Sebastián Rulli provocó gran conmoción entre sus fanáticas, luego de colocar en su cuenta de Instagram una fotografía mostrando su trasero desnudo. FOTO: NOTIMEX.

México, 27 Nov (Notimex).- Tomaron un avión juntos para asilarse en México, con su vida en peligro. Este martes 26 de noviembre, caminaron también juntos por la Sala Silvestre Revueltas de la escuela Ollin Yoliztli. Son Evo Morales y Álvaro García Linera, presidente y vicepresidente de Bolivia, respectivamente, hasta el 10 de noviembre de 2019.

Aunque su mandato constitucional concluye en enero de 2020, la inestabilidad extendida en el país, la violencia, las amenazas, los amedrentamientos, el vandalismo, la quema de casas y las advertencias de las fuerzas armadas los llevaron a renunciar a sus cargos.

Para ellos está claro: un golpe de Estado descarriló al gobierno que fue respaldado electoralmente el 20 de octubre para un cuarto mandato presidencial, luego de que durante casi 14 años aumentaron los índices de calidad de vida, se consolidó un crecimiento anual del 4.5 por ciento, disminuyó la pobreza, se redujo el desempleo y se cuadriplicó el Producto Interno Bruto (PIB) como nunca en los últimos 200 años.

Así lo aseguró Morales al micrófono, al tiempo que reconoció que en su gestión se reconoció constitucionalmente a los indígenas y la pluriculturalidad boliviana, se aseguró la paridad de género en cargos de gobierno, se abrió la oportunidad para que los indígenas administraran el Estado, entre otros logros.

Los indígenas, los obreros, han construido el movimiento popular más significativo del continente, afirmó en su turno el vicepresidente.

Para Morales está claro: “Algo que no me perdonan es que hicimos cambios. No nos perdonan, hermanas y hermanos, nuestras políticas económicas”. Los bolivianos decidieron que querían gobernarse a sí mismos, no ceder esa potestad al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Se abandonó el estado colonial y se avanzó al estado plurinacional “donde todas y todos tenemos los mismos derechos”.

Los recursos se nacionalizaron, se recuperaron las empresas públicas, se evitó la privatización del agua, se declararon constitucionalmente como derecho humano los servicios básicos.

Para García Linera también está muy explícito todo lo sucedido: “Que se vayan los golpistas. Es un golpe de Estado apoyado por la clase media alta, ojo, un segmento de la clase media alta que no soporta indios gobernando, que no soporta campesinos, pobladores del campo y obreros igualándose a ellos, porque creían que el poder era un tema de sangre, de apellido, de color de piel. Se han radicalizado, fascistizado, racializado”.

Una derecha cuya base ideológica son el imperialismo y el colonialismo, con un desprecio arraigado contra el indígena, acusó García Linera. “Una derecha violenta”.

Tal vez por eso una veintena de detractores de Evo Morales esperó agazapada los 60 minutos que tardó el expresidente en tomar la palabra para interrumpirlo y tratar de dinamitar su discurso con vociferaciones y pancartas que acusaban que no fue un golpe, sino un fraude electoral, que lo repudian.

La audiencia entonces se dividió en consignas cruzadas. Para evitar una escalada de la hostilidad, los organizadores de la Ollin Yoliztli pidieron a los detractores que abandonaran el auditorio, y Morales aseguró que esas expresiones no lo asustan.

“Para la derecha boliviana, más conocida como vendepatrias, salud y educación son servicios, para nosotros salud y educación son derechos. Es una profunda diferencia”, dijo Evo, que recordó que en su administración se redistribuyó la riqueza, se universalizaron conquistas sociales y se “horizontalizó el bienestar”.

Y continuó García Linera: “32 muertos, 400 heridos de bala, más de mil detenidos, persecución de dirigentes, quema de instituciones, quema de sedes sindicales, persecución a familiares de líderes políticos. Es terrible”.

Tuvieron que desatar el baño de sangre, alterar el orden institucional, violentar las garantías individuales, para asegurarse de que Evo Morales y Álvaro García Linera no contendieran electoralmente, porque “a nosotros nunca nos pueden ganar, nunca nos han ganado, ni nunca nos van a ganar”, subrayó el exvicepresidente.

Los golpistas tienen que irse a su casa lo más pronto posible, aseveró, y la audiencia recibió la propuesta con un aplauso general.

“Había una sed de sangre, de venganza contra los indios en el poder, los trabajadores en el poder, los sindicatos en el poder, que querían palparla y verla”, acusó García Linera sobre la violencia de la derecha, que entró al gobierno Biblia en mano, en franca afrenta a las pluralidades culturales bolivianas.

El golpe “es un retroceso para Bolivia, es un retroceso que no tiene que expandirse para el resto del continente”, agregó el exvicepresidente. “Hasta que nos maten nunca vamos a dejar de luchar en favor de los humildes”.

La conversación se fue conformando como una jornada que llama a la unidad latinoamericana en la ruta de la izquierda. Por eso, en el arranque, el académico de la UNAM John Ackerman recordó a los otros exiliados en México: los chilenos perseguidos por Augusto Pinochet; los republicanos españoles asediados por Francisco Franco; el cuentista y polígrafo Max Aub, que imaginó en un cuento, en rica farsa, el asesinato a balazos de Francisco Franco para acabar de una vez con aquello del exilio lacrimoso y sus amarguras.

Jornada de vociferaciones en un auditorio repleto, con sus mil 200 butacas ocupadas y otras cuantas sillas en el vestíbulo de la sala. Tarde de consignas: “¡Evo, no estás solo, carajo!” y “¡Presidente!”, son sólo dos de ellas. Tarde de mensajes en pancartas: “No es una renuncia, es un golpe de Estado”, “El mundo se divide en Morales e inmorales”. Tarde de tropiezos: “¿Cómo va la whipala?”.

Jornada de celebración del derecho de asilo, en voz de la titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Rosario Piedra Ibarra. De conteo por los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa. De memoria: en México se exiliaron el guatemalteco Jacobo Árbenz y el español José Gaos, el ruso León Trotsky y el chileno Pablo Neruda, entre tantos otros.

Jornada de filas de simpatizantes deseando entrar y dándole la vuelta al edificio de la Ollin Yoliztli, ubicada en el Periférico Sur y a unos metros de la pirámide de Cuicuilco, uno de los primeros asentamientos civilizatorios del Valle de México, donde después se desarrollaría la cultura mexica, el Tenochtitlán que hoy constituye el corazón de la Ciudad de México.

Jornada de gritos contentos, de consignas bolivarianas, de acompañamiento político, de una sensación de afinidad ideológica generalizada: la izquierda se reúne y se celebra, se aplaude incondicionalmente, se recrea. Contenta de identificarse, alza la voz, engrosa los discursos, se conmueve.

Indígenas estudiantes de la UNAM abrieron la conversación y llamaron a la defensa del territorio, a la protección del pensamiento cosmogónico, al reconocimiento de las diversas identidades culturales agolpadas en México.

Y llamaron a la unidad: la lucha de Ecuador, Colombia, Chile, Haití, Argentina, Bolivia contra el neoliberalismo debe ser la misma de México. Se requiere unificar proyectos regionales en tiempos de asedio político.

Mientras esa fiesta de los símbolos y las proyecciones a futuro se desarrollaba en el recinto Silvestre Revueltas, nombrado así en honor a un compositor comunista que murió de frío, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amagó con declarar a los cárteles del narcotráfico emplazados en México como terroristas, lo que hace cernirse la amenaza de un asedio militar contra el territorio mexicano.

Trump, por supuesto, no reconoció en su mensaje la bilateralidad de la crisis: es su país el consumidor de la cocaína mexicana y el fabricante de las armas que empuñan el Cártel de Sinaloa y otras organizaciones criminales. En cambio, amenaza y crea una tensa situación política que reitera la desigual relación de fuerzas en América. Que reitera el problema de los oprimidos y los opresores.

Y que orienta, en oposición: contra eso hay que agruparse en Latinoamérica, como era necesario en los tiempos de José Martí y Simón Bolívar; como hizo falta ante los golpes de Estado y dictaduras en México, Guatemala, Nicaragua, Cuba, Argentina, Brasil, Uruguay, Venezuela, Chile, siempre apoyadas por Estados Unidos, siempre en defensa de la empresa extranjera y su extracción indiscriminada de utilidades para consolidar periferias: el tercer mundo, experimentado en supervivencias y desarticulado en su ejercicio constituyente, unificador.

Agruparse porque sigue haciendo falta en el persistente desequilibrio cultural, que vuelve muy sencillo ver en el continente películas de Hollywood, pero más difícil leer en Durango a los poetas de República Dominicana, en Colombia a la nueva novela de México; una dificultad para desarticular. Porque para leer a Chile o a Colombia hay que imprimir en España: neocolonialismo editorial, embudo de ideas.

Ritual de los entusiasmos, el evento con Morales fue un recordatorio de todos los encuentros pendientes, y un nuevo episodio que reitera que las violencias descarriladoras y las intolerancias volverán. Una nueva página en la historia de los exilios, que pluralizan pese al infortunio.

Queda claro que la de Bolivia y la de América Latina es una historia abierta, y Álvaro García Linera lo recordó, lo aclaró en su intervención, que cerró el día. “No seremos candidatos, pero nadie nos impedirá hacer política”.

Antes de las transformaciones que produce la acción, puntualizó, es indispensable la transformación de la conciencia, que sepulta las herencias de odio del colonialismo, del racismo, de la noción de que el otro es menos valioso.

Y le aconsejó a México, en permanente proceso de defensa de la justicia: “No descuiden la lucha de ideas”.