Miro la hoja en blanco y mi mente deambula en sentido opuesto a las emociones. Busca un tema “importante”. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

Miro la hoja en blanco y mi mente deambula en sentido opuesto a las emociones. Busca un tema “importante”. Algo. Alguna frase. La que sea. Nada. Las emociones siguen sentadas ahí, mirándome con paciencia.

En plena resistencia busco el significado de la palabra Nostalgia. Se equipara a extrañar. Es descrita como una mezcla de sentimientos cuando se piensa en tiempos pasados considerados felices.

Suspiro. Miro de reojo y veo a mis emociones en amena conversación.

Alex refunfuñaba cuando se trataba de poner el arbolito. ¿Te acuerdas? El polvo de las cajas guardadas un año, le hacía estornudar. Sólo previo antihistamínico se podía acercar a la faena. Talía, en cambio, ponía cada adorno como si pintara una obra de arte. Ponía la esfera, se alejaba, veía el arbolito por todas partes, la movía un milímetro y sonreía satisfecha.

Cuando Alex se fue de casa, los decoradores oficiales eran Talía y Carlos. Era maravilloso verles decorar el árbol. Como si bailaran una pieza largamente ensayada. Ahora ella tiene su propio arbolito, que decora bellamente con su esposo; mientras que Carlos y yo cambiamos el rojo tradicional por blanco, y el árbol grande, por uno pequeño con foquitos incluidos.

¡Y qué tal las Navivalles! (Las emociones me miran y yo sonrío). Así fueron apodadas, con la unión de las palabras Navidad y Lavalle. La tribu se reunía en la casa materna, donde no había rincón sin algo navideño. El 24 de diciembre nos tomábamos fotos, después venía el intercambio de regalos entre adultos, y decenas de pequeños regalitos. Las miradas infantiles se iluminaban cada vez que alguien decía: “De sus abuelos para…”

Finalmente, el momento solemne del brindis. Comenzaba mi padre y luego tomaba la palabra quien quisiera, incluida la persona más pequeñita de la mesa (que variaba conforme crecía la familia).

Una vez terminado el ritual, las amistades llegaban y salían las guitarras y cantábamos y bailábamos y reíamos a todo pulmón.

Así fueron las navidades para Alex y Talía a lo largo de toda su infancia y adolescencia. Luego mi padre murió, las navidades comenzaron a celebrarse en casa de mi hermano Carlos y mi cuñada Roxana. Las hijas e hijos comenzaron a estudiar lejos, a formar sus propias familias y, como dice mi madre, comenzó la época de las sillas vacías.

Las emociones hacen una pausa y me miran. Saben que en el cajón de recuerdos he llegado a la última Navidad con Alex en nuestras vidas. No tuvo ni asomo de la estridencia y colorido que tuvieron las navidades en casa de mi madre; pero tuvo la sencillez y felicidad de quienes ya saben que la vida es frágil.

Veo a mi Alex, con sombrero de Santa Claus, tarareando una canción mientras saca esferas de la caja, que Stef acomoda en el arbolito. Veo que el ánimo y las fuerzas le alcanzan para cocinar. Veo a mi familia reunida: Carlos, Alex, Stef, Talía y yo. Veo que brindamos y hablamos de amor y gratitud por la oportunidad de vivir ese precioso instante.

Veo que, al día siguiente, en pijama, abrimos nuestros regalos y vimos en maratón toda la saga de Harry Potter. Es un recuerdo muy feliz y, sin embargo, estoy hecha un mar de lágrimas. Sí, la nostalgia es así.

Querida lectora, querido lector, deseo que en estas fiestas guarde en el corazón momentos que alimenten su nostalgia. ¡Feliz Navidad!

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