El frío y la pandemia acorralan a los sin techo en Buenos Aires

09 de Julio de 2020
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Buenos Aires, 9 jul (EFE).- Las calles de Buenos Aires son hogar de multitud de personas, una cifra que oscila entre los 1.600 y los 7.200 según las fuentes, que ahora ven su problemática cotidiana agravada por la llegada del frío invierno y la pandemia, un escollo que también deben superar las instituciones en su intento de socorro.

El 1 de junio, el Gobierno de la ciudad inició el Operativo Frío, que se prolongará hasta el 31 de agosto, en el que más de 1.220 personas reparten comida, elementos de higiene y mantas a la gente sin hogar, a quienes informan y ofrecen la posibilidad de acudir a uno de los 43 Centros de Inclusión, conocidos como paradores, que tiene la capital, con un total de 2.987 camas disponibles.

A estos paradores, de los cuales ocho se inauguraron este año, se puede acudir a pasar la noche, "higienizarse" o comer, y en ellos se cumplen las medidas de prevención para frenar la pandemia del coronavirus, entre las que se encuentra un protocolo por el cual cada persona que quiera ingresar debe permanecer primero 14 días en aislamiento preventivo.

CUIDAR Y CUMPLIR PROTOCOLOS
"Cuando la persona ingresa se le hace un aislamiento preventivo de 14 días, se lo aísla en un lugar específico que tiene todas las condiciones, como en el resto de la población, pero que se le hace un seguimiento tomándole la fiebre, que no tenga ningún tipo de síntomas", afirmó a Efe, Sergio Roldán, supervisor del programa Buenos Aires Presente (BAP).

Si la persona no desarrolla síntomas se puede integrar en los paradores, en caso contrario se la lleva a uno de los hoteles que la ciudad habilitó para el aislamiento de potenciales contagiados, donde se le realiza el hisopado.

Muchas de las personas en situación de calle se niegan a acudir a los paradores, alegando que en estos hay inseguridad o demasiadas normas, un estigma con el que debe lidiar el equipo de psicólogos que acompaña las recorridas a pie de calle, en las que se entrega comida y se realiza una "tarea de contención".

"Hay muchos que no quieren ir. Lo que se intenta hacer es una primera intervención, dónde poder hablar de cual es la problemática, de qué forma se puede solucionar, en primera instancia explicarles cómo funcionan estos centros de inclusión, cuáles son las normas, que en pandemia son otras", destacó a Efe Gisela Sur, psicóloga del BAP, quien detalló que con la bajada de las temperaturas "estadísticamente la gente accede más a ir".

FOTO: EFE/ Juan Ignacio Roncoroni.
FRÍO, HAMBRE Y OTRAS NECESIDADES
En una fría noche de julio, con una temperatura en la capital que oscila entre los 8 y los 10 grados centígrados, Efe acompaña a uno de los operativos del BAP, con 54 unidades móviles que se reparten por las quince comunas (barrios) de la ciudad. Una de ellas transita por el céntrico barrio de Recoleta y en su primera parada acuden a Romina González, a quien toman la temperatura, entregan comida y preguntan por sus necesidades.

"Yo tengo que estar llamándolos cada rato para que ellos aparezcan y vengan y me traigan una frazada (manta) más, alguna viandita o algo. Hay veces que vienen, hay veces que no, no sé cual es el sistema de ellos. Yo agradezco mucho que vienen a traerme ropa, calzado, acolchado", señaló a Efe González.

Romina es una chica trans de 26 años, es portadora de VIH y vive en la calle desde que dejó su casa hace once años, en los que tuvo que ejercer la prostitución durante más de seis para pagar el hotel en el que vivía hasta que cerró por la llegada de la pandemia, lo que la obligó a volver a la calle.

"Yo he sufrido muchos golpes, muchos secuestros, muchas lastimaduras, vengo sufriendo bastante tiempo (...). A mí muchas veces me han querido prender fuego, todo discriminación por ser una travesti que vive en la calle", agregó, y aseguró que lo que solicita al Gobierno, más allá de ropa y comida, es que la ayuden a tramitar su Documento Nacional de Identidad (DNI, ahora no tiene documento) y que la asesoren para acceder a una ayuda social con la que pueda pagar un alojamiento.

VERSIONES ENCONTRADAS
Algunas de las personas en situación la calle, con las que Efe pudo hablar, se muestran críticas con la ayuda del Gobierno, como sostiene Walter Mario Olivera, de 27 años, que desde hace seis vive en los soportales del Paseo Colón, a metros de la Casa Rosada, junto a su pareja, embarazada, y otra familia que también está esperando un hijo.

"Demasiado terrible, mucho frío, nadie nos ayuda, ayuda del Gobierno no tenemos, me la laburo cartoneando (buscando cartón en la basura para venderlo), tengo mi chica embarazada y no tengo cómo rebuscármela, ¿Qué te puedo contar? La verdad que la calle está cruda", señaló.

A Olivera le preocupa la higiene, ya que constantemente se mete en la basura para buscar cartón y comida, "entre la mugre", aunque afirma que tienen "un Dios aparte" que, por ahora, los protege de las infecciones y del coronavirus.

"La comida la junto del tacho de basura, yo como del tacho de la basura porque nadie me vine a decir 'tomá, esto es para vos'. Es retriste porque a veces la comida está verde y tenés que comer igual, porque el hambre te suena la panza y no puedes dormir", subrayó, y agregó que desde el BAP en alguna ocasión le dieron "un fideo todo pegoteado y una botella de agua", y que prefiere "comer de la basura" porque "es más rico".

Acudir a los paradores no es una opción para él, quien estuvo un tiempo un uno y decidió volver a la calle porque en estos hay demasiadas reglas, "corte cárcel", y además "la comida era un asco, era comida para perro".

Un argumento similar esgrime Juan Sebastián Aguirre, quien vive al costado de la Plaza de Mayo junto a otras siete personas. Aguirre tiene 48 años y vive en la calle desde hace un año y dos meses, cuando perdió su trabajo de pintor y no pudo pagar el alquiler.

"Los paradores son un quilombo (caos), te roban las cosas, lo poco que tenés te lo roban, por eso no quiero ir a un parador, prefiero estar acá que voy a estar mejor", aseveró.



UNA GRAN FAMILIA
Maria José Mareco es la coordinadora del parador Roca I, que desde el pasado 28 de marzo tiene llenas las 150 camas que ofrece, y afirma que en el lugar no hay problemas de seguridad y que las normas de convivencia son las justas para mantener el ambiente de "una gran familia".

"Hay normas de convivencia, pero no es una cárcel. (...) Cuando ingresan se les dice las normas del parador: no se pelea, no se discute, si hay una diferencia tratamos de hablarlo. Acá no hay robos ni peleas, tenemos seguridad, es como una gran familia", detalló.

Antes de la cuarentena, los residentes podían salir en la mañana, "porque hay muchos que tienen una charla o van a cartonear" y regresar a la noche, pero debido al aislamiento obligatorio las salidas están restringidas, y desde que entraron hace más de tres meses permanecen en las instalaciones, donde cuentan con "patio para jugar a la pelota", juegos interactivos y salas de televisión.

Esto hace que las posibilidades de que entre el coronavirus al parador sean mínimas, ya que las únicas que salen son Mareco y las otras dos trabajadoras que integran el plantel, quienes cumplen un protocolo cada vez que tienen contacto con el exterior.

"La gente que está acá adentro hace meses que no sale, los únicos que salimos somos nosotros y tomamos las medidas de precaución, al ingreso tenemos una cabina sanitarizante por la cual pasamos", concluyó.