamente en la memoria de los buenos aficionados de albinegro Botafogo y de la selección nacional brasileña, a la que tanto dio y a la que tanto quiso.
En el salón de trofeos del estadio Hérmes da Fonseca del barrio de Botafogo de la ex capital de Brasil, hay un retrato al óleo que inmortaliza a alguien muy querido en el equipo de la estrella solitaria, cuyo juego giraba en torno a él, el genio más grande de la media cancha que el país del futbol haya visto jamás.
En enero de 1958, el Botafogo vino invitado al I Torneo Pentagonal de la ciudad de México -también participaron el “campeonísimo” Guadalajara, el Zacatepec, el Toluca y el Independiente de Buenos Aires-, causando admiración como parte de un elenco de seleccionados brasileños que, seis meses después, brillaría intensamente en Suecia.
Cuando asumió con “Zito”, Nilton Santos y el capitán Luiz Bellini, –fallecido el pasado 22 de marzo a los 83 años de edad- el comando del grupo dentro y fuera del campo en Suecia, donde fue nominado el mejor jugador del torneo, ejerció presión sobre la comisión técnica, hasta lograr la alineación de “Pelé” y “Garrincha” en la fase semifinal.
“Didí” enseñó su destreza en las canchas de los estadios suecos de Rimmservallen, Nya Ullevi y Rasunda, convertido en compañero de “Pelé”, quien en todo momento lo llamó “hermano mayor”, mostrándole una admiración y un afecto pocas veces visto entre compatriotas y futbolistas.
Luego de orquestar pases formidables y hacer un gol a los 39 minutos del primer tiempo a Francia, el 24 de junio de 1958, en el cuarto partido del torneo, ofreció su mejor despliegue ante los anfitriones en la final, llamando enormemente la atención de Santiago Bernabeu, propietario del Real Madrid, quien logró su firma para llevarlo al club de Chamartín.
“Didí” migró a España para compartir el vestuario y la cancha con José Santamaría, Ferenc Puskas, Raymond Kopa, Francisco Gento y el hispano-argentino Alfredo Di Stefano; sin embargo, una serie de desencuentros con la llamada “Saeta Rubia” lo llevaron de vuelta a su Botafogo del alma.
Se convirtió en bicampeón en Chile, defendiendo el cetro de la “verdeamarela” con un estilo sereno, como armador del esquema ordenado por Aymoré Moreira, personaje que, desde el banquillo, con intuición increíble, entendió el modo de ser y pensar de cada uno de sus alumnos para, el 17 de julio de 1962, alcanzar otra corona en la gran final ante Checoslovaquia.
Siempre mostró sobre el campo de juego su genialidad, por su forma clásica de armar las estrategias, con un futbol técnico y creativo, de dribles bien simulados, lanzamientos precisos y disparos infernales, como lo hizo a lo largo de su dilatada carrera en el Madureira, Fluminense, Botafogo, Real Madrid, Sporting Cristal y Sao Paulo.
Waldir Pereira libró sus últimas contiendas en el Sporting Cristal de Perú, a cuya selección nacional calificó como director técnico para el Campeonato Mundial de 1970 en México, conduciendo con maestría a un grupo que el cronista Manuel Seyde llamó cariñosamente “los angelitos negros de ‘Didí’”
Para gusto de los mexicanos, en la etapa final de su carrera fichó entre 1964 y 1966 con el Veracruz, donde hizo cuatro goles memorables que los viejos aficionados de los Tiburones Rojos todavía recuerdan.
Experto en el cobro de faltas con su lanzamiento conocido como “folha seca” (hoja seca) de misterioso efecto, fue el anotador del primer gol en el estadio de Maracaná, durante el partido inaugural de ese escenario entre los combinados de Río y Sao Paulo, que terminó 3-1 a favor de los cariocas.
La jugada consistía en ejecutar un disparo en que el balón se elevaba y, de pronto, descendía para realizar una trayectoria curva hacia dentro del arco, tal como lo aprendió desde su debut profesional con el modesto Madureira en 1947, con efectos que acababan en gol, convirtiendo a “Didí” como el ineludible para cobrar los tiros libres.
También dio a un inseguro Brasil la clasificación para asistir al XVI Campeonato Mundial de Suecia, luego de un angustioso 0-0 contra Perú en Lima, que se resolvió en Río de Janeiro con un solitario gol suyo a los 30 minutos del segundo tiempo.
A lo largo de su trayectoria como seleccionado nacional, entre 1953 y 1962, marcó trece goles en 32 partidos y, debido a su cuerpo delgado y su rapidez física y mental, “Didí” fue un estupendo regateador.
Poseía una técnica depuradísima que hizo que el cineasta Nelson Rodrígues lo bautizara con el apodo de “Príncipe Etíope”, debido a la elegancia de sus pausas para mantener la posesión del balón y el ritmo del juego a favor de su equipo.
El sobrenombre también obedecía a su apostura natural, al cuerpo erecto, la cabeza alta y, sin duda, a los pases largos, milimétricos, que obsequiaba a delanteros del calibre de “Quarentinha”, Amarildo y Zagallo, sus compañeros en la línea delantera del Botafogo de fines de la década de 1950.
El gran “Didí” dejó este mundo a los 73 años de edad, el 12 de mayo de 2001 en Río de Janeiro -donde nació en cuna humilde el 8 de octubre de 1928-, víctima de un cáncer hepático en fase terminal.
Su desaparición no impidió que los recuerdos felices, su nobleza, quedaran guardados eternamente en la memoria de los buenos aficionados de albinegro Botafogo y de la selección nacional brasileña, a la que tanto dio y a la que tanto quiso.















El Estadio Corregidora ha sido el único escenario donde Querétaro ha mostrado competitividad en el torneo. Infografía Rotativo. 

