Desde hace unos años asistimos a un lento pero insistente intento de adoctrinamiento por una parte de la sociedad. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

Desde hace unos años asistimos a un lento pero insistente intento de adoctrinamiento por una parte de la sociedad, en general económicamente pudiente, que bajo el paraguas de la defensa de “sus” derechos, va minando los derechos de otras personas y, muy en concreto, los de las mujeres.

Shangay Lily los denominaba con acierto “Gaycapitalistas”. Son quienes confunden sus deseos con derechos que deben ser conquistados. Son quienes habitualmente se “olvidan” de los derechos de las mujeres lesbianas o quienes reivindican que su deseo de paternidad sea convertido en derecho, aunque ello implique la explotación reproductiva de mujeres vulnerables económicamente hablando.

Son también quienes han convertido la expresión “inclusión” en un coladero de despropósitos como el movimiento transgenerista, que no transexual. Tienen la capacidad de utilizar un neolenguaje que lo confunde todo bajo el falso pretexto de la reivindicación de sus derechos, cuando en realidad lo que pretenden es confundir derechos con deseos y convertir estos últimos en legislación, pese a que sea a costa del borrado de las mujeres.

En su neolenguaje no existe la palabra mujer. La están borrando porque para estas personas, el sexo no existe y, por tanto, las mujeres como tales y biológicamente hablando, no existimos. Y como consecuencia nuestros espacios seguros, han de ser compartidos con quienes se “sienten” mujeres, aunque hayan sido violadores o agresores machistas. Para esta gente, su deseo prima sobre nuestros derechos.

Y lo peor de todo es que sus tentáculos han llegado hasta el gobierno del Estado y llevan camino de conseguir que se legisle para que sus deseos se conviertan en leyes, aunque para ello se tengan que sacrificar derechos de más de la mitad de la población que somos las mujeres y las niñas. Es una nueva cara del rancio patriarcado de toda la vida ahora disfrazado de posmodernismo.

Hace años, en mis primeros años de estudio de feminismos e igualdad, tuve maravillosas maestras, pero entre ellas quiero mencionar a una que precisamente por su procedencia y militancia progresista y comprometida socialmente, dijo una frase que se quedó en mi corazón y en mi mente. Ella es Laura Nuño y nos dijo aquella, al menos para mí, frase mágica:

“El machismo no entiende de derechas o de izquierdas. El machismo solo entiende de privilegios de los hombres sobre las mujeres. En la izquierda, por tanto, existe el mismo machismo que en la derecha”.

Laura Nuño
Me costó entender que muchos de los problemas que seguía teniendo dentro del sindicalismo de clase, venían precisamente por ser mujer, aunque estuviera dentro de una organización de izquierdas.

Cuento esta anécdota personal para ilustrar lo que está ocurriendo ahora mismo con Unidas Podemos. Dos organizaciones, Izquierda Unida y Podemos que son tildadas por la ultraderecha como radicales de izquierdas y muchas cosas más, siempre en tono despectivo, pero que en realidad y con respecto a las mujeres, ejercen el machismo de siempre, pero disfrazado con la tendencia de la neolengua. Su compromiso con los derechos de las mujeres brilla por su ausencia.

Y he de confesar que confié en Irene Montero, que creí que haría un buen papel, pero me faltó, una vez más, el análisis del machismo en las izquierdas.

Desde luego estoy aprendiendo la lección y desilusionada compruebo como el neolenguaje lo pervierte y contamina todo. Tanto miedo de alguna gente a que llegara Unidas Podemos al gobierno, y resulta que parte de la gente que les dimos apoyo estamos pagando ya las consecuencias de ese apoyo con la más que posible negación de nuestros derechos como mujeres e, incluso nuestro borrado como sujetos políticos específicos.

Pero que nadie se llame a engaño. De la desilusión he aprendido con los años que se convierte en una potente aliada para perder miedos y alzar la voz contra aquello que nos oprime a más de la mitad de la población.

De esa desilusión salen las fuerzas para poner nombres a las cosas que otra gente quiere maquillar con su perverso neolenguaje. Desde esa desilusión por la gestión del Ministerio de Igualdad, también he aprendido a distinguir otro tipo de violencia que se ejerce contra quienes no pensamos como esa gente y nos llaman tránsfobas a la primera de cambio. No pasa nada. A estas alturas de mi vida no tengo que dar explicaciones a nadie de quien soy y cómo pienso. Y, si las tuviera que dar, las daría a mis hermanas feministas.

Confundir interesadamente la opresión de las transexuales con la consecución de que deseos se conviertan en derechos y con el borrado de las mujeres como sujetos políticos específicos, es una traición en toda regla al feminismo radical (el que va a la raíz de la opresión de las mujeres) y a la tradición de lucha por los derechos de las mujeres que tantas vidas de mujeres luchadoras arrebató. Y por extensión, una traición a todas las mujeres y niñas.

Nefastos tiempos se acercan para los derechos ya conseguidos de las mujeres. Y vendrán de la mano de esta izquierda posmoderna.

Pero lo que no van a poder callar, a pesar de los insultos, son las voces feministas que seguiremos gritando alto y claro que somos la mitad de la población y que nuestros derechos no se tocan. Y gritaremos contra Montero y su equipo como en su día lo hicimos contra Gallardón. Y el resultado es bien conocido. Que la ministra de Igualdad tome buena nota. Porque, como dijo Laura, “el machismo no entiende ni de izquierdas ni de derechas”. Y lo que ha dejado claro esta situación, es que las mujeres del posmodernismo que encarna la actual ministra de Igualdad y su equipo, de conocimientos de feminismo radical, andan más bien escasas o, al menos, eso es lo que están demostrando.