Nunca podré saber –y lo quisiera—/qué se siente estar enfundada en un cuerpo masculino/y ellos no sabrán lo que es olerse a mujer/tener cólicos y jaquecas y/todas esas prendas que solemos usar. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

Nunca podré saber –y lo quisiera—/qué se siente estar enfundada en un cuerpo masculino/y ellos no sabrán lo que es olerse a mujer/tener cólicos y jaquecas y/todas esas prendas que solemos usar.

“Contradicciones ideológicas al lavar un plato”, Kyra Galván

A pesar de que apenas hace 6 años se empezó a consolidar la posibilidad de que las mujeres alcanzaran 50 por ciento de la representación numérica en los Congresos y se empezara a hablar de la paridad horizontal, hoy se cree que la paridad es garantizar a los hombres 50 por ciento de esos espacios y no revertir la desigualdad.

Frente a más de 200 años de lucha por el derecho al voto y a ser votadas, durante ese tiempo los Congresos fueron en su totalidad espacios de poder masculino en el que las mujeres, sólo llegaban excepcionalmente.

Por eso se vuelve necesario repasar los principios, regresar al inicio, explicar cuantas veces sea necesario qué es y para qué la paridad, que no es garantizar 50 y 50, sino es un principio, una acción afirmativa que busca que “al menos 50 por ciento de las posiciones sean para las mujeres, a fin de empezar a revertir la desigualdad mediante una representación numérica, en tanto se consolida la sustantiva.

Y se vuelve necesario recordar que como hemos dicho esto tiene que ver con “nacer, crecer, y vivir como mujer”, se tiene que entender lo que dio origen al pensamiento feminista como una apuesta por la transformación del mundo para que las mujeres pudieran ser consideradas sujetas de derechos, personas, para ser vistas y escuchadas, para ser nombradas y que el masculino genérico dejara de ser sinónimo de lo humano, la hegemonía de un sistema patriarcal que siempre invisibilizó a las mujeres.

Que la apuesta por cambiar el mundo es porque vivíamos en un mundo en el que las niñas eran invisibles, en el que las mujeres no tenían palabra, el hombre no consideraba que del otro lado había alguien con quien interlocutar y pensar, y que eso implicó por siglos que las niñas nacieran “devaluadas”, menospreciadas desde saber su sexo porque no garantizaban la continuidad del apellido, porque no podían heredar, porque no podrían ser propietarias de la tierra. A veces es tan fácil olvidar que nacer en cuerpo de mujer era sinónimo de pobreza y una vida de explotación sexual en los lugares donde aún son vendidas.

Eso vuelve a la memoria -quizá- ahora en Afganistán, donde es claro que nacer en cuerpo de mujer, crecer como niña y vivir como mujeres ha sido la diferencia entre la vida y la muerte, la esclavitud sexual y la libertad.

Se olvida que en muchos lugares de México todavía las niñas son vendidas o intercambiadas por mercancía por sus familias tan pobres que las consideran sólo como “una boca que mantener”, porque no son lo suficientemente fuertes para ayudar en el campo y los matrimonios serviles son la salida de esa carga y la condena a ellas de una vida de violencia y explotación.

Crecer en cuerpo de mujer significa la carga, el estigma, los mitos de la sexualización de las niñas en sus propias familias, en una sociedad que las considera “mujeres” desde que menstrúan y listas para tener hijos, que en sus comunidades las ven como objetos sexuales y que sus propias madres las vean como rivales en un sistema social patriarcal de rivalidad entre mujeres, en comunidades donde las niñas son abusadas por los hermanos, los abuelos o los padres.

Vivir en cuerpo de niña no es optativo para ellas, ni es posible que elijan ser libres frente a la condena de ser vendidas, explotadas por esa condición que da pie a que 80 por ciento de las víctimas de trata sean niñas y mujeres, traficadas, y vivir el abuso sexual cuando migran atravesando el país.

Vivir como mujer se convierte en una opción gracias a la lucha feminista que nos permite tener la conciencia de elegir romper con los estereotipos, de distanciarnos y romper la caricatura de lo que el patriarcado dice que es ser “mujer”: de senos grandes, piernas, vulva, paridoras; es un nuevo camino que nos ha permitido elegir no usar maquillaje, no depilarnos, no ser ese cascarón inventado patriarcalmente para su goce y explotación, y elegimos vivir como mujeres libres y locas, mujeres diversas y que no, no responden a ese diseño patriarcal sino a lo que nos inventamos cada día.

Desde el feminismo hoy transgredimos la “feminidad” inventada por el patriarcado para su consumo, y que ahora responde decidiendo qué es y qué no es una mujer, imponiendo apelativos a la palabra mujer, pero nunca admitiendo nuestra libertad y derecho de nombrarnos a nosotras mismas.

Las mujeres nos vemos y nos vestimos con pantalones, sin maquillaje, sin ser “femeninas” y sí, así somos las mujeres, y también lo son las que eligen depilarse y maquillarse, porque nadie tendría que venir a decirnos nunca más lo que es “ser mujer” porque elegimos ser todas las mujeres , y mucho menos decirnos que ya, que ya fue suficiente de lucha y que ya no es necesario entender la “acción afirmativa” a favor de la ventaja sustantiva para las mujeres, para revertir la desigualdad de más de 200 años de Congresos llenos de hombres.