A finales de 2019 las noticias parecían lejanas, venían desde el otro lado del mundo y no pasaba por nuestro imaginario que pronto tendríamos que vivir una realidad distinta. FOTO: UNFPA/ORG/ILUSTRATIVA.

México, abril (SEMlac).- A finales de 2019 las noticias parecían lejanas, venían desde el otro lado del mundo y no pasaba por nuestro imaginario que pronto tendríamos que vivir una realidad distinta.

En Oaxaca, el confinamiento empezó el 20 de marzo de 2020. Hubo alarma, guardamos todas las medidas durante varios meses, cambió la forma de hacer las compras, nos alejamos de las personas mayores, de las amistades. El trabajo se volvió virtual.

Vi a mi nieto empezar emocionado las clases a través de una pantalla. Comprendí el trabajo enorme de su escuela y de sus maestras y maestros, que con gran destreza hacían que el cada día fuera posible para la infancia. Empezamos a usar cubrebocas, aprendimos a respirar detrás de una tela; nos obligamos a usar el gel antibacterial como si fuera crema y los desinfectantes como perfumes. Agua y jabón, gel, desinfectantes sustituyeron la compra de zapatos, el gasto de gasolina, las idas al cine…

Meses difíciles para todas las personas pues nuestros problemas “de conexión” con el mundo, el trabajo, la escuela empezaron a aflorar en esa primavera virtual y que pasaban por el número de computadoras que teníamos en casa y que no eran suficientes, por el tipo de servicio de internet que teníamos y ahí nos dimos cuenta que no siempre fue eficiente ni bueno, incluso descubrimos que la empresa con la que contratamos el servicio nos cobra por una cantidad determinada de megas pero que solo nos da menos de la mitad, aunque nos cobre todo, el pretexto es que no toda la ciudad tiene “fibra óptica”, sin duda un fraude cometido por una de las empresas del hombre más rico de México, Carlos Slim.

La covid-19, nombre de la enfermedad, nos trajo angustia sistemática porque se paralizó parte del mundo. Los sistemas de gobierno trabajaron al 20 por ciento de su capacidad. Las políticas públicas para las mujeres se tradujeron en “conferencias” virtuales y en pocos hechos reales, menos todavía de los que podían ofrecer. Así el trabajo de las organizaciones no gubernamentales empezó a desmantelar las mentiras y a mostrar la verdad, esa que sale a las calles a derribar barreras, muros y obstáculos materiales. La que pinta, rompe y quema.

Así y a pesar de las fallas tecnológicas, desde mayo y hasta noviembre de 2020, se conformó el Jurado Calificador del Premio Nacional de Periodismo 2019, el que tuve el honor de presidir. Un año especial porque por primera vez las deliberaciones fueron de forma virtual y que rompió los retos que eso implicó.

Leí trabajos excepcionales. Conocí el detrás del telón, como dicen en teatro, a quienes hacen posible este premio, a quienes lo crearon y a quienes operativamente lo llevan a una realidad; conocí a cada uno de los miembros del jurado calificador, mujeres y hombres que están en la práctica del periodismo y en la academia, para mí fue enriquecimiento personal, y con otras personas que hacen que cada día el país tenga las noticias en sus manos a pesar de todos los obstáculos que enfrentan, como la falta de seguridad, los sueldos precarios y los poderes facticos y no tan fácticos en su contra…y ahora el nuevo (pero ya conocido) coronavirus y su letalidad. Muchos compañeros entrañables se fueron este año: 89 en México de acuerdo con el dato publicado por El Economista el 18 de marzo pasado. La pandemia médica se unió a la pandemia de violencia que pone a México como un país letal para quienes ejercen el periodismo.

Para mí el año fue difícil. Creció la angustia porque no quité el dedo del renglón para alcanzar la justicia para Sol, mi hija asesinada en Juchitán de Zaragoza el 2 de junio de 2018 y no hubo más audiencias, paralizadas sí por la covid-19 y sí por las “fallas técnicas” de los agentes del Ministerio Público poco antes del anuncio de que todo se queda en un impasse, hasta que en diciembre de 2020 finalmente decidieron abrir las audiencias de manera virtual, es decir, ocho meses después y algo más pasa…

En lo personal la pandemia tocó las puertas de la familia en enero de 2021, cuando mi hermano mayor, Guillermo, murió el 28 de enero. Fue un gran golpe inesperado y rápido. Angustia y dolor profundo. Es un virus letal para muchas personas, pero no para todas. La muerte no tiene programa, llega.

Y como ya me había pasado antes, me di cuenta de cómo la muerte puede llegar en cualquier momento, deshacer la vida, dejar todo, muchas cosas inacabadas, los pendientes, los proyectos, los sueños.

La lección es que la vida es hoy, este instante. Y que se vale soñar con el mañana, aunque muchas veces no llegue ese día. Así, los derroteros de los días de un año difícil, un año que me dejó huérfana de padre, cuando Heriberto Jarquín se fue del mundo apenas 20 días después que mi hermano. Hace dos meses partió mi papá, cansado y no dudo que muy triste cuando vio frente a él a sus dos hijos que se fueron antes, cuando vio a su nieta, seguro ellos lo abrazaron al llegar a ese otro espacio.

Cerca siempre el grupo de amigas, las lejanas por la distancia y las cercanas porque viven aquí. Todas me abrazaron, me cobijaron el alma. Me dieron sombra y me siguen protegiendo en las tormentas. Esa es otra lección profunda de estos días: las amigas ahí estuvieron.

El año de la pandemia, que no será de un año sino de un poco más, también nos dejó ver lo que creemos está lejos de nuestras vidas y es el mundo que nos rodea, y que con sus silencios profundos nos demuestra que tenemos que cambiar ahora mismo. Sí, es importante decirlo, tenemos al mundo dentro de casa.

Este año de pandemia tiene muchas lecciones. Otras que he dejado pasar. Otras que no las vi. Aquí estamos, seguimos por hoy.