El más reciente ataque, que no crítica, del jefe del Ejecutivo a la UNAM se añade a los signos ominosos que se han ido acumulando a través de las declaraciones y acciones del actual gobierno contra el pensamiento independiente. CIMAC NOTICIAS.

El más reciente ataque, que no crítica, del jefe del Ejecutivo a la UNAM se añade a los signos ominosos que se han ido acumulando a través de las declaraciones y acciones del actual gobierno contra el pensamiento independiente: intelectuales, críticos, clase media, ONG. Ninguna universidad es perfecta y sin duda la UNAM puede mejorar aunque se le considere entre las mejores de América Latina.

Sin embargo, descalificarla como “neoliberal” y alejada del “pueblo” es un despropósito que responde a una visión autoritaria, temerosa de la autonomía universitaria, y no a una preocupación por garantizar una educación pública de calidad para las generaciones presentes y futuras.

La UNAM ha sido una vía fundamental de movilidad social, ha favorecido la convivencia de personas de distintas clases sociales en sus aulas y ha fomentado el pensamiento crítico. Si se compara su diversidad con la de otras universidades públicas, pocas o ninguna pueden igualársele. En cuanto a investigación, ninguna tiene campos de estudio tan diversos ni tal variedad de especialistas de alto nivel.

Desde luego, ser la más grande y de mayor trayectoria le da esta calidad pero esto también se debe a la amplitud de miras de sus integrantes y autoridades, a su (re)conocimiento de las necesidades del país y de la sociedad que la financia, la valora y le exige.

La diversidad y la pluralidad en un clima de apertura al diálogo y al debate informado, de respeto a las visiones encontradas, son esenciales en una universidad. La posibilidad de encontrarse con posturas intelectuales distintas a la propia, de reflexionar sobre coincidencias y diferencias, con base en evidencias y argumentos científicos, rigurosos, favorece el pensamiento crítico, indispensable para el desarrollo intelectual, personal y profesional.

En el mundo actual, donde la precariedad y las crisis recurrentes, económicas, políticas y sociales, han minado las expectativas de acceder a un trabajo estable o satisfactorio, es lógico y necesario que se cuestione el papel de la universidad, su capacidad de adaptación a transformaciones sociales y nuevos desafíos.

En la UNAM coexisten personas con ideologías diversas. En el campo jurídico, por ejemplo, integra a investigadores apegados a una visión jurídica patriarcal y a investigadoras e investigadores y docentes comprometidos con la perspectiva de género, los Derechos Humanos, la ampliación del concepto de justicia para todas y todos. Pese a la estrechez de recursos que limita la renovación de su planta académica y el pleno desarrollo de su potencial, la Universidad ha promovido la innovación y la interdisciplina en las ciencias y las humanidades. Así lo demuestran la creación del Centro de Ciencias de la Complejidad, el Programa Universitario de Bioética o las instancias y académicas dedicadas a los estudios de género o feministas, entre otros.

Sin duda puede ser mejor. Las tomas de facultades por grupos de jóvenes mujeres hartas del acoso y la violencia en Ciudad Universitaria o las protestas en otros planteles buscaron llamar la atención hacia la discriminación de género, mucho tiempo minimizada o tolerada por distintas autoridades. Las jóvenes han demandado también cambios en los planes de estudio para incluir la perspectiva de género y Derechos Humanos sin las cuales no se puede entender el presente ni el pasado, ni, menos, hacer justicia, disminuir las desigualdades y fomentar una ciudadanía más consciente y crítica hacia el futuro.

La UNAM tardó demasiado en responder a estas demandas. Ahora deberá consolidar éstos y otros cambios, sin simulación ni inercias burocráticas (una de sus deficiencias).  Éste puede ser un ejemplo de cambio constructivo desde el interior, derivado de una postura crítica, traducida en acción, argumentación y propuesta, escuchada, y dialogada.

Los gobiernos autoritarios suelen acallar a los medios críticos e intervenir medios y universidades para imponer una sola visión, la suya, la que consideran adecuada “para el bien del país” o del “pueblo”, en cuyos voceros o “protectores” se erigen.  Le temen precisamente a las voces que contradicen o cuestionan los discursos grandilocuentes y las visiones del mundo en blanco y negro.