Astudillo y la 4T en Querétaro: la mejor estructura, la peor pregunta

Llega consolidado mientras Morena se divide en nueve; su cercanía con el PAN y casi veinte años al frente del Verde son la duda de fondo.

Ricardo Astudillo durante un evento político en Querétaro, en el contexto del proceso interno para definir la coordinación de la Cuarta Transformación rumbo a la elección de 2027

La posible postulación de Ricardo Astudillo como candidato de la alianza de la Cuarta Transformación en Querétaro abre el debate sobre el equilibrio entre la estrategia de coalición y la identidad del movimiento.

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Morena destapó diez nombres para "coordinar" la Cuarta Transformación en Querétaro, y conviene empezar por desarmar el eufemismo: lo que se disputa no es una coordinación partidista, sino una precandidatura a la gubernatura adelantada dos años y vestida de organización interna. En esa baraja hay una apuesta que incomoda a propios y extraños: Ricardo Astudillo, dirigente del Partido Verde, no como aspirante de Morena, sino como posible abanderado de toda la alianza. La pregunta no es si tiene oficio —lo tiene de sobra—, sino si un movimiento que se construyó atacando al viejo régimen puede ser encabezado por su operador más arraigado.

Vale detenerse en qué se decide y cómo. La coordinación de los comités de la 4T se ha vuelto el equivalente funcional de una precandidatura, y se definirá por una encuesta casa por casa que no mide quién sería mejor gobernador, sino quién conoce el territorio, quién tiene identidad con el movimiento y quién está más cerca de la gente. El propio partido prohíbe la promoción onerosa en esta etapa; aun así, los registros fueron actos de músculo. Los tiempos, en los hechos, ya se adelantaron.


La lógica que favorece a Astudillo es de pura coalición. La 4T en Querétaro no es un partido: son tres —Morena, PT y Verde— que en 2024 no caminaron juntos y lo pagaron en las urnas. Para 2027 el reto no es ungir al morenista más conocido, sino al perfil que las tres fuerzas acepten sin romperse. Y ahí Astudillo presume lo que nadie más puede: fue él quien negoció esa alianza una vez, mantiene línea con Morena y con el PT, y llega consolidado mientras el morenismo se reparte entre nueve aspirantes. Sobre la cancha que premia la encuesta —estructura y territorio— corre de local.

Hasta aquí la postal que su equipo quisiera congelar. El problema es que la misma credencial que lo vuelve el puente de la alianza es la que debería hacer dudar a sus bases. Astudillo no esconde su cercanía con el gobernador panista Mauricio Kuri ni con exmandatarios del PAN y el PRI; al contrario, la presenta como prueba de arraigo queretano. Para un cuadro de la 4T, esa cercanía no es una nota al pie: es la pregunta central de su aspiración. ¿Transformación, o continuidad con otro logo?

Está, también, el asunto de la franquicia. Casi veinte años al frente del Verde, ratificado en enero para tres más, sin un solo contrincante interno que lo desgaste. Él lo llama consolidación; puede leerse, con el mismo derecho, como el control personal de un partido convertido en propiedad. La fortaleza de llegar sin rival tiene una contracara incómoda: un instituto donde nadie disputa la dirigencia en dos décadas dice tanto de la habilidad de su líder como de la salud democrática del propio partido.

¿Y tragaría la militancia morenista que la cara de su transformación venga del socio menor? La encuesta mide identidad con el movimiento, terreno donde un dirigente del Verde corre en desventaja frente a morenistas de origen como Santiago Nieto o Gilberto Herrera. Repartir espacios entre aliados, como en 2024, es una cosa; entregar la candidatura a la gubernatura al partido más pequeño de la coalición es otra de mayor calado, y la dirigencia nacional tendría que avalarla.

Su carta más repetida —ni una denuncia, ni un proceso abierto— es real, y en tiempos en que Claudia Sheinbaum y la dirigencia nacional anunciaron filtros contra perfiles cuestionados, llegar con la hoja limpia pesa. Hay que matizar, eso sí: es una virtud que él mismo enarbola, y estar libre de expedientes no equivale a encarnar un proyecto. Lo primero lo descalifica menos. Lo segundo es lo que tendría que creerle, primero la encuesta y después el electorado.

Y ahí aparece el dato que ninguna narrativa de unidad disuelve. En preferencia para la gubernatura, Astudillo aparece muy por debajo de Nieto dentro de la 4T, y la coalición entera corre detrás del PAN, que gobierna desde hace casi tres décadas y que con Felifer Macías sacaría ventaja de doble dígito a cualquier perfil opositor. La coordinación se gana con maquinaria; la gubernatura, con algo que Astudillo hoy no tiene: nombre. Apostar por él es apostar a que la estructura de este año se transforme en reconocimiento el próximo. Puede ocurrir. Garantizado no está.

Tampoco hay que maquillar a sus rivales. Nieto carga el problema inverso: tiene el nombre que le dejaron la Unidad de Inteligencia Financiera y el combate a la corrupción, pero arrastra la duda de si conoce el estado tanto como dice y de si su perfil técnico prende en el barrio. Herrera aporta peso universitario; Robles, Ortega y Tapia, oficio y estructura. Pero la abundancia misma de la baraja morenista la debilita: nueve nombres compitiendo por el mismo oxígeno terminan repartiéndoselo.

El balance honesto, entonces, es de dos filos. Astudillo es, hoy, el aspirante a vencer en la coordinación, y la aritmética de coalición juega para él como para nadie más. Pero ser el más viable para la alianza no lo vuelve el mejor para la transformación, y esa distinción es justo la que la encuesta debería resolver y la que esta columna no le regala por adelantado. El dirigente del Verde llega con la mejor estructura y la pregunta más incómoda al mismo tiempo. Si la 4T queretana decide que la unidad vale más que el origen, Astudillo será su candidato; si decide lo contrario, habrá demostrado que todavía cree en lo que predica. El sondeo dirá cuál de las dos. Por lo pronto, subestimarlo sería un error de principiante; coronarlo, una ingenuidad.