Pensar desde la periferia

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Feminista periférica como soy, considero que la construcción de una República democrática que incluya a las mujeres y plantee un enfoque desde la alteridad.

Feminista periférica como soy, considero que la construcción de una República democrática que incluya a las mujeres y plantee un enfoque desde la alteridad y el reconocimiento a la enorme base social que apueste por la formación de un país, necesita considerar principios, discursos alternativos que deconstruyan la hegemonía del poder fáctico, patriarcal, centralista y colonizador, vertical y descendente.

1.-Descentralizar. No sólo es mover oficinas del centro hacia las periferias, es pensar como periferia, es abrir espacios a las personas que desde la periferia hacen y han hecho literatura, poesía, teoría, que no sólo lo que se escribe o dice en el centro está sucediendo. Hace mucho que desde las periferias construimos teoría y práctica de Derechos Humanos, feminismo, literatura, poesía, investigación.

Las ciudades responden, como el país, a un centro que ejerce un discurso vertical y descendente, pero también hegemónico y colonizador, desde una lógica de que lo que se piensa desde el centro resuelve problemas que son las propias regiones las que lo conocen.

Es decir, el proceso de construcción de una nueva república implica apostar a la autorreflexión y desde los sectores populares y la capacidad de organización para construir poder popular, de las mujeres, de las periferias. Esto permitirá que por primera vez se escuchen las voces regionales, las voces populares, y a las comunidades para hacer comunidad.

Es la apuesta y reconocimiento de procesos y métodos alternativos, discursos que hasta hoy se han considerado marginales o periféricos desde una centralidad discursiva que sólo se oye a sí misma.

Y en esencia, es escuchar el pensamiento de las periferias generando sus propias soluciones y caminos a recorrer para recomponer y por qué no, incluso rehacer el tejido social de aquellas zonas que fueron prácticamente fragmentadas por poderes fácticos.

Esto por supuesto implica:
2.-Despatriarcalizar el ejercicio del poder

La noción del poder se concibe generalmente como un mecanismo que sólo puede ser entendido y ejercido con ciertas características inherentes al sistema patriarcal, es decir en forma hegemónica, imperativa, violenta, opresiva y subyugadora.

Eso supone -desde esa lógica patriarcal- que quien tiene el poder debe ejercerlo bajo esos mismos parámetros, ya que son los “métodos del poder” porque socialmente no hay muchos ejemplos de los cuales aprender sobre formas de ejercicio del poder popular.

Analizar cuándo y cómo las mujeres son patriarcales en el ejercicio, imitando la única forma conocida de gobernar, de ejercer poder y no se atreven a explorar otras formas y que su presencia no garantiza.

En otros casos, lo que tenemos es la “masculinización del poder”, es decir al sólo existir como parámetro la forma de ejercer el poder desde la sociedad patriarcal y por hombres, las mujeres lo ejercen en los mismos términos.

Entonces no hay cambio ni por la postura política ni en la persona que está en oportunidad de tener una posición de poder, entendiendo el poder como la capacidad de decidir y acompañar a otras personas hacia un punto, sino que la forma de tomar esa oportunidad de decisión sobre otras personas se hace desde la forma patriarcal vertical y descendente, es decir sin tomar en cuenta lo que opinan los demás y sin escucharlos, acompañado de opresión y con mecanismos de control y de sometimiento que pueden ser coercitivos.

3.-Poner en el centro de las decisiones el amor a la sociedad, la familia, la pareja, las y los hijos, la comunidad. Vivir el amor al prójimo. Sólo así podrá entenderse que “perder un privilegio”, en realidad significa abonar a una sociedad más justa.

Aportar trabajo a la sociedad tiene que ser un deseo nato en el corazón de quienes recibieron becas de estudio, ser solidarios y sororales no es una cuestión de pose, es una práctica real de compartirnos espacios y hacer redes de apoyo.

Si hablamos de un país, una República, y nos atrevemos a derribar el concepto “nación” patriarcal y de connotación nacionalista, podremos repensar otra forma no solo para el poder y la protección de su ciudadanía.

Tenemos el reto de hacer de México un país honesto, sin impunidad y que otorgue las mismas garantías de protección a todas las personas, el derecho a la libertad y la seguridad, a volver a reunirse con sus familiares desplazados, a encontrar los restos de quienes fueron asesinados en la guerra contra el crimen organizado, a perdonarse y a empezar de nuevo una vida.

Implica repensar que no son más horas de jornada laboral, sino calidad de vida en las familias, que las madres y padres puedan pasar tiempo con sus familias y que éste sea de calidad, vaciar la televisión de contenidos que violentan a las familias diversas, que violentan a todo aquel que piensa diferente.

Entender que México no es un país católico, que lo mismo podemos amarnos siendo cristianas o ateos, y que esa no es razón para tener diferencias.

Aceptar que no somos guadalupanos y que ese mito fue derrumbado por el tiempo transcurrido en una sociedad diversa y que también es mexicana en su significado más amplio.

Que la familia es la gente del sur y la del norte, del centro y de occidente, que sin importar las diferencias que podamos tener entre todos tenemos la circunstancia de reunirnos bajo una unidad denominada país.

4.-Y por último, en medio de la crisis de Derechos Humanos, de 40 mil personas desaparecidas, de 200 mil muertos como reconoció la próxima Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, nos falta renunciar al usufructo del dolor como un pretexto para oprimir al otro, u otra.

México no puede sostenerse bajo el “ojo por ojo”, ni la venganza, ni la revancha ni la opresión, de eso hemos tenido por 80 años y solo sirvió para sentar odios profundos que agudizaron diferencias, en las que las niñas y las mujeres fueron las más vulneradas y hoy vivimos una sociedad de gravísimas violencias.

No podemos vivir en el pasado, tenemos que dar el paso para seguir, salir de esta guerra que duró tantos años, todas las personas perdimos algo, pero ese amor extraviado debe servirnos para caminar en la construcción de un país mejor para las niñas y los niños, con derecho a vivir sin violencia.