Ciudad de México. Es la primera vez que el mundo conmemora un 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, en medio de una pandemia que mantiene a la gran mayoría de la población en confinamiento; sin embargo, el alto riesgo de contraer COVID-19 no impidió que cientos de mexicanas salieran a marchar por diferentes partes del país para exigir un alto a la violencia feminicida que –como una segunda pandemia– cobra, cada día, la vida de 11 mujeres en México.

En la víspera, colectivas feministas hicieron circular convocatorias para participar en distintas protestas a lo largo del país, incluyendo la Ciudad de México, Quintana Roo, Jalisco, Guanajuato y otras entidades donde otras manifestaciones feministas ocurridas durante la pandemia terminaron en actos de represión tan graves como detonación de armas de fuego por parte de elementos del Estado.

La conferencia mañanera de este día sería una oportunidad para que el gobierno federal explicara en qué consiste su política de gobierno para prevenir, atender y erradicar la violencia contra las mujeres. La palabra la inició la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien desde el inicio de la administración ha tomado la batuta que corresponde al Jefe de Estado para dar respuesta a las demandas de las mujeres y reunirse con las madres de víctimas que han solicitado ver al presidente.

Sánchez Cordero reconoció por la mañana que la violencia contra las mujeres es una realidad en nuestro país y enumeró cada una de las acciones que ha emprendido esta administración para prevenirla; no obstante, en su turno, el presidente de México dio un mensaje distinto. Negó –como ha hecho desde el inicio de su gobierno– que el origen de la violencia contra las mujeres sea distinto al de los homicidios comunes y, sin importarle lo que le han dicho las protestas feministas, las víctimas, la innumerable teoría al respecto y la propia secretaria de su gabinete, insistió en que el problema es el modelo económico neoliberal.

Ninguna epidemia detuvo las marchas
En punto de las tres de la tarde, un grupo de al menos tres decenas de mujeres y un contingente de familiares de víctimas ya esperaban en el Monumento a la Revolución el inicio de la marcha.

Pese al llamado reciente que las Naciones Unidas hicieron a México para que los cuerpos policiales garantizaran la vida y la integridad de las mujeres manifestantes, por la mañana cientos de policías capitalinos hacían y rompían filas en las calles circundantes. Desde una noche antes, los propios policías cubrieron varios de los negocios de la ciudad con vallas metálicas azules.

El comunicado que envió desde el domingo 22 de noviembre la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la CDMX para informar del duro operativo policial que emprendería el 25 de noviembre podía leerse como una amenaza represiva.

Sin embargo, llegado el día, en menos de una hora el grupo en el Monumento creció a cientos. Muchas de quienes lo integraban eran jóvenes vestidas de negro. Martillo y pancarta en mano.

Mientras esperaban, media decena de familias de víctimas de mujeres desaparecidas o asesinadas repetían a la prensa un mismo hecho: las fiscalías estatales, incluyendo la de la CDMX que tiene unidades especializadas, no tienen líneas de investigación para garantizarles verdad y justicia. No había miedo, dijeron, había coraje.

La manifestación inició y, contrario a lo que se preveía con los operativos policiales de la mañana, ni un sólo uniformado acompañó la marcha.

Uniformados no hubo, pero en los márgenes de la marcha podían verse personas vestidas de civiles que recibían y daban órdenes por medio de radios. También hubo una valla humana de mujeres, todas ellas trabajadoras de la CDMX a quienes se les pidió — según relataron a esta agencia— que fueran a “observar” la protesta pero sin que se les diera una identificación oficial ni se les pagara extra por estas funciones.

Este día hubo mujeres jóvenes vestidas de negro, pero también un grupo de mujeres otomíes con pancartas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, otro grupo de mujeres identificadas como del colectivo las Constituyentes y decenas de mujeres que vinieron de forma individual. Las protagonistas de esta marcha eran tan diversas como sus exigencias: “las mujeres luchamos, el mundo transformamos”; “los novios también violan”, “porque vivas se las llevaron, vivas las queremos”.

A diferencia de cualquier otra marcha que se haya visto antes del 2020, casi todas las asistentes estaban cubiertas del rostro. Algunas con pasamontañas, todas con cubrebocas y caretas.

“No me importa contagiarme tanto como me indigna que nos maten a diario”, dijo una joven madre que asistió a la marcha con su hija.

La protesta siguió su curso sin abruptos ni altercados mayores; cuando llegó al Zócalo de la Ciudad de México, los contingentes ya se contaban casi en, al menos, unas 500 personas.

Las víctimas subieron al templete y una a una relató las omisiones que las autoridades, la mayoría de la CDMX pero también de otras entidades, habían cometido en cada uno de sus casos.

“Mi hija no es una carpeta de investigación. Mi hija es un ser humano. Mi hija necesita ser encontrada, mi hija necesita justicia”, dijo la madre de Jael Monserrat Uribe, una joven que desapareció el pasado 24 de julio en el Estado de México.

Al tiempo, un grupo de mujeres dentro de la marcha jalaron las vallas de metal y consiguieron llegar hasta las puertas del Palacio Nacional, donde las esperaba—por primera vez en todo el trayecto— una valla policial plenamente identificada.

Las mujeres jóvenes se aventaron a las y los policías, quienes las arrinconaron. Se lanzaron bombas de pintura y gases. Los policías se activaron. En menos de una hora, el contingente de mujeres que permanecía en la plancha del Zócalo escuchando a las víctimas estaba rodeado.

Ahí terminó la marcha y el mitin. Las familias relataron a correteadas sus testimonios y pidieron a las asistentes abandonar la marcha “por las condiciones”. Antes de irse cantaron: “Cantamos sin miedo, pedimos justicia. Gritamos por cada desaparecida. Que resuene fuerte: ¡Nos queremos vivas! ¡Que caiga con fuerza el feminicida!”

Mientras, la policía capitalina seguía las órdenes de personas vestidas de civiles. En cuestión de horas cercaron la plancha del Zócalo.

Entre gritos para “acuerpar a las defensoras”, una madre dijo: “Sí les voy a decir que esta madre de Guadalupe Pamela Gallardo no se va a callar. Si atentas contra mi vida, muchas gritarán mi nombre”.