Aterciopelada transición

Aún con el incidente de violencia que se registró el 1 de diciembre por parte de un grupo de jóvenes que causaron muy serios destrozos en la capital del país –situación que se tendrá que llegar hasta las últimas consecuencias, pues se trata de ataques a la propiedad privada por parte de pandillas-, puede decirse que se llevó a cabo una transición sin sobresaltos y –considerando- que fue cambio de mando en distinto partido. Hasta aterciopelada, si queremos ser muy positivos.

La transición sexenal en el país, ha sido, desde que se dejó el mando político a los civiles, todo un acontecimiento que despierta expectativas y renueva ilusiones.

A pesar de los tragos muy amargos que ha tenido que pasar –y sobrepasar- el país, con los gobiernos populistas sobre todo los de Luis Echeverría y José López Portillo, el país es más grande que los desvíos y los errores de los políticos, ya que tras probar la transición Zedillo-Fox, para continuar por el sinuoso y difícil camino que eligió Calderón que dio como resultado el regreso del PRI a los Pinos, hoy con Peña Nieto se avizoran otros horizontes.

El juicio sobre Calderón está por definirse; hay quienes lo ven como un presidente que equivocó la estrategia al declarar la guerra al narco y a ello le agregan toda una serie de cifras sobre un país más empobrecido…Otros, procuran ver las cosas positivas, advierten que el camino, aunque doloroso, evitó la colombianización del país y se reconocen los esfuerzos que Calderón hizo en algunas áreas como el transporte, entre otras. Cuestión de enfoque.

Hoy, a sólo unos días del cambio de mando, las expectativas en torno a Peña Nieto, crecen: la mayoría son reacciones favorables, aunque no faltan quienes avizoran un panorama más negro e incierto y sin duda otros, tienen una directa relación con las filias y fobias políticas, corrientes ideológicas y hasta estratos sociales.

Lo cierto es que, aún con la rispidez de la elección con la consecuente intervención de las instancias electorales, los procedimientos se han agotado y guste o no, Enrique Peña Nieto es hoy, presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos –nombre que aún conserva- y debe gobernar, para bien de todos los mexicanos.

En sus 5 ejes rectores anunciados desde la toma de posesión, la firma del Pacto por México y, evidentemente los deberes que le imponen el artículo 87 de la Constitución Política del País, Peña Nieto tiene a partir de este 1 de diciembre y hasta el 30 de noviembre del 2018, la pesada carga de dirigir los destinos de todo México, tarea nada fácil.

En el enorme mosaico que conforma a nuestro país, desde el punto de vista étnico, religioso, cultural, político y social, en el contexto del mundo globalizado, los retos por enfrentar no se antojan nada fáciles. Marcando las prioridades de la lucha anticorrupción, sosteniendo la guerra contra el narco, -que deberá tener una nueva estrategia -y aplicando prioritariamente una política social que genere empleo y busque disminuir los brutales contrastes y desigualdades que aún existen en el País, esperemos que el país continúe con la estabilidad que hasta el momento ha logrado sostener, logrando que esa firmeza macroeconómica llegue finalmente a las clases sociales más desprotegidas y que se aterrice –como lo dijo el nuevo Secretario de Hacienda, Luis Videgaray- al bolsillo de los mexicanos, pero de una manera real.

Los retos son enormes, dentro de la diversidad, pero en lo que todos debemos estar de acuerdo es en que al Presidente le vaya bien, para que a todos los mexicanos nos vaya bien, superando diferencias partidistas, personales o de grupos.

Por ello, es preferible pensar que, dentro de las dificultades y diferencias hubo más bien, una transición aterciopelada, que con sobresaltos.
Hasta la próxima.
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