Cómo las cuidamos

Da escalofríos saber lo enraizados que están los males en esta sociedad, tanto, que los aceptamos sin más. Tal es el caso de los abusos sexuales contra las niñas, históricamente intercambiadas, violadas, esclavizadas, explotadas, sin que hasta muy recientemente se asumiera como problema social. Por eso se habla de una deuda histórica que tenemos hacia ellas en Guatemala.

Vistos los datos y cifras de casos proporcionados por instituciones de Derechos Humanos, queda demostrado que la magnitud que alcanza este delito es más que alarmante. Esto parece no preocupar al Estado, quien tendría que velar por la salud y el bienestar de la niñez y juventud.

MÁS VALE PREVENIR
Las alertas tempranas, como el Sistema Alba Keneth, son medidas interinstitucionales que se han implementado para evitar el robo o desaparición de menores de edad, pero esa alarma debería abarcar a la sociedad en su conjunto, y sobre todo a la niñez, adolescencia y juventud que son engañadas o forzadas a entrar en las redes de esclavitud y explotación.

Si existiera suficiente información adecuada a edades, géneros y culturas, quizá se podría poner un obstáculo a esos negocios ilícitos que generan riquezas para empresarios corruptos.

El Ministerio de Educación guatemalteco tiene una gran responsabilidad y debería estar divulgando entre alumnos y maestros no sólo la información pertinente, sino persiguiendo y castigando las prácticas de abuso que se dan en las instituciones educativas y en las familias.

La atención integral es una forma de recuperar física y emocionalmente a las personas menores de edad que han sido victimizadas, ello implica tratamientos psicológicos, médicos y sociales específicos, así como asistencia legal, de forma que puedan rehacer sus vidas en la sociedad, libres de ese flagelo.

El Estado es signatario del Protocolo de Palermo, que señala los mecanismos relacionados con la protección a las víctimas de trata, en términos de garantizar una asistencia especializada, particularmente a las niñas, que incluye alojamiento, educación y cuidados adecuados.

En Guatemala existen cinco albergues: dos de la Secretaría de Bienestar Social y tres de la sociedad civil, estas instituciones les proporcionan refugio y cuidado a quienes son remitidas a esos centros a partir de denuncias judiciales.

Al analizar lo hecho por el Estado nos damos cuenta que su indiferencia hacia las niñas se evidencia en las cifras de denuncias que no son atendidas y que van en aumento.

Ante ello, como sociedad nos toca por lo menos preguntarnos qué hacer. Y una respuesta es exigirle al Estado que cumpla con sus obligaciones. No es justo ni aceptable que cierren albergues, que conduzcan a las víctimas a espacios inseguros, y que favorezcan la revictimización, además de tolerar este tipo de negocios.

Otra contribución que podemos hacer es conversar sobre esto en la casa, en el trabajo, en los espacios sociales donde nos movemos. Se trata de sembrar alerta en madres y menores de edad para hacer conciencia de los riesgos que acechan.

Es prioritario hablar con los hombres y reflexionar sobre el machismo, además de darles alternativas de conducta más llevaderas, sin violencia.

UN HOGAR ACOGEDOR
Las niñas que se atienden en los albergues traen consigo historias de golpes, hambre y desprecio. Han sido utilizadas por las temibles mafias de esclavitud laboral y sexual. Sus traumas y enfermedades deben ser tratados de inmediato, creándoles condiciones amigables de convivencia, donde se sientan seguras, tengan oportunidades y sobre todo, afecto y cariño, sin chantajes ni dependencias.

Las niñas desamparadas requieren atenciones que incluyen, muchas veces, la crianza de sus descendientes. Niñas de 13 años cuidando bebés producto de violaciones sexuales.

El estudio y la preparación para volver al mundo como sujetas de derechos es un ingrediente básico de estos procesos de acogida y reinserción social.

Por ello, en la residencia de la asociación La Alianza se les provee formación escolar y capacitación para el mundo laboral, así como asistencia legal para que puedan apropiarse de sus procesos para exigir justicia.

Carolina Escobar Sarti, poeta feminista que dirige esa organización, fue prolija en información sobre el problema y sus manifestaciones, muy generosa al contarnos cómo funciona el programa que busca transformaciones en las vidas de las niñas víctimas de trata y explotación, así como en la sociedad donde vivimos.

Las historias que esta amiga comparte nos conmueven. En ese hogar conviven niñas a las que les arrebataron la infancia y cuyo futuro pende de un hilo muy frágil. Asumir la responsabilidad de rescatarlas, apoyarlas y darles amor es un reto que no cualquiera corre. La meta: construir sociedades en las que no exista la trata ni la explotación de menores de edad.

*Antropóloga e integrante fundadora de la revista feminista La Cuerda, de Guatemala.