Cerros de Valparaíso, devastados por el gran incendio

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Valparaíso, 14 Abr (Notimex).- Los más de ocho mil damnificados por el gran incendio que comenzó el pasado sábado en el puerto chileno de Valparaíso sólo piensan hoy en reconstruir sus viviendas, en un ambiente de humo y desolación.

El olor a humo está presente en prácticamente todo Valparaíso, puerto distante 120 kilómetros al noroeste de Santiago, y el constante ir y venir de los helicópteros con agua contribuye a crear una atmósfera de devastación.

Tras sortear un par de barreras policiales y luego de subir unos 500 metros por el cerro Rocuant, se llega a una de las varias “zonas cero” del incendio más devastador que se tenga memoria en Chile.

El panorama es desolador. En los terrenos donde hasta el pasado sábado había humildes viviendas, construidas en su mayoría de material ligero, ahora sólo quedan escombros y tierra teñida de negro, como si fuera una señal de luto.

Cientos de estudiantes universitarios hacen “cadenas” bajo un sol abrasador para sacar los escombros de los terrenos, limpiarlos y dejarlos en condiciones de colocar las prometidas viviendas de emergencia, las que deberían comenzar a llegar esta semana.

Los jóvenes, sin ninguna orientación clara y sólo guiados por su instinto, también deambulan por las calles con bidones de agua, papel higiénico, pan y bolsas de supermercado con alimentos, en busca de damnificados.

Varias personas, pese a las restricciones, llegan en automóvil al lugar de la tragedia con ayuda y portando banderas chilenas, las cuales hacer ondear al son del tradicional “ce-hache-i” para infundir ánimo a quienes lo perdieron todo.

Don Juan, “sólo me llamo Juan”, dice con el ceño fruncido y con 40 años en el cerro Ramaditas, no recuerda una tragedia de este tipo en su Valparaíso, conocida también como “la joya del Pacífico”, como reza el famoso vals chileno compuesto por Víctor Acosta.

“Ésto fue como un terremoto de fuego. Nos avisaron a gritos que venían las llamas y alcanzamos con la señora y las hijas a arrancar sólo con lo puesto. Volvimos al rato y ya no quedaba nada, pero nada, sólo las latas del techo y las maderas quemadas”, indicó.

Señaló que “esto es peor que un terremoto caballero. En un terremoto se caen las cosas, se rompe la loza, se caen los cuadros y uno llega después de arrancar y están las cosas ahí, a lo mejor enterrados en los escombros, pero están ahí. Acá no, no hay nada”.

Indicó que “mi hija lo que más llora son los recuerdos, las fotografías, los videos, el computador donde tenía todo... perdió todas las fotografías de sus hijos, dice que perdió parte de su vida en este incendio”.

Recorrer ahora los polvorientos senderos negros que hasta el pasado fin de semana eran calles de tierra, con casas a cada lado, y conocer las historias de vida de quienes lo perdieron todo, impacta a cada paso.

Pese a los dramas particulares, que incluyen en algunos casos la pérdida de mascotas que no lograron ser evacuadas, sorprende el optimismo de los porteños, los cuales sólo piensan en comenzar lo más pronto posible la reconstrucción.

Varios de ellos se agolpan ante los enviados de los canales de televisión, en su mayoría rostros de los noticieros, para pedir baños químicos y el pronto envío de las populares “mediaguas”, piezas de madera de 18 metros cuadrados.

Muchos damnificados se niegan a concurrir a los albergues porque vivían en terrenos “tomados” en forma ilegal hace décadas, por lo que no cuentan con título de propiedad y temen que alguien ocupe el sitio donde hasta hace unos días estaba su casa.

Si bien los grandes focos del incendio que comenzó el pasado sábado ya están extinguidos, los helicópteros con cestas de agua colgando pasan a cada minuto para apagar siniestros menores en las cercanías de los bosques que rodean Valparaíso.

Cuesta pensar que los miles de damnificados quieran volver a edificar en los mismos terrenos donde ya lo perdieron todo, donde no cuentan con agua potable ni alcantarillado. Parecen no temer a un nuevo “mega-incendio” que destruya lo reconstruido en el futuro.

“Yo nací acá, jugué de niño acá, tuve mis primeros amores acá, me casé acá y me moriré acá. Mis vecinos son mis hermanos de vida y no los voy a dejar por un incendio. Si me tengo que morir acá para la próxima será algo del destino, pero no me voy”, dice don Juan.

Así como don Juan, la mayoría de los ocho mil damnificados volverá a sus terrenos en horas o días. Deberán soportar por bastante tiempo el olor a quemado en el ambiente y verán la tierra tiznada, pero estarán en su tierra tratando de reconstruir sus vidas.