Lecciones aprendidas

01 de Octubre de 2020
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Nos equivocamos, creímos que el cambio de gobierno sería una buena opción, que el candidato era demócrata, que gobernaría para la población y que mostraría lo valioso que era dejar el viejo régimen.

El error no está en buscar el cambio democrático, sino en el personaje que se eligió.

El 1 de julio de 2018 la genta salió a las calles, hizo caravanas con autos de todo tipo desde los más modestos hasta camionetas de lujo, transitaron con banderas mexicanas por la avenida Reforma de la Ciudad de México.

La avenida Juárez se volvió una verbena, la euforia del triunfo se respiraba. Habíamos ganado el derecho a elegir a nuestro gobernante a través del conteo efectivo de nuestros votos.

La esperanza del cambio había llegado
Las mujeres que llegaron a esperar al presidente electo, para que diera su mensaje en uno de los hoteles más lujosos de la zona, el Hilton, estaban felices, aseguraban que él sería sensible a la problemática femenina, que con todas las mujeres en el gabinete se avanzaría, se fortalecerían las instituciones que velan por la igualdad entre mujeres y hombres. Parecía que las puertas del paraíso se abrían para todas.

Pero llegó la realidad. No sólo no se fortalecieron las instituciones garantes de los Derechos Humanos de las mujeres, sino que se debilitaron. La violencia contra mujeres y niñas sigue creciendo, sin que se haya desarrollado una política efectiva para eliminarla, aunque se diga que todos los días se trabaja para ello.

Dos meses después de haber tomado formalmente la presidencia llegó el primer golpe a las organizaciones, la circular No. 1 cerró las fuentes de financiamiento para hacer el trabajo que el Estado había dejado de hacer.

El dinero se entrega directamente a las personas, pero no suple la ausencia de una política que transforme las condiciones estructurales de la desigualdad entre mujeres y hombres.

En dos años, los movimientos feministas han recibido todo tipo de descalificaciones desde el púlpito presidencial. Ahora son señaladas de infiltradas y fascistoides.

Y se sigue sin políticas que fortalezcan los derechos de las mujeres, sin posibilidad de un diálogo político. Lo mínimo que se esperaba era eso y tampoco llegó.

Qué tenemos hoy, la rabia, la frustración y la indignación de ser tratadas como si no fuéramos ciudadanas, sino como menores de edad y por momentos como seres no pensantes.

Tenemos sobre nosotras el abuso del poder patriarcal que desdeña nuestros derechos, incluido el de la protesta.

Las feministas no somos dóciles ni sumisas (algunas se acomodan a la sombra del patriarca para ganar pequeños espacios, solo para ellas).

Las que queremos la transformación para todas rechazamos la instrumentalización de la agenda, la expropiación del discurso para simular.

El feminismo es en sí mismo democrático y transformador, revolucionario y vanguardista, por eso, desde el conservadurismo machista, se le ve como enemigo, porque sabe que cuando gane, la igualdad acabará con los privilegios que hasta hoy los ha mantenido en el poder.

Nos queda la lección de seguir luchando por la democracia porque solo en ella podemos ganar las libertades. Nos queda que las adversidades nos aglutinan y fortalecen para seguir adelante.

La otra lección que nos queda es no volver a confiar en alguien que nunca nos ha visto como iguales.

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