La Habana, junio (SEMlac).- Isabel Salas tiene 54 años y dejó su trabajo como maestra para cuidar a su ya fallecida suegra cuando debutó con Alzheimer; ahora no sabe cómo volver a lo que antes fue su rutina cotidiana. Maritza Bonachea, de 38, cuida a su madre sobreviviente de cáncer, mientras hace malabares para no abandonar su empleo.
Son apenas dos historias de las muchas mujeres que hoy en Cuba han abandonado sus empleos o parte de sus vidas para cuidar a otras personas, en medio de una dura crisis económica y social que genera muchas carencias cotidianas y ha intensificado la sobrecarga en los hogares.
En opinión de la socióloga Yelene Palmero García, integrante de la Red Cubana de Estudios sobre Cuidados, las familias pueden estar asumiendo entre 80 y 90 por ciento de la carga de cuidados no remunerados, especialmente en la preparación de alimentos, la gestión de medicamentos y la atención a personas con enfermedades crónicas.
"La intensificación de la familiarización de los cuidados se ha agravado por la escasa disponibilidad de servicios públicos y redes de protección, que reducen su capacidad y trasladan esta responsabilidad directamente a los hogares", explicó a SEMlac Palmero García, quien actualmente colabora con la organización no gubernamental Humanity & Inclusion.
Cuba atraviesa uno de sus momentos más duros en materia económica y social. Los apagones sobrepasan con frecuencia las 30 horas y más en todo el país; el combustible escasea y se encarece, la movilidad urbana ha pasado a depender casi en exclusiva de vehículos eléctricos o híbridos.
La crisis energética ha dejado sin bombeo de agua a cientos de miles de personas y ha interrumpido la cadena de frío de alimentos y medicinas. A ese cuadro se suma el peso del bloqueo comercial estadounidense, endurecido bajo la administración de Donald Trump, que extendió sus efectos al sector energético y profundiza una crisis que las políticas económicas internas, muchas veces insuficientes, no logran revertir.
Las dificultades para importar medicamentos, insumos y equipos han deteriorado servicios esenciales de salud y se reporta la falta de más de 300 fármacos del cuadro básico.
En este escenario, la inflación sostenida y la escasez generalizada de bienes y servicios configuran una realidad cotidiana de desabastecimiento que golpea con mayor fuerza a los sectores más pobres y en desventaja económica.
Para Bonachea, trabajar y cuidar a la par se ha convertido en una carrera contra el tiempo y los apagones. Especialista de recursos humanos en una empresa capitalina, logró un acuerdo para trabajar tres días presenciales y dos desde casa.
Su madre, que solía ocuparse de los quehaceres de casa, fue operada de un cáncer de colon hace pocos meses y aún no se recupera del todo de la cirugía y las radiaciones posteriores.
"Si los dos días que estoy en casa coinciden con esos en los que hay algo de electricidad diurna, me las arreglo más o menos.
Pero cuando no es así, no duermo, pues trabajo en la noche con la laptop y cuando amanece hago todo lo demás", cuenta a SEMlac.
Datos de la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (ENIG) ya mostraban en 2016 la persistencia de brechas de género en la carga total de trabajo de hombres y mujeres.
Como promedio, las mujeres dedicaban en una semana 14 horas más que los hombres al trabajo no remunerado, según esa investigación desarrollada por el Centro de Estudios de la Mujer (CEM), de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), con una muestra representativa de la población cubana de 15 a 74 años.
Ni las mujeres ni los hombres reconocieron la sobrecarga doméstica como un problema para los últimos, explica el informe "El cuidado de personas dependientes y la sobrecarga doméstica como barreras para la incorporación de las mujeres a centros estudiantiles o laborales según la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (ENIG-2016)" desarrollado por García Palmero.
En 2025, aproximadamente tres de cada 10 mujeres (29,1% del total) se ocupaban exclusivamente de realizar actividades de trabajo doméstico y de cuidados por los cuales no recibían pagos, indican datos del Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género. Solo 0,7 por ciento de los hombres estaba en esta situación.
La falta de acceso a recursos básicos derivada de la crisis, como alimentos, medicamentos, pañales desechables y otros, lo complica y encarece todo, y obliga a las cuidadoras a recurrir a mercados informales con precios inaccesibles o a buscar alternativas como el carbón o la leña para cocinar durante los cortes eléctricos.
La también socióloga Lucrines Azcuy Aguilera considera que "los cuidados dependen en gran medida, o casi en su totalidad, de las familias, y aquellas que no tengan redes de apoyo, algún miembro en el extranjero o recursos económicos quedan en desventaja".
Esas dificultades se agravan en las zonas rurales, donde la falta de servicios, la movilidad limitada y las largas horas sin generación eléctrica impactan tanto en la cocción de los alimentos como en la calidad de vida de las personas que requieren cuidados intensivos, agrega a SEMlac la profesora e investigadora de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas.
En 2025, el 35,6 por ciento de las mujeres rurales se dedican exclusivamente a las labores del hogar, confirma la información del citado observatorio de género.
Costos físicos, psicológicos y económicos
Las mujeres cuidadoras enfrentan consecuencias profundas en su salud física, emocional y en su estabilidad económica, asevera Azcuy Aguilera.
"Es un efecto que, si ya no lo padecen, lo padecerán a largo plazo, y repercute también a nivel social, pues se trata por lo general de mujeres que estamos en edad laboral y hemos tenido que conjugar el trabajo en diversos sectores de la economía con el de cuidados".
El estrés crónico, la ansiedad ante la incertidumbre, la falta de sueño por constantes apagones y la necesidad de agilizar tareas en horarios limitados generan un desgaste físico y mental considerable.
En opinión de Palmero García, "la agudización de esta sobrecarga genera un mayor desgaste psicológico, que se agrava por la no existencia de espacios de respiro o redes de apoyo a nivel territorial o comunitario".
El abandono del empleo formal es otra de las consecuencias más graves. Según la Encuesta Nacional de Envejecimiento de la Población (ENEP), desarrollada en 2017, la "necesidad de proveer cuidado" causó la desvinculación laboral del 26,3 por ciento de las mujeres, que dejaron de trabajar por causas diferentes a la jubilación. Un porcentaje muy superior al de los hombres.
Isabel Salas confiesa que abandonar su trabajo de maestra en una primaria de San José de las Lajas, ciudad cabecera de la provincia de Mayabeque, a medio centenar de kilómetros de La Habana, fue casi como un "velorio".
"Empecé a trabajar muy jovencita y terminé mis estudios universitarios mientras daba clases, siempre en la misma escuela. Cuando tuve que quedarme en la casa para cuidar a mi suegra, pensé que no lo iba a soportar. Pero a todo se adapta una", relata a SEMlac.
La suegra de Salas falleció hace tres meses, seis años después de que le detectaran su enfermedad. La directora de la escuela donde trabajaba esta cuidadora le ha venido a ofrecer su mismo empleo en más de una oportunidad.
"Pero creo que ya no sabría cómo organizar un trabajo fuera de casa, con la vida cotidiana que llevamos ahora mismo. Cocino con carbón, tengo que caminar a veces hasta dos cuadras para cargar agua y casi nunca hay electricidad. Yo había empezado a dar repasos particulares en la casa, por las tardes, cuando mi segura dormía. Creo que así voy a seguir", explica.
Para el jurista Yuliesky Amador Echevarría, coordinador de la Red Cubana de Estudios sobre Cuidados, la sobrecarga de cuidado sobre las mujeres constituye una forma de violencia estructural.
"Cuando una carga recae de forma sistemática, de manera desproporcionada y además no elegida sobre un grupo, en este caso las mujeres, no es solo una responsabilidad doméstica; también es un problema estructural", declaró el especialista en entrevista con SEMlac en abril de 2026.
Amador Echevarría identificó tres elementos que definen esta violencia: la desigualdad en la distribución de horas, la obligatoriedad moral que impide a las mujeres negarse sin ser juzgadas y la falta de reconocimiento social y económico de su trabajo.
Vacíos institucionales y medidas que urgen
En 2024 se aprobó el Decreto 109, Sistema Nacional para el Cuidado Integral de la Vida, con el objetivo de organizar, coordinar y articular políticas, programas y acciones relacionadas con los cuidados en Cuba y promover una redistribución equitativa de las responsabilidades.
En febrero de 2026, el Consejo de Ministros aprobó el Plan para la Implementación de este Sistema en el período 2026-2030. Sin embargo, Palmero García considera que "la articulación de los diferentes actores que intervienen en estos procesos todavía se desdibuja a escala territorial".
En su opinión, las políticas no siempre llegan con una mirada individualizada y heterogénea que responda a la diversidad de situaciones de cuidado en las comunidades. Los servicios de respiro y los espacios de apoyo psicoemocional para las cuidadoras siguen siendo insuficientes. Muchas veces las políticas se centran en las personas beneficiarias, mientras las cuidadoras quedan invisibilizadas.
Azcuy Aguilera coincide en que se necesita una mayor articulación entre el Estado, las familias, el mercado y la comunidad para proveer servicios de manera corresponsable, "que no se sobrecargue a las familias o al menos que estas sientan que tienen un apoyo, sobre todo en una sociedad cada vez más envejecida como la nuestra, donde habrá más personas mayores cuidando a otras personas mayores y mayoritariamente mujeres".
Urge el cambio cultural
Para que el cuidado deje de ser visto como una obligación femenina y se reconozca como un derecho y una responsabilidad compartida, las especialistas coinciden en la urgencia de transformaciones culturales profundas.
Azcuy Aguilera, en tanto, destaca que "los cambios también se requieren desde las propias mujeres, que muchas veces reproducimos los estereotipos patriarcales reforzando que somos nosotras las que podemos con todo, las que mejor hacemos las tareas de cuidado, cuando en realidad lo que hay es que fomentar esas habilidades desde edades tempranas sin discriminación de género".
Palmero García insiste en la necesidad de desnaturalizar la asociación del cuidado con lo femenino y propone trabajar este tema desde la primera infancia, incorporándolo en la malla curricular y a campañas públicas que fomenten la corresponsabilidad de los hombres y la participación de actores no estatales.
"Visibilizar el valor del trabajo de cuidado, reconocer el trabajo de cuidados como un derecho humano fundamental, obliga a que se garanticen servicios y se rompa con las prácticas discriminatorias y las múltiples desigualdades que genera", afirma García Palmero.






