Con Pelé y Tostao jubilados, Brasil fracasó en Alemania 1974

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Río de Janeiro, 3 Jun. (Notimex).- El 21 de junio de 1970, al conseguir brillantemente para Brasil la Copa del Mundo en México, el director técnico Mario Zagallo impuso cuatro años después una marca negativa en la selección nacional, al registrar su peor promedio de goleo, con 0.85 tantos por partido en un mundial.

Esa estadística raquítica se atribuye a que, antes del torneo disputado en Alemania 1974, el futbol brasileño enfrentaba el serio problema que representaba la jubilación voluntaria de Edson Arantes do Nascimento “Pelé” y Eduardo Gonçalves de Andrade “Tostao” de la “verdeamarela”.

El retiro se enmarcó en un par de lacrimógenas ceremonias del adiós para ambos cracks: una en el Mineirao de Belo Horizonte y otra, con estadio lleno, en el Morumbí de Sao Paulo, escenarios de los grandes espectáculos que ellos, gozosos, ofrecieron a la multitud rugiente.

Zagallo tenía a su disposición a los mejores jugadores de la academia del Palmeiras -un trabuco fantástico que ganó el “Brasileirao” en 1972 y 1973, y el campeonato paulista en 1974-, pero sin lograr el diseño de un esquema lo suficientemente poderoso para ir por el tetracampeonato mundial.

Optimista, tomó como base al llamado “Verdao”, con futbolistas de la categoría de Emerson Leao, Ademir da Guía, Luis Pereira y Joao Leiva “Leivinha”, mezclándolos con Roberto Rivelino, Wilson Piazza, “Jairzinho” Ventura y Paulo César Lima, pie veterano de 1970 que aún conservaba su forma inmejorable y una calidad indiscutible.

Sin embargo, Brasil repitió ese año los mismos errores que produjeron las vergonzosas derrotas en Inglaterra, con la disputa de 12 amistosos en seis meses, sin que llegara el día del debut sin un equipo definido, como pasó en Liverpool ante Bulgaria, el 12 de julio de 1966.

En esa docena de partidos obtuvo empates con México, Grecia, Austria y Francia, dejando entrever que algo faltaba para despegar, como quedó claramente evidenciado por el “Lobo” Zagallo al alinear en el encuentro inaugural a Leao, “Nelinho”, Luis Pereira, “Marinho” Péres, “Marinho” Chagas, Wilson Piazza, Rivelino, “Leivinha”, “Jairzinho”, Valdomiro y Paulo César Lima.

Brasil inició su participación con empates sin goles contra Yugoslavia y Escocia en el Waldestadion de Frankfurt, derrotando después a Zaire con un 3-0 nada convincente, seguido de triunfos sin gracia a costillas de Argentina (2-1) y Alemania Oriental (1-0), con dos goles de Rivelino y uno de “Jairzinho”.

Cuando todo parecía mejorar, en Dortmund sobrevino un 2-0 ante la Holanda de Rinus Michaels y Johan Cruyff, señalada como la gran favorita para ganar el décimo Mundial de futbol, torneo en el cual la “Naranja mecánica” terminó injustamente como submonarca, al caer 2-1 en la final ante la República Federal Alemana.

Los brasileños no alcanzaron ni el tercer lugar debido a la merecida derrota frente a Polonia, con un solitario tanto de Gregorsz Lato, el calvo y rubio delantero que, tres años después, se despediría de las canchas como jugador del Atlante de México.

Dos empates, tres victorias y dos derrotas hicieron ver que “a seleçao virou suco” (“la selección se volvió jugo”), como dijera Joao Saldanha, antecesor de Zagallo como entrenador nacional, al contabilizar la pérdida de ocho puntos, exprimidos gustosamente por cuatro equipos europeos.

Quienes vivieron para ver la Copa del Mundo en manos del capitán “Dunga” en Estados Unidos 1994, en la cual Brasil llegó a un inédito tetracampeonato, contemplaron -a lo largo de dos décadas- lo que en política se llama “pragmatismo” y que, en términos futbolísticos, significa: “primero, defenderse; después, atacar”.

Eso pasó en Alemania 74 al comenzar una grave crisis de identidad, con un deporte instalado en la discusión inútil entre el futbol-arte y el futbol-fuerza, que enriqueció económicamente a los técnicos incompetentes, muchos de los cuales, sin recato, migraron, por ejemplo, al petrodolarizado y multimillonario futbol de Arabia Saudita.

Las “retrancas” defensivas y la vuelta a un mal imitado “catenaccio” italiano, con magros marcadores de 0-0, 1-0, 1-1 y 0-1, provocaron la fuga en estampida de las fieles “torcidas”, que prefirieron alejarse de estadios tristes, silenciosos y semivacíos.

Los barristas debieron aguardar hasta 1994, cuando Bebeto y Romario hicieron vibrar a Brasil como en los lejanos viejos y buenos tiempos que, estaba a la vista, tantos años tardaron en volver.