“Burbuja feliz” del futbol estuvo a punto de reventar en Mundial 2014

30 de Julio de 2014
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Río de Janeiro, 30 Jul. (Notimex).- La Copa del Mundo Brasil 2014 arrancó con síntomas de agravio popular por los gastos aplicados en la construcción y remodelación de una docena de estadios.

A los diagnósticos sobre males mayores se añadían, entre otros, los retrasos organizativos, altos desembolsos para premiar a los futbolistas ocupantes de los primeros lugares de la competencia y la inquietud de sus patrocinadores por presuntos casos de corrupción.

A unas semanas de concluido el evento, la Confederación Brasileña de Futbol (CBF) inició una reestructuración con nombramientos de personajes que tratarán de refrendar en 2018 la actuación en casa.

Carlos Bledorn “Dunga”, sustituto de Luiz Felipe Scolari, incorporó al elenco como su mano derecha a Mauro Silva, considerado el mejor centro medio de Brasil en Copas del Mundo, en lugar de Carlos Alberto Parreira.

Además llamó a colaborar a Claudio Taffarel como entrenador de porteros.

Para las mayorías hay preguntas de fondo que inquietan a las mayorías, como el saber si, para la cúpula de la CBF este deporte puede ser pretexto para apoyar al gobierno, dada la proximidad de las elecciones presidenciales del 5 de octubre próximo.

“Más allá de preferencias políticas y electorales, de creencias religiosas o posturas filosóficas, el futbol ha sido un buen anestésico para frenar las protestas sociales”, explicó alguna vez el fallecido escritor Wladir Dupont.

Después de un periodo militar dictatorial de más de dos décadas, en Brasil las primeras elecciones fueron en 1990 llevando desde entonces a la presidencia a Fernando Collor de Mello, Fernando Henrique Cardoso, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff.

Los procesos electorales se empataron con las Copas del Mundo de Italia, Francia, Corea-Japón, Alemania y Sudáfrica, en las cuales, salvo la asiática, los pentacampeones tuvieron deslucidas actuaciones para el olvido por múltiples razones.

Dupont expuso que resultaba inconcebible que fuera precisamente en su país donde estuviera a punto de reventar la “burbuja feliz” del futbol, mediante conflictos que, por fortuna, no tuvieron consecuencias graves.

¿Era posible que un menú con 64 partidos en los que participaron 736 jugadores pudiera justificar un dispendio superior a los 11 mil millones de dólares, en una nación de pobres que siempre ha sido agraciada por la excelencia de su futbol?

Por los ecos que llegaron a Brasil desde junio de 2013, la respuesta fue mayoritariamente negativa, aunque en la víspera de la inauguración del Mundial 2014 la inconformidad fue poco notable.

Salvo los consabidos insultos y la rechifla generalizada a Dilma Rousseff el 12 de junio y la misma en la clausura un mes después, la voz de las protestas contra el derroche bajó de volumen, dejando atrás el temor de manchar la imagen de la mandataria y del país.

En Brasil, decía Wladir Dupont, donde el futbol no tiene precio, los excesos siempre han sido un agravio como millones de pobres y un costo excesivo de los boletos de entrada a los estadios y los traslados en un país de dimensiones continentales.

En suma, el vigésimo Campeonato Mundial tuvo saldos positivos en el plano económico, aunque todavía esté por saldarse una deuda social pendiente que, como apuntó Dupont, no puede ni debe pagarse solamente con futbol.

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