Sao Paulo, 15 May. (Notimex).- Los defensas que lo enfrentaron coincidían en que era el mismo diablo, veloz y con una capacidad para sembrar en el piso a cualquiera de ellos, enviar centros precisos o penetrar hacia el área grande para disparar despiadadamente, con una potencia asombrosa.
De mirada fiera, cejas pobladas, bigote bien recortado, nariz aguileña pronunciada, estatura media y una voluntad ilimitada, se llamaba Julio Botelho y le decían “Julinho”, descendiente de emigrantes portugueses radicados en el barrio paulista de Penha, donde nació el 29 de julio de 1929.
Dedicado al futbol desde 1944, su primer equipo, en la adolescencia, fue el Juventus local, luego el Portuguesa y el Palmeiras, en el que conquistó la Copa Brasil -equivalente al actual Campeonato Nacional / Serie A, el maratónico “Brasileirao” inaugurado con ese nombre en 1971-, además de ser bicampeón paulista en plena madurez deportiva, en 1959 y 1963.
No cumplía aún 25 años cuando el seleccionador de Brasil, Alfredo “Zezé” Moreira, lo llevó a la titularidad para vestir la nueva camiseta “verdeamarela” y alinear contra México el 16 de junio de 1954, en el juego inaugural de la Copa del Mundo de Suiza.
Con dos goles de “Pinga”, uno de Baltazar y otro de “Didí”, “Julinho” rubricó el juego (5-0) a los 69 minutos con un tiro-centro que el tapatío Narciso “Chicho” López, su marcador por el lado derecho, no pudo ni ver.
Como ocurrió cuatro años antes, México, dirigido en Suiza por Antonio López Herranz, tuvo que hacer frente a Brasil, con una alineación que no ofreció resistencia, eliminada a las primeras de cambio al perder nuevamente, esta vez 3-2 ante Francia, con un autogol de Raúl Cárdenas.
En Suiza 1954 figuraron Salvador Mota, Jorge Romo, Juan Gómez, Narciso “Chicho” López, Raúl Cárdenas, Rafael Ávalos, Alfredo “Pistache” Torres, José “Chepe” Naranjo, José Luis Lamadrid, Tomás Balcázar (abuelo de Javier “Chicharito” Hernández) y Raúl “Pina” Arellano.
Brasil empataría después (1-1) con Yugoslavia y luego sería derrotado y eliminado (4-2) por Hungría para concluir su participación mundialista, aunque Botelho fue reconocido como el mejor extremo derecho del torneo por sus actuaciones en Ginebra, Lausana y Berna, sedes donde los brasileños se desempeñaron mediocremente, sin exhibir la excelencia de 1950.
Con el formidable cartel personal adquirido por él en esa competencia, calificándolo como “un futbolista surgido de un país creador de talentos puros”, "Julinho" fue negociado por el Portuguesa, seducido por la oferta del Fiorentina, con el que conquistó el campeonato nacional de 1955.
Los “tifosi” enloquecieron y los dirigentes ordenaron hacer un árbol genealógico para naturalizar a “Julinho”, quien años después, ya retirado, reveló que esos magnates inventaron el descubrimiento en Portugal de un inmigrante de apellido Boteglio, asunto que ofrecía la posibilidad de ciudadanizarlo italiano con más facilidad.
Declinó integrar la selección de 1958 y el flamenguista Joel actuó en el extremo derecho en los encuentros contra Austria e Inglaterra; pero fue sustituido por Manoel Francisco dos Santos, “Garrincha”, a partir del tercer partido contra los soviéticos, convirtiéndose, con Edson Arantes do Nascimento, “Pelé”, en la sorpresa de un Brasil que triunfaría 5-2 en la final ante los suecos.
En un efímero retorno al conjunto nacional, “Julinho” fue víctima de la peor rechifla que se recuerde en aquellos años: el 13 de mayo de 1959, en la primera aparición del equipo en el estadio de Maracaná después de la Copa del Mundo de Suecia, en partido amistoso contra Inglaterra, los “torcedores” querían ver a todos los monarcas mundiales en acción, incluido “Garrincha”.
Julio Botelho jugaba entonces en Italia, Vicente Feola echó mano de él y, al entrar a la cancha, recibió los denuestos de 160 mil fanáticos a los que otro jugador hubiese sucumbido; pero el enjundioso delantero se mantuvo firme: “Pronto voy a digerir esos insultos”, le dijo minutos antes a Djalma Santos, gran zaguero derecho, su compañero de siempre en el Palmeiras.
“Julinho” metió el primer balón entre las piernas de un inglés y, a los seis minutos de juego, ya había desquiciado a la defensa contraria y marcado un gol magistral, además de dar el pase para que Henrique hiciese otro, y así vencer 2-0 a los británicos, transformando los silbidos en aplausos, culminando su carrera en la selección como el mejor número 7 del futbol brasileño después de “Garrincha”.
Volvió a Brasil y tuvo actuaciones memorables en el Palmeiras de Djalma y “Chinesinho”, en la época dorada del Santos de “Pelé”, al que rompieron la casi interminable secuencia de cetros estatales, alterados gracias a la obra demoledora de ese personaje que dejó huella profunda en el futbol italiano.
Los dueños del tradicional equipo de Florencia reiteraron nuevamente la propuesta de naturalizarlo; pero “Julinho” resistió otra vez a esa tentación y, tras cerrar su trayectoria como futbolista activo con el Palmeiras, dirigió a las fuerzas inferiores de sus dos clubes paulistas consentidos entre 1967 y 1980, además de entrenar al Corinthians
Antes de cumplir 74 años, Julio “Julinho” Botelho, amado en dos naciones de profunda tradición futbolística, murió en su ciudad el 11 de enero de 2003 de un paro cardíaco que lo fulminó repentinamente, como él fulminaba a los zagueros que, temerosos, se atrevían a ponérsele enfrente.
De mirada fiera, cejas pobladas, bigote bien recortado, nariz aguileña pronunciada, estatura media y una voluntad ilimitada, se llamaba Julio Botelho y le decían “Julinho”, descendiente de emigrantes portugueses radicados en el barrio paulista de Penha, donde nació el 29 de julio de 1929.
Dedicado al futbol desde 1944, su primer equipo, en la adolescencia, fue el Juventus local, luego el Portuguesa y el Palmeiras, en el que conquistó la Copa Brasil -equivalente al actual Campeonato Nacional / Serie A, el maratónico “Brasileirao” inaugurado con ese nombre en 1971-, además de ser bicampeón paulista en plena madurez deportiva, en 1959 y 1963.
No cumplía aún 25 años cuando el seleccionador de Brasil, Alfredo “Zezé” Moreira, lo llevó a la titularidad para vestir la nueva camiseta “verdeamarela” y alinear contra México el 16 de junio de 1954, en el juego inaugural de la Copa del Mundo de Suiza.
Con dos goles de “Pinga”, uno de Baltazar y otro de “Didí”, “Julinho” rubricó el juego (5-0) a los 69 minutos con un tiro-centro que el tapatío Narciso “Chicho” López, su marcador por el lado derecho, no pudo ni ver.
Como ocurrió cuatro años antes, México, dirigido en Suiza por Antonio López Herranz, tuvo que hacer frente a Brasil, con una alineación que no ofreció resistencia, eliminada a las primeras de cambio al perder nuevamente, esta vez 3-2 ante Francia, con un autogol de Raúl Cárdenas.
En Suiza 1954 figuraron Salvador Mota, Jorge Romo, Juan Gómez, Narciso “Chicho” López, Raúl Cárdenas, Rafael Ávalos, Alfredo “Pistache” Torres, José “Chepe” Naranjo, José Luis Lamadrid, Tomás Balcázar (abuelo de Javier “Chicharito” Hernández) y Raúl “Pina” Arellano.
Brasil empataría después (1-1) con Yugoslavia y luego sería derrotado y eliminado (4-2) por Hungría para concluir su participación mundialista, aunque Botelho fue reconocido como el mejor extremo derecho del torneo por sus actuaciones en Ginebra, Lausana y Berna, sedes donde los brasileños se desempeñaron mediocremente, sin exhibir la excelencia de 1950.
Con el formidable cartel personal adquirido por él en esa competencia, calificándolo como “un futbolista surgido de un país creador de talentos puros”, "Julinho" fue negociado por el Portuguesa, seducido por la oferta del Fiorentina, con el que conquistó el campeonato nacional de 1955.
Los “tifosi” enloquecieron y los dirigentes ordenaron hacer un árbol genealógico para naturalizar a “Julinho”, quien años después, ya retirado, reveló que esos magnates inventaron el descubrimiento en Portugal de un inmigrante de apellido Boteglio, asunto que ofrecía la posibilidad de ciudadanizarlo italiano con más facilidad.
Declinó integrar la selección de 1958 y el flamenguista Joel actuó en el extremo derecho en los encuentros contra Austria e Inglaterra; pero fue sustituido por Manoel Francisco dos Santos, “Garrincha”, a partir del tercer partido contra los soviéticos, convirtiéndose, con Edson Arantes do Nascimento, “Pelé”, en la sorpresa de un Brasil que triunfaría 5-2 en la final ante los suecos.
En un efímero retorno al conjunto nacional, “Julinho” fue víctima de la peor rechifla que se recuerde en aquellos años: el 13 de mayo de 1959, en la primera aparición del equipo en el estadio de Maracaná después de la Copa del Mundo de Suecia, en partido amistoso contra Inglaterra, los “torcedores” querían ver a todos los monarcas mundiales en acción, incluido “Garrincha”.
Julio Botelho jugaba entonces en Italia, Vicente Feola echó mano de él y, al entrar a la cancha, recibió los denuestos de 160 mil fanáticos a los que otro jugador hubiese sucumbido; pero el enjundioso delantero se mantuvo firme: “Pronto voy a digerir esos insultos”, le dijo minutos antes a Djalma Santos, gran zaguero derecho, su compañero de siempre en el Palmeiras.
“Julinho” metió el primer balón entre las piernas de un inglés y, a los seis minutos de juego, ya había desquiciado a la defensa contraria y marcado un gol magistral, además de dar el pase para que Henrique hiciese otro, y así vencer 2-0 a los británicos, transformando los silbidos en aplausos, culminando su carrera en la selección como el mejor número 7 del futbol brasileño después de “Garrincha”.
Volvió a Brasil y tuvo actuaciones memorables en el Palmeiras de Djalma y “Chinesinho”, en la época dorada del Santos de “Pelé”, al que rompieron la casi interminable secuencia de cetros estatales, alterados gracias a la obra demoledora de ese personaje que dejó huella profunda en el futbol italiano.
Los dueños del tradicional equipo de Florencia reiteraron nuevamente la propuesta de naturalizarlo; pero “Julinho” resistió otra vez a esa tentación y, tras cerrar su trayectoria como futbolista activo con el Palmeiras, dirigió a las fuerzas inferiores de sus dos clubes paulistas consentidos entre 1967 y 1980, además de entrenar al Corinthians
Antes de cumplir 74 años, Julio “Julinho” Botelho, amado en dos naciones de profunda tradición futbolística, murió en su ciudad el 11 de enero de 2003 de un paro cardíaco que lo fulminó repentinamente, como él fulminaba a los zagueros que, temerosos, se atrevían a ponérsele enfrente.




