Infinidad de roles, profesiones, atributos y demás características, que configuran la heterogeneidad de las mujeres. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

Abuelas, madres, hijas, estudiantes, amas de casa, trabajadoras del hogar, secretarias, abogadas comerciantes, empresarias, académicas, ingenieras, operadoras, estilistas, religiosas, altas, bajas, delgadas, con sobrepeso, ricas, pobres, morenas, güeras, trigueñas, indígenas, jóvenes, adultas mayores… infinidad de roles, profesiones, atributos y demás características, que configuran la heterogeneidad de las mujeres, experimentando paradójicamente una problemática tan diversa, pero al mismo tiempo tan idéntica.

Sin bien el término mujer actualmente se emplea para referirse a una construcción cultural que sobrepasa los constructos sociales vinculados a los roles de género, integrando una diversidad de expresiones relativas a la identidad femenina, tradicionalmente se ha utilizado para definir al ser humano del sexo femenino determinado por la biología, cuya configuración cromosómica difiere de la del hombre, por lo que partiendo de tales diferencias, hasta hace algunas décadas se reproducían esquemas diferenciados, donde las mujeres tradicionalmente se dedicaban al hogar, a la crianza de los hijos, por lo que debían quedarse en casa, mientras que los hombres eran quienes debían trabajar para proveer el sustento familiar, justificando con ello una posición de superioridad y poder frente a las mujeres.

Tales esquemas de desigualdad entre mujeres y hombres prevalecieron hasta los siglos pasados, limitando el desarrollo de éstas últimas, restringiendo entre otras cosas su acceso a la educación, generando incluso proyectos de ley para prohibir a las mujeres aprender a leer, ya que la inteligencia femenina se contraponía a su esencia, y su mejor atributo era el silencio. Finalmente, los primeros accesos a las aulas universitarias fueron para aprender labores de servicio y cuidado, como maestras y enfermeras.

Con la incipiente emancipación femenina, de principios del siglo XX, surgió la posibilidad de vivir y salir solas (sin la compañía de un hombre), de asumir la responsabilidad familiar y definir su aspecto físico, pero a partir de los eventos bélicos mundiales, fue necesario que las mujeres se integraran en los procesos de producción masiva y se les permitió el acceso a programas académicos tradicionalmente ocupados por hombres, como ingeniería y medicina.

Sin embargo, a mediados del mismo siglo, la sociedad exigió que las mujeres tuvieran nuevos conocimientos para ser más atractivas para los hombres, de ahí que escuelas como Oxford y Cambridge impartieran materias como tocar el piano, ya que se afirmaba que:

¨En el bienestar del hogar, del marido y de los hijos, residía la felicidad de las mujeres¨, reforzando estereotipos desde la infancia a través de los cuentos de hadas y los propios juguetes, que contradictoriamente, por un lado perpetuaban la sumisión de la mujer y por otro se les presentaba como objeto de consumo sexuado.

Con el paso del tiempo y las ideas vinculadas a la denominada ¨liberación femenina¨, combinadas con las distintas aportaciones del feminismo, llegamos a los nuevos estereotipos de mujeres “empoderadas y exitosas” donde debemos responder a un mayor número de exigencias sociales como estudiar, trabajar, ser defensoras, tener una vida social activa, tener hijos y educarlos, tener un matrimonio feliz, ser atractivas y exitosas en todos los ámbitos de la vida, llevar una vida saludable, participar en la vida política, luchar por el medio ambiente, cuidar mascotas, ser jefas de familia, ser independientes económica y emocionalmente, ser sensibles y cultas, viajar por el mundo, por señalar algunas.

Esta realidad es denominada por algunos autores como “Síndrome de la Mujer Maravilla”, término coloquial usado para designar a aquellas que desempeñan todas esas actividades, pero que con frecuencia el precio que pagan estas “super mujeres”, implica experimentar sentimientos de culpa, ansiedad, depresión, falta de aceptación, entre otras, por no cumplir con todas las expectativas que la sociedad les plantea.

Lamentablemente aún en nuestros días, en muchos países las mujeres son víctimas de una gran discriminación, ya que se les priva de sus derechos sexuales, reproductivos, económicos y de participación, se les prohíbe el acceso a la propiedad y a la vivienda, los padres se niegan a enviar a sus hijas a la escuela porque eso es solo para varones, ganando menos ante igualdad de trabajo y responsabilidades, y que de acuerdo a la ONU, casi 70 por ciento vive en condiciones de pobreza y analfabetismo, sin contar que de los 195 países del mundo, 128 tienen leyes que tratan de manera distinta a mujeres y hombres.

Paradójicamente desde la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, se estableció el reconocimiento de la dignidad intrínseca de las personas, su libertad e igualdad en derechos, sin distinción alguna de raza, sexo, idioma, o de cualquier otra índole; sin embargo, al desconocer las mujeres que son sujetas de derechos, consecuentemente ignoran los mecanismos a través de los cuales exigir su materialización, cobrando por ello mayor relevancia el papel de la educación de las mujeres en todos los niveles y ámbitos, contemplado en el Artículo 26 de dicha declaración, al establecer que “Todas la personas tienen derecho a la educación”.

Así, la educación para las mujeres, constituye una herramienta no solo de discernimiento frente al condicionamiento social, que les permita decidir libremente sobre sus dinámicas, estilo y destino de vida, sino que permite aprovechar sus capacidades, cuidar de sí mismas y cuidar de otros, se convierten en agentes de cambio; constituyen una fuerza motriz contra la pobreza y el analfabetismo en todo el mundo.

Es necesario que sean capaces de exigir el cumplimiento a cabalidad de sus derechos sin que dependan de otras personas para hacerse escuchar y ser respetadas.

Al materializarse el derecho humano a la educación de las mujeres, se facilita el acceso a otros derechos, tales como la salud, la participación política, la igualdad de oportunidades, la economía, la cultura, la ciudadanía, la distribución equitativa de beneficios sociales; se propicia su autonomía económica dando pauta a otros tipos de independencia y empoderamiento para la toma de decisiones, tales como el libre ejercicio de la ciudadanía, la participación política y el pleno acceso al goce de los Derechos Humanos, a partir de una preparación adecuada para enfrentarse al mundo laboral, constituyendo por tanto un elemento clave de las sociedades empoderadas y de las economías fuertes, ya que lograr estabilidad y paz social, desarrollo económico y generar empleos, requiere de la inclusión de las mujeres en todos los ámbitos y sectores.