En 2019 el gobierno húngaro se apropió los fondos de la Academia Nacional de Ciencias y sus centros de investigación. Aunque ilegal, la medida fue aprobada por el congreso

En 2019 el gobierno húngaro se apropió los fondos de la Academia Nacional de Ciencias y sus centros de investigación. Aunque ilegal, la medida fue aprobada por el congreso. Antes, el mismo gobierno forzó el cierre de la Universidad Centro Europea, fundada por Soros, y descalificó a las instituciones que recibían fondos del extranjero. Este afán de control incluye también a la Universidad de Teatro y Artes Cinematográficas, que recién pasó a manos de leales seguidores del primer ministro Orban (como documenta Human Rights Watch).

Junto con la libertad de prensa, la autonomía y la libertad académicas han sido blanco primordial de un gobierno que rechaza la crítica, el pluralismo y el diálogo. Como otros regímenes autoritarios, éste ve la academia, las artes y los medios independientes como “enemigos”, no como interlocutores interesados en contribuir a los debates públicos, solucionar problemas nacionales o mejorar la calidad de vida de la sociedad y preservar el planeta.

En México, esta semana o la próxima, el Senado decidirá si secunda el ataque de la diputación mayoritaria contra la autonomía – y viabilidad- de la investigación científica, la creación artística, la defensa de los Derechos Humanos y el apoyo a poblaciones azotadas por fenómenos naturales, o si reivindica el sentido y utilidad de los fideicomisos destinados a estas actividades y toma en cuenta a quienes se han manifestado por escrito y en persona contra su extinción. Tendrá que optar entre la engañosa narrativa que justifica arrasar con 109 fideicomisos “fuera de control” y la mesura de expertos y ONG que recomiendan evaluarlos y regularlos para garantizar su transparencia.

Si el objetivo superior es destinar fondos millonarios a la salud, podrían suspender – o cancelar- la construcción del tren que depredará territorios de pueblos originarios y zonas de alto valor ambiental, en vez de aumentar su presupuesto en 1300 por ciento para 2021 (PPEF).

Como escribió en Twitter este domingo Sabina Berman, no hay necesidad de volar el edificio para sacar a algunos corruptos. Para eso existen leyes y regulaciones. Tampoco hay necesidad de denostar a la academia y despojar a sus integrantes de ética y sentido de responsabilidad social. Acusar a sus integrantes en masa de egoísmo, pereza y afán de riqueza no sólo denota un anti-intelectualismo que ya permea cierta opinión pública, sugiere sobre todo un afán de acallar las voces críticas. Un afán de contrarrestar los argumentos de quienes han defendido la autonomía y viabilidad económica de centros de investigación que, entre otras actividades, estudian problemas que afectan a toda la sociedad, como el COVID, la violencia y la impunidad, el racismo o el cambio climático; evalúan políticas públicas y forman a futuras profesionistas.

No hay necesidad de derruir el edificio, de socavar sus cimientos. A menos que, precisamente, se busque desaparecerlo o debilitarlo.

Si la desaparición del FONDEN y otros implica abandonar a poblaciones y personas en riesgo, la extinción de fideicomisos de centros de investigación debilita la autonomía de la investigación científica y humanística, empobrece la educación en general y la superior en particular, y golpea a grupos ya injustamente estigmatizados como élite “parasitaria” que, según voces oficiales, no contribuye al bienestar del pueblo, no hace ciencia “pertinente” o, peor, vive a costa de los sufridos contribuyentes.

¿Se pretende acaso que inventen otros? ¿Qué se entiende entonces por educación de calidad? ¿Cómo se garantizará una vida digna a toda la población?

El doble ataque a los recursos financieros y a la autoridad crítica de instituciones como la UNAM, el CINVESTAV o el CIDE, coincide con la denostación a medios y periodistas independientes y con la reducción de presupuesto a programas para la igualdad de género o la protección del medio ambiente.

¿Será que, como en Hungría o Turquía, se busca – con medios más “sutiles”- controlar y subordinar a esas molestas instituciones donde, pese a los lineamientos burocráticos de CONACYT, hay quienes intentan y logran todavía pensar por cuenta propia?