En esta ocasión quiero centrarme en las demandas y motivaciones que llevaron a miles de mujeres a organizarse y tomar las calles, el pasado 8 de marzo, porque ese es el foco que no se debe perder.

Si hay una exigencia que se repitió una y otra vez en las pancartas y consignas que lanzaron los distintos contingentes de mujeres que durante cinco horas estuvieron recorriendo las calles de esta ciudad; es la violencia.

Como nunca antes vi reflejado el hartazgo de las mujeres por la inseguridad que viven en todas partes, la falta de justicia y la complicidad con los agresores que se da tanto en la sociedad como en las instituciones.

A lo largo de los años que tengo documentando el movimiento feminista y las movilizaciones de mujeres, estos últimos cinco años me ha llamado la atención el terror con el que viven las jóvenes ante la posibilidad de ser asesinadas y la percepción que tienen de que las autoridades no están haciendo lo necesario para cambiar esta situación.

Una de las consignas que más vi escrita y repetidas en esta marcha del pasado lunes es “si soy la próxima recuérdame”, con sueños, o recuérdame bailando, o recuérdame que salí a las calles para que a otras no les pase.

Y lo que estas jóvenes están revelando en sus pancartas y pintas es que se sienten en peligro de muerte y eso tendría que sacudirnos a todo mundo.

Cómo se construye una sociedad con igualdad y respeto a la dignidad humana, cuando la juventud y la niñez femenina están viviendo con esta amenaza, cómo se pueden concentrar las mujeres en su desarrollo, cuando está viviendo violencia cotidianamente y no encuentran el espacio para denunciarlo y que se actúe de inmediato para protegerlas y sancionar al agresor.

Es este peligro de muerte, el que lleva a las mujeres a salir a las calles para exigir políticas que les garanticen vivir libres de violencia, porque lo están viviendo en carne propia y están urgidas de dejar de vivir en peligro.

¿A quienes interpelan? a quienes son responsables de generar estas políticas; a quienes gobiernan tanto en lo local como en lo federal, a quienes legislan y a quienes les deberían de cuidar y no lo hacen como son los cuerpos policiales.

Porque estamos hartas de vivir con la sombra de la violencia pegada a nuestras vidas.

Quienes son las que marchan son mujeres diversas, amigas, familias, madres, hijas, nietas, compañeras de escuelas, feministas organizadas, mujeres de colonias populares, indígenas, madres con hijas desaparecidas.

Es decir, las ciudadanas comunes, a quienes la violencia que las rodea las ha llevado a exigir ni una más.

Esto es el centro de las movilizaciones, de las pintas que llenaron las calles de la Ciudad de México y otras muchas ciudades del país.

Por eso salieron a las calles y pegaron las fotos y escribieron los nombres de las mujeres desaparecidas, asesinadas, violentadas, para que no las olvidemos.

Pero también, y cada vez más, nombraron a los agresores, mostraron los rostros, sus datos buscando alertar a otras mujeres para evitar que estos hombres sigan impunes y que la sociedad rompa con la complicidad con estos agresores.

Y mientras en las calles esta es la exigencia, las comisiones unidas de Justicia y Estudios Legislativos del Senado aprobaron sacar a la Fiscalía General de la República (FGR) del Sistema Nacional para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres cuando de lo que más se adolece es de justicia en este país, se le quitan responsabilidades a la Fiscalía General que hasta el día de hoy no ha saldado su deuda con las mujeres de hacer justicia.

Estas decisiones lejos de abonar a erradicar la violencia contra las mujeres generan pequeños emporios disfrazados de autonomía por lo que las mujeres salieron a las calles.