El 24 de abril de 2016 se llevó a cabo una de las manifestaciones feministas más concurridas en la historia reciente de México, en la que miles de mujeres de diferentes edades, clases sociales y adscripciones políticas, convergimos en las calles de más de 40 ciudades para exigir el cese de las agresiones históricamente cometidas en nuestra contra.

Debido a su singularidad y magnitud, este acontecimiento fue denominado #primaveravioleta, pues aquella calurosa tarde, el país entero presenció el florecimiento de un actuar colectivo que renovó uno de los más importantes ejes de reflexión-acción del feminismo mexicano, cuya vigencia se mantiene hasta el día de hoy: la lucha feminista contra las violencias machistas.

Sin atender a conmemoraciones representativas como el 8 de marzo o el 25 de noviembre y desafiando los llamados institucionales, la movilización nacional del #24A fue autoconvocada de manera espontánea por distintas colectivas a través del hashtag #VivasNosQueremos que rápidamente inundó las redes sociales.

La iniciativa fue acogida de inmediato por diferentes organizaciones feministas, así como por un amplio grupo de mujeres no necesariamente adscritas al movimiento, pero que sí compartían la exigencia de una vida libre de violencia. Esto explica el gran eco que tuvo en diferentes ciudades del interior del país y no sólo en el centro, donde el feminismo ha estado presente durante décadas.

En la Zona Metropolitana del Valle de México ocurrió algo sin precedentes: la ruta de la marcha se trazó para iniciar en el palacio municipal de Ecatepec en el Estado de México y concluir en la Victoria Alada del Paseo de la Reforma en el corazón del país, en un acto político para visibilizar la vulnerabilidad a la se exponen las mujeres de la periferia que diariamente transitan al centro para estudiar, trabajar y resolver asuntos prácticos de la vida cotidiana.

Este hecho reveló uno de los principios intrínsecos de la #primaveravioleta que consistía en interconectar la lucha feminista de distintos lugares del país, intuyendo que, como bell hooks había dicho décadas antes, un feminismo visionario surgiría únicamente de quienes conocieran de manera profunda tanto el centro como la periferia.

Si bien, la lucha feminista en México precede al 2016, el #24A representa el hito donde se gestaron las acciones individuales y colectivas contra las agresiones machistas de los últimos 5 años, mismas que como maremoto feminista han inundado las calles y las conciencias con un mensaje plasmado en el manifiesto de la movilización nacional donde el hartazgo y la rabia son el hilo conductor que articula la denuncia contra la violencia estructural, cultural e institucional responsable del feminicidio y los crímenes de odio contra lesbianas, bisexuales y trans, sentando una postura abierta a alianzas estratégicas bajo el entendido de que el patriarcado es nuestro enemigo común.

Aquel día se lanzó otra declaración: las feministas seguimos aquí, volvimos a salir a las calles, seremos incómodas al sistema que nos oprime y ¡si tocan a una, responderemos todas! Y aún cuando aquella movilización se desarrolló sin incidentes, este discurso se materializó en prácticas que han acompañado las protestas de mujeres desde entonces.

Así, en los últimos años hemos acudido a lo que algunas personas denominan la radicalización del movimiento, caracterizada por la intervención a monumentos, las pintas y las quemas e incluso por la diamantina rosa usada como arma contra funcionarios indolentes ante la injusticia, esta sí radical, en que vivimos las mujeres.

Se cuestionan los métodos empleados como medida desesperada para visibilizar la violencia machista, pero no el incremento de la misma. En 2016, en México se asesinaba a 7 mujeres cada día, hoy se cometen 11 casos de feminicidio a diario (13 si se incluye a niñas y mujeres trans en el conteo).

Los números adquieren otra dimensión cuando enfrentamos el drama que representa el arrebato de estas vidas humanas, sobre todo cuando, invirtiendo el razonamiento, nos damos cuenta de que al menos 11 varones asesinan a una mujer cada 24 horas. Pero la violencia tiene manifestaciones no letales que amenazan la libertad y el desarrollo de las mujeres en todo el país.

Estas han sido objeto de particular atención para las mujeres más jóvenes que, emprendiendo la difícil tarea de deconstruir la relación consigo mismas, con otras mujeres y con el mundo en general, han recuperado la clásica consigna lo personal es político como principio básico para enunciarse feministas, politizando aspectos de la vida cotidiana y las relaciones que mujeres de otras generaciones cuestionamos ya de adultas, oponiéndose incluso a cánones feministas que consideran adultocéntricos, academicistas y privilegiados, provocando encuentros y desencuentros que son muestra de lo vivo que se mantiene el movimiento feminista en nuestro tiempo.

Así, en el feminismo que devino de la #primaveravioleta, conviven diferentes generaciones de mujeres con sus experiencias y saberes específicos, articulando respuestas complejas al problema de violencia que nos aqueja. Tan importantes son las académicas que han producido conocimiento clave para comprender nuestra condición, como las defensoras de las ONG y OSC cuyas prácticas de atención son determinantes en momentos clave, también las legisladoras con una agenda verdaderamente feminista y las miles de mujeres que han posicionado temas de interés en redes sociales a través de hashtags y contenido viral, igualmente las colectivas feministas cuyo trabajo de base transforma subjetividades, no se diga las encapuchadas que en cada acción pública ponen cuerpa y alma para señalar a los violentos e impedir que nuestras exigencias pasen desapercibidas.

Acompañándonos, aunque no pocas veces en tensión, la lucha contra las violencias machistas se hace más llevadera y se convierte en contagio para las mujeres que aún dudan o temen hacerse feministas, porque en el fondo nuestro objetivo, quizá el único que nos une sin reservas, sigue siendo hacernos posible una vida digna de ser vivida por todos los medios que podamos. Esto es lo que mantiene vigente nuestra lucha luego de 5 años del #24A, la fuerza imparable del maremoto feminista que busca arrastrar todo vestigio de la cultura patriarcal.

* Doctoranda en Estudios Culturales en la línea de investigación Género, sexualidad y poder, por El Colegio de la Frontera Norte, maestra en Comunicación y Política y licenciada en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana.