Migración forzada a EU: más pobreza y discriminación

Cimacnoticias | México, 03 Sep 14.- Una tercera parte de las mexicanas en Estados Unidos están en condición de pobreza. Su situación laboral es particularmente desventajosa en comparación con las nativas estadounidenses y otras inmigrantes.

Debido a su estatus de migrantes sin documentos de estancia legal y la baja calificación que poseen muchas de las connacionales, el mercado de trabajo estadounidense las relega al segmento de empleos con precarias condiciones laborales.

Si bien su tasa de participación es alta, 54.9 (en relación a la que tienen las mujeres en México), ésta es muy inferior al 70.1 que registran las estadounidenses blancas o al 66.4 por ciento de otras migrantes.

Por el contrario, las migrantes mexicanas registran las tasas de desempleo más altas (12.5), respecto al 6.3 por ciento de las estadounidenses blancas: prácticamente el doble.

Sus ingresos también son los más bajos, 22 mil 171 dólares como ingreso promedio anual (cerca de 291 mil pesos mexicanos), un 78 por ciento menos que las mujeres blancas, incluso inferior a los ingresos que perciben “otras migrantes”.

Este fenómeno se repite en el renglón de “cobertura de servicio médico ofrecida por el empleador”, sólo el 28.3 por ciento tiene acceso, en tanto que en las nativas blancas la proporción crece al 50.3.

Su escolaridad es baja y las distingue de los otros grupos de inmigrantes. Seis de cada 10 de las mexicanas de 25 años o más no concluyeron el nivel medio superior y lo mismo sucede con los varones.

En términos generales, estos resultados revelan la inseguridad socioeconómica de las mexicanas en EU, en especial cuando asumen el rol de jefas de hogar (“La migración femenina mexicana a Estados Unidos. Tendencias actuales. Boletín No. 1, 2013”, Consejo Nacional de Población).

De los 2.1 millones de hogares encabezados por mexicanas en ese país casi la mitad (40 por ciento) son unidades domésticas con jefas mexicanas pobres.

Los hogares con hijas e hijos menores de 18 años son especialmente vulnerables, así como en el caso de hogares monoparentales; más de la mitad tiene entre cuatro y seis miembros y existe una relación directa entre número de miembros y pobreza.

El 61.6 por ciento de las migrantes viven en California y Texas, pero su presencia se ha diversificado a estados como Illinois y Nueva York. Su crecimiento es impresionante: en 42 años pasaron de 436 mil (1970), a 5.5 millones para 2012; entre 2007 y 2012 duplicaron su participación al pasar de 12 a 26 por ciento.

Es un hecho: la migración activa de las mujeres –en busca de empleo– ha crecido considerablemente; desde esta perspectiva se ha feminizado la migración, es un fenómeno cualitativamente diferente.

1) La migración de las mujeres no es exclusiva de las casadas; existe una importante participación de mujeres solteras.

2) Las mujeres no sólo emigran para reunirse con su familia, también las motivan razones económicas y laborales.

3) Hay evidencia de estudios que demuestran que las mujeres se incorporan al mercado laboral estadounidense.

4) La mujer migrante es un actor social que no responde mecánica ni uniformemente al desarrollo de las estructuras de ambos países. (Ofelia Woo M., investigadora del Colegio de la Frontera Norte, 1997).

Sin embargo, como afirma Hondagneu Sotelo (2011), a diferencia de la migración masculina que refuerza su papel de proveedor y mantiene un control trasnacional de su familia, las mujeres migrantes asumen con enormes dificultades el rol de proveedoras y en muchos casos contemplan la separación de su familia y de sus hijas e hijos.

Es una migración forzada, provocada en gran medida por la violencia económica. El factor de expulsión sigue siendo el mercado laboral, muy en especial los salarios y el desempleo. En México los salarios son muy bajos y siguen perdiendo poder adquisitivo.

De acuerdo con cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en el segundo trimestre del año el Índice de la Tendencia de la Pobreza Laboral muestra un alto crecimiento de 2.63 por ciento, respecto al mismo periodo de 2013.

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Para el lapso comprendido entre 2005-2014 (nueve años), el crecimiento más significativo de este indicador corresponde al ámbito urbano, con un altísimo 26 por ciento (ver gráfica).

Como es sabido, este indicador muestra la tendencia del porcentaje de personas que no puede adquirir la canasta alimentaria con el ingreso laboral. Si el índice sube, significa que aumenta el porcentaje de personas que no pueden comprar una canasta alimentaria con su ingreso laboral.

Por su parte, el ingreso laboral per cápita –deflactado al costo de la canasta alimentaria, a precios de 2010– muestra una sensible caída de 32 por ciento sólo durante los últimos nueve años.

Significa que para las y los trabajadores hoy la canasta alimentaria de Coneval (que es mínima) cuesta 32 por ciento más, o bien que para mantener el mismo nivel de consumo alimentario necesitan incrementar su salario per cápita en un 32 por ciento, cosa que no ha sucedido y difícilmente sucederá. Esto es pobreza, específicamente pobreza alimentaria.

En estas circunstancias es más que explicable que las mexicanas busquen una ventana de oportunidad en la economía de EU; es una migración forzosa y lo que encuentran es pobreza y discriminación.

Las migrantes experimentan una doble discriminación por ser mujeres y extranjeras, y son empleadas en los trabajos peor remunerados.

Frecuentemente, ellas sufren aislamiento, explotación y acoso sexual, y pueden pasar años sin ver a sus hijas e hijos y seres queridos que dejan en el país de origen, a la vez que se les culpa de haberlos “abandonado”. (“Aproximaciones al conocimiento cuantitativo y de identidades de las mujeres en la migración”. Incide, Sin Fronteras, 2014).