La "difícil decisión" de la mexicana Rosa Sabido de buscar santuario en una pequeña iglesia del sur de Colorado para evitar ser deportada. FOTO: EFE/Alex Segura/Archivo.

Denver (CO), 4 sep (EFE News).- La “difícil decisión” de la mexicana Rosa Sabido de buscar santuario en una pequeña iglesia del sur de Colorado para evitar ser deportada la ha mantenido encerrada dentro de ese edificio desde hace tres años, con un futuro aún más incierto que en 2017 y con el agravante de la pandemia.

La situación generada por la propagación del coronavirus por el país y las consiguientes restricciones de desplazamiento e interacción social han hecho aún más duro si cabe el encierro para la mexicana.

A pesar de que agradece de corazón el respaldo que ella recibe de las comunidades cercanas de la Iglesia Metodista Unida de Mancos, un pequeño pueblo a 580 kilómetros al suroeste de Denver, donde vive desde hace más de 1.100 días, reconoce que la pandemia la ha aislado aun más si cabe, al impedirle participar de encuentros en persona.

“Tengo que cuidarme y dejar de pelear con el presente y de resentir el pasado. Tengo que aceptar mi nueva vida y sus posibilidades. Si no lo hago, todo esto habrá sido para nada”, dijo a Efe Sabido.

Queda ya lejos el primer contacto de Sabido con la iglesia, el 2 de junio de 2017, cuando su pesadilla con Inmigración ya había comenzado.

TRES AÑOS DE LUCHA
El 12 de julio, se anunció que la indocumentada entraba a santuario, aunque ella volvía cada noche a su casa porque no había instalaciones sanitarias adecuadas en la iglesia, e incluso mantuvo su empleo durante varias semanas.

Una vez que se transformó la sala de niños de la iglesia en dormitorio con baño propio, a finales de agosto de 2017 Sabido se mudó a la iglesia de tiempo completo.

“Todos tomamos decisiones difíciles. Rosa decidió dejar de lado algunas de sus libertades para crear un mundo mejor y para el bien común, y para llamar la atención sobre la necesidad de una reforma inmigratoria”, dijo a Efe el pastor Craig Paschal,

“Hacemos sacrificios por el bienestar de la humanidad y de nuestras comunidades”, agregó el religioso, puntualizando que “todos están sorprendidos” de que Sabido, de 56 años, todavía permanezca en santuario.

Sabido, nacida en la Ciudad de México, reside en Estados Unidos desde 1987, cuando ingresó con una visa especial para visitar a su madre (Blanca).

En 1998, al detectarse que estaba trabajando sin la autorización necesaria, se le denegó el ingreso a Estados Unidos en el aeropuerto de Phoenix, en Arizona. Un mes después, entró al país por Nogales, también en Arizona.

En 2001 comenzó a gestionar su permanencia legal en el país, debido a que su padre es ciudadano (naturalizado) de este país.

El permiso para que Sabido permaneciese en Estados Unidos se renovó durante años siempre por un año más.

Sin embargo, en mayo de 2017, en el marco de los cambios en los procedimientos inmigratorios impulsados por el presidente Donald Trump, las autoridades federales de inmigración cancelaron la renovación y ordenaron la deportación de la mexicana.

A principios de junio de 2017, Sabido llegó “desesperada” a la Iglesia Metodista Unida de Mancos, que había avisado a la comunidad pocos meses antes que esa congregación serviría de santuario a inmigrantes indocumentados.

Durante los tres meses siguientes, cuando quedó claro que el tema “no se resolvería en pocas semanas”, Sabido se estableció definitivamente en la iglesia.

Desde que Sabido llegó a Mancos, su madre falleció de cáncer en México. Además, Sabido perdió su negocio (camiones de comidas) y su empleo de secretaria en una iglesia católica. Su casa móvil quedó prácticamente abandonada y cinco de sus perros murieron.

En la actualidad, Sabido continúa compilando información relacionada con su caso. Cuando no se enfoca en temas de inmigración, se dedica a escribir poesía o participa de encuentros virtuales con otras mujeres inmigrantes.

Para ejercitarse, camina por el césped en el frente de la iglesia, pero teniendo cuidado de no pisar la vereda, porque podría considerarse que, si lo hace, abandonó el santuario. Por eso, prefiere ejercitarse caminando dentro de la iglesia cuando no hay ni actividades ni personas.

Y la mexicana tiene ahora un futuro aún más incierto que hace tres años y es consciente de que su hogar temporal en el pequeño templo del su de Colorado se irá haciendo cada vez un poco más permanente cada día que pasa.