La conflictiva relación del presidente Andrés Manuel López Obrador con las mujeres es un hecho indiscutible. FOTO: SEM MÉXICO.

México, octubre (SEMlac/Cuadernos Feministas).- La conflictiva relación del presidente Andrés Manuel López Obrador con las mujeres es un hecho indiscutible. A dos años y medio de su mandato en México, en el mundo se dice, con más frecuencia de lo que imaginamos, que hoy en el país se gobierna de espalda a la condición de las mujeres, que estamos en presencia de un mandatario que está construyendo en México un nacionalismo autoritario (1) que repercute en la manera en que concibe y trata la desigualdad entre hombres y mujeres.


Se dice y se documenta en numerosos análisis, artículos, estudios, incluso libros, que estamos en presencia de un gobernante que tiene un proyecto concentrador de poder, por tanto, machista y patriarcal. Un gobernante no solo megalómano, sino indiferente y con una profunda distancia frente a la protesta feminista, que en los últimos años ha tenido una expresión mundial, múltiple y potente, masiva y expansiva.


En México, esta nueva expresión feminista es una respuesta a una situación gestada por años de injusticia e impunidad ante problemas como el de la violencia contra las mujeres, la condición de las trabajadoras, la exclusión de las más pobres y el desprecio a sus demandas específicas cimentadas en la diferencia sexual y el género.


Examino, no todo el conjunto de esta inquietante y compleja situación, hecho imposible para un texto en donde apenas se asoma la punta del iceberg. Me centraré en dos puntos de análisis necesarios: el discurso del presidente de la República, que con frecuencia incide en grandes auditorios, pero que no tiene las repercusiones materiales propias de un régimen dictatorial, como sería la respuesta represiva directa, pero sí una represión simbólica e ideológica, al difundir ideas distorsionadas de lo que es, significa y está diciendo al movimiento de mujeres y feminista. Este discurso está ligado, sistemáticamente, a que se trata de un complot contra él y su proyecto (2).


Lo cierto es que este personaje -un animal político extraordinario- cree, sostiene, piensa, considera a la revuelta femenina, de múltiples colores, orígenes y móviles, que fue puesta en escena para oponérsele. Con un reduccionismo ofensivo, resultado o de una profunda ignorancia o un profundo desdén.


Este discurso sistemático, que aparece como respuesta a las protestas en fechas precisas -8 de marzo o 25 de noviembre-, o cuando se difunden datos incontrovertibles, o se presentan hechos muy visibles -la valla levantada en Palacio Nacional días antes del 8 de marzo-, o aquella reacción desmesurada contra las mujeres que tomaron la Comisión Nacional de Derechos Humanos, que, por solo mirarse a sí mismo, no tardó en conectarlos con los llamados factureros, equivocando la estrategia para contenerlo o desautorizarlo. Señalando y poniendo en riesgo a una mujer militante, solo por laborar en una empresa que, se dijo y nunca se demostró, era defraudadora fiscal.


El discurso se caracteriza -y con frecuencia sus acciones de gobierno- por una catilinaria confrontativa sin ambages, que se presenta cada mañana en todos los medios de comunicación gubernamentales y otros privados, por las redes sociales y en numerosos comunicados de prensa. Las mujeres encapuchadas, las madres hartas de la impunidad y sus legítimos reclamos, principalmente de las jóvenes (3), son hechos polvo en las palabras presidenciales.


Lo hace también sobre otras muchas mujeres que se apostan cotidianamente en los linderos del Palacio Nacional, donde el Presidente vive y despacha. Llegan ahí con la esperanza de ser escuchadas, para reclamar sus derechos laborales, sociales o de justicia, de cara a la violencia in crescendo (4).


Apenas el 21 de mayo 2021, ante la denuncia de cómo usos y costumbres han generado en Guerrero la venta de niñas, el Presidente responde que los pueblos originarios son buenos, y él tiene otra información, afirma que se exagera, para decir enseguida que se informa con “amarillismo” sobre hechos que no existen, por ejemplo. Esta es su forma de hablar, siempre con la seguridad de que solo pasan o se dicen cosas falsas, porque él gobierna y los asuntos están organizados por sus detractores.


Uno de los primeros desencuentros con el discurso de López Obrador, fue cuando de las cifras oficiales de su gobierno sobre el aumento desmedido de la violencia en los hogares como resultado del comienzo de la pandemia y por el confinamiento, señaló que el 90 por ciento de las llamadas de auxilio eran falsas. De ahí nació probablemente el primer encontronazo. Las feministas formaron el grupo “Nosotras tenemos otros datos”, que semana a semana muestra cómo lo que dice el gobernante no corresponde con la realidad.


También el nacimiento original del desencuentro fue la emisión de la circular número uno de febrero de 2019, que prohibió, de tajo, dar recursos a proyectos de cualquier organización de la sociedad civil, cuya inmediata consecuencia fue borrar del Instituto Nacional de las Mujeres el PROEQUIDAD, un programa de apoyo a las organizaciones más pequeñas que trabajaban con mujeres en los sitios más apartados del país, recursos insignificantes y poco apetecibles para cualquier otra organización.


Este discurso de toma de distancia, frecuentemente sin sustento ni estadístico ni científico, que ofrece como verdad indiscutible, el Presidente de la República lo ha desarrollado sin miramiento. Ello ha generado molestia, protesta, disgusto y movilización, tanto como críticas nacionales, manifiestos y argumentos. Peticiones de diálogo inútiles. A ello se han sumado críticas de todo tipo en medios de comunicación extranjeros de Estados Unidos, España y Reino Unido, pasando por Uruguay, Chile y hasta Corea.


Es el discurso, la narrativa presidencial, lo que ha vuelto mediática la idea de que en México gobierna un misógino, defensor de las ideas liberales del siglo XIX, cuando los liberales juaristas crearon el símbolo de la reina del Hogar. En el periódico Washington Post abrieron espacio a periodistas capaces de analizar, seriamente, la conducta presidencial, frente al fenómeno internacional de las jóvenes contra las violencias feminicidas. Y diarios como El País dieron seguimiento puntual a las decisiones electorales, para el próximo gobierno en Guerrero.


El discurso y los hechos de este gobierno ya le produjeron al primer mandatario un enorme desprestigio y una confrontación con el feminismo nacional e internacional.


Un discurso de la catilinaria a los hechos fue el de Félix Salgado Macedonio. La defensa activa, irracional, ilegal y ofensiva de este personaje, un político de perfil machista, atrasado, abusador y acusado de violación, con más de una investigación penal, al cual se le consideró, antes de las elecciones de junio, como el elegido por “el pueblo”. ¿Era deseo, capricho o compromiso presidencial?, no está claro. Lo cierto es que este personaje era el elegido para la candidatura del partido del Presidente, Morena, para encabezar el gobierno de Guerrero, una entidad pobre y marginada, entre las más deprimidas en economía y educación de todo el país. Una circunstancia insólita lo eliminó de la contienda, pero impuso a su hija, quien será la gobernadora del estado, según las elecciones del junio pasado.


La narrativa presidencial sobre el caso de Salgado Macedonio produjo una respuesta inimaginable, con la gran campaña “Rompe el pacto”. A esta se sumó hasta la locutora más tradicional y antifeminista de la radio y la televisión nacionales. Y él, que para victimizarse enjuta las cejas y pone una mirada lastimera, dijo en una mañanera que no sabía de qué se trataba y empuñó la daga, como a un toro, señalando que son ideas extranjerizantes -todo lo internacional es pecado para el Señor Presidente- acusando a las mujeres movilizadas de ser parte de una postura electorera, demoliendo cualquier otro argumento.


El costo del discurso antifeminista, hecho mediático, será el signo de su paso por la historia, será el estigma de su gobierno. Hay quien afirma que la oposición feminista es la única que ya ha empañado su mandato, considerando que sus estocadas a los dueños del país solo quedarán en eso, porque aún cuenta con una amplia aprobación de la ciudadanía mexicana. Conté 3.500 textos acusatorios.