Diferencias de género en el suicidio y su necesaria visibilización

23 de Septiembre de 2015
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CIMACFoto: César Martínez López CIMACFoto: César Martínez López

Gracias al trabajo de la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, desde 2003 el 10 de septiembre se ha convertido en el Día Mundial de Prevención del Suicidio, con la intención de concientizar al mundo sobre esta problemática y saber que es un acto que puede prevenirse en la mayoría de los casos.

Quiero aprovechar la oportunidad que tengo al escribir para CIMAC, para visibilizar a través de mi columna el importante e impactante tema del suicidio, compartiendo parte de la ponencia que impartí el pasado 10 de septiembre en el Segundo Congreso de Prevención del Suicidio en la Ciudad de México.

Sé que el fenómeno del suicidio es un acto sumamente difícil de comprender para cualquier persona, por lo que a lo largo de la historia de la humanidad el suicidio aunque ha sido investigado y se ha escrito mucho sobre él, sigue siendo un tema escabroso y sinuoso de revisar, visibilizar o simplemente nombrar, pues ha sido mejor negarlo que enfrentarlo, creyendo como las avestruces que al negarlo no existe.

El suicidio, según la definición de Émile Durkheim (1974), es “toda muerte que resulte, directa o indirectamente, de un acto realizado por la víctima”.

La palabra suicidio proviene de dos términos del latín: Suicidium, formado por “sui” (de sí, a sí) y “cidium” (acto de matar) del verbo “caedere” (cortar o matar), y expresa la acción de quitarse la vida.

El fenómeno del suicidio se expresa en los siguientes niveles: a) ideación suicida, b) intentos suicidas y c) suicidio consumado.

Es un fenómeno que existe, tanto, que las diferentes y más recientes investigaciones demuestran que anualmente casi un millón de personas se suicidan, de hecho para ser exacta sólo en 2013 se reportaron 842 mil casos de suicidio consumado a nivel mundial, por lo que es la décima causa de muerte (datos de la Organización Mundial de la Salud).

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en México el suicidio fue en el mismo año la segunda causa de muerte, de los cuales 80.6 por ciento fueron cometidos por hombres y 19.4 por ciento por mujeres.

Sólo en 2013 el suicidio aumentó drásticamente en 114 por ciento, por lo que representa un grave problema de salud pública que implica un gran costo, empezando por el sufrimiento personal, familiar, social y económico, como también por los efectos nocivos a nivel local, nacional y mundial.

Hay diferencias sociodemográficas que influyen de manera decisiva en la posibilidad de que alguien decida suicidarse o no; estos dos aspectos determinantes a tomar muy en cuenta son: por un lado, la edad que en general en muchos países está en un rango entre 15 y 24 años, y por otro lado, el género.

Poco a poco, estas diferencias de género se están convirtiendo en una variable importante a tomar en cuenta, no sólo en lo que a suicidio se refiere, sino en todo lo relacionado con los trastornos emocionales que padecemos mujeres y hombres.

Se estima que en la actualidad, en promedio consuman el acto suicida cinco hombres por una mujer; la diferencia de género es que cinco mujeres lo intentan por cada hombre. Es importante resaltar que se ha visto que esta reciprocidad se presenta en todos los grupos de edad, aunque hay una tendencia mayor en las y los jóvenes de entre 15 y 24 años.

Algunas de las causas de que el suicidio esté más presente en las y los jóvenes pueden ser: que experimentan fuertes sentimientos de estrés, confusión, dudas de sí mismas, presión para lograr éxito, incertidumbre financiera, y otros miedos.

Por lo que para algunas y algunos jóvenes el suicidio aparenta ser una solución a sus problemas y al estrés.

En cuanto al género, se ha observado que en la mayoría de los países los hombres tienden de tres a cuatro veces más a suicidarse que las mujeres.

Desde mi punto de vista el suicidio masculino está muy vinculado a las obligaciones que se imponen al género.

Si reflexionamos acerca del lugar que esta sociedad patriarcal ha impuesto a los hombres nos daremos cuenta que ser hombre se asocia generalmente con el poder, no sólo el poder en su sentido de fuerza, sino más bien como una exigencia: el hombre debe tener “poder”.

Como dice Will Scott: “Poder trabajar. Poder triunfar. Poder hacer las cosas. Poder ganar dinero. Poder ser su propio jefe. Poder tener una familia. Poder tener un automóvil. Poder con las mujeres. Poder sexualmente. Poder con y contra otros hombres”. Poder, siempre poder…

Sólo que esto es un deber y, como tal, es una imposición que pretende ajustar la realidad al pie de la letra, sin embargo, ¿todos los hombres pueden? A mí me parece que no, que no todos pueden, porque no todos los hombres son iguales y no sólo eso, sino porque no tendrían por qué poder sobre todo sobre las mujeres y hasta por encima de ellos mismos.

¿Qué sucede con las mujeres? ¿Por qué las mujeres se quedan afortunadamente más en el intento que en la consumación del suicidio?

Resulta que por lo general las mujeres hemos aprendido más que los hombres a expresar nuestros sentimientos, a no quedarnos tanto con aquellas cosas que nos lastiman, sin embargo, en situaciones que bien podemos llamar “situaciones límite”, las mujeres ante la desesperación intentan olvidarse de sus problemas que generalmente están relacionados con pérdidas de seres queridos o crisis de pareja, que las llevan a sentir que sus vínculos más significativos se destruyen.

Sin embargo, las mujeres justamente por el hecho de contar por lo general con la capacidad para construir redes de apoyo, tienden más a pensar en esas personas que pueden apoyarles o bien, si es el caso en sus hijas e hijos, en su madre y padre y en la familia en general.

Personas todas ellas que se convierten en una especie de ancla de la cual asirse y que evita que muchas mujeres lleguen a consumar el suicidio, sin embargo, cuando lo intentan es desde una profunda sensación de desesperanza y desolación que experimentan.

Otro elemento determinado por la condición de género de las mujeres es que aprendemos también a aguantar.

Aguantar para los y las demás. Aguantar nuestro placer en todos sentidos. Aguantar la violencia. Aguantar postergar nuestros proyectos. Aguantar el maltrato. Aguantar, siempre aguantar…

Dentro de las manifestaciones de estas diferencias de género es importante tomar en cuenta el método utilizado para intentar o consumar el suicidio, en el que las estadísticas arrojan que los métodos que utilizan los varones son más agresivos, como el ahorcamiento o el uso de armas de fuego.

Mientras que las mujeres utilizan métodos como envenenamiento por drogas, salto de lugares altos, aventarse a vías del tren o del Metro, y también –aunque no en igual porcentaje que los hombres– el ahorcamiento.

Como podemos observar, existen diferencias de género en la forma en que afectan situaciones emocionales a mujeres y hombres, en la manera de enfrentarlas y también en los métodos elegidos por un género y por otro, sin embargo, si bien es importante tomar en cuenta esta variable para contribuir a la prevención del suicidio, lo más importante a tomar en cuenta es reconocer, nos guste o no, que es una problemática que existe y que desafortunadamente va en incremento.

De ahí la importancia de visibilizar el suicidio como un problema social y de salud pública que nos atañe a todas y todos.

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