La queja de un candidato a diputado plurinominal, inscrito en la lista para la Ciudad de México, al ser desplazado de la lista. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

La queja de un candidato a diputado plurinominal, inscrito en la lista para la Ciudad de México, al ser desplazado de la lista y quedar conformado el Congreso de la Ciudad de México con 34 legisladoras y 32 legisladores, es razón para recordar y reflexionar el objetivo de la paridad como una acción afirmativa y una medida temporal en tanto se revierte la desigualdad histórica para las mujeres.

El aspirante a legislador, denunció discriminación y que se faltó a la paridad al existir una mujer más, y su argumento es que “la paridad no busca beneficiar a uno u otro género, sino a los dos por igual”. Esa es una interpretación equivocada respecto a lo que es el principio de la paridad.

En estos tiempos y en medio de los debates que recientemente se vivieron tanto por la violencia política inédita por su proporción y expresión –más no nueva– en contra de las mujeres, así como el debate por la participación de hombres que pretendían ser registrados como mujeres y/o personas sin ascendencia indígena que pretendieron ocupar un espacio con base en esa cuota, se vuelve necesaria la revisión de lo que la paridad implica también para las intersecciones.

Es impensable para quienes hoy día ocupan espacios de elección recordar cómo eran los procesos electorales, cómo eran las elecciones internas de los partidos y cómo se daban las designaciones de las candidaturas en los partidos cuando no existía la obligación a la paridad, si aún hoy es complejo para muchas mujeres, en esos tiempos era aún más difícil.

Basta recordar a finales de los 90 aquella Asamblea de un partido que estableció en sus estatutos la posibilidad de la fórmula 30/70, es decir, en la que se comprometía a dar ese porcentaje a las mujeres (30 por ciento) y ese era su mayor logro.

Ya antes había otro partido que había abierto esta participación sin anunciarlo tanto, pero era máximo ese 30 por ciento.

Pasaron más de 20 años para que llegáramos a la paridad de hecho con 50 por ciento mínimo para las mujeres, y lo digo así, mínimo, porque la intención de la paridad no es como afirma el aspirante a legislador dar 50 por ciento a las mujeres y 50 por ciento a los hombres para que estén en “igualdad de condiciones”.

La paridad es más un concepto dirigido a garantizar una participación igualitaria como mínimo, no menos al 50 por ciento pero dar un espacio más a las mujeres no es una afectación a la paridad, al contrario contribuye a aumentar las posibilidades de que haya más mujeres participando en la toma de decisiones.

La paridad responde a la acción afirmativa y medida temporal de que el Estado adopte medidas necesarias para garantizar la participación de las mujeres y empezar a revertir la desigualdad histórica.

¿Cuánto tiempo puede llevar “revertir la desigualdad histórica? Mucho más que una legislatura con 50 por ciento de mujeres y 50 por ciento de hombres, porque se ha comprobado que mientras en México empieza a aproximarse a garantizar la igualdad de participación numérica, eso no ha significado para nada que las mujeres que representan a sus sectores lleguen con la agenda de las mujeres bajo el brazo, es decir no hay una garantía absoluta de representación sustantiva.

Si han pasado más de 60 años entre que las mujeres tuvieron el derecho al voto en México y que han podido estar representadas en forma igualitaria-numérica en los congresos de los estados, durante esos 60 años (y sin contar los años anteriores), apenas tenemos tres años aproximándonos a la igualdad en la participación con los bemoles que ya señalamos, pero eso no garantiza para nada que de facto se haya “revertido la desigualdad histórica”.

Como tal, por ser “histórica”, se requiere de acciones de fondo y estructurales que garanticen la representación sustantiva, la inclusión de la agenda de los Derechos Humanos de las mujeres desde una perspectiva feminista.

Una leve diferencia numérica a favor de las mujeres no constituye para nada desigualdad y mucho menos discriminación, y por supuesto tampoco constituye inequidad de género porque la igualdad apenas está empezando a construirse en nuestro país en lo numérico y falta aún muchísimo más para que sea de facto.

Sobre el tema y las violencias políticas contra las mujeres aún falta mucho por decir, y es necesario hacerlo porque los niveles alcanzados en la pasada elección no dejan de sorprender y ser reales.