Apuntes hacia el cambio IV y última parte
No ha cesado aún en México la marcha ascendente de la pandemia con su acumulación de contagios, muerte y dolor. FOTO: CIMAC NOTICIAS.

No ha cesado aún en México la marcha ascendente de la pandemia con su acumulación de contagios, muerte y dolor cuando hay quienes llaman a salir y adaptarnos a una “nueva normalidad” que en otras partes del mundo apenas se va ensayando.

Si por un lado, es cierto que, por la ausencia de un salario básico para la mayoría, la necesidad económica ha obligado a muchas personas a seguir trabajando y otras sobreviven con terribles carencias, las exigencias del ritmo económico (global sobre todo) no deben privilegiarse a costa de la salud y la vida de la población.

Por otro lado, antes de adoptar esa “nueva normalidad”, global, habría que considerar a qué se nos pide adaptarnos y si esos cambios son todos necesarios para nuestra sobrevivencia, si favorecen una mejor convivencia y sostenibilidad o más bien contribuyen a un perfeccionamiento de la administración de las poblaciones y del control social.

Reflexionar con calma en estos momentos es difícil pero indispensable si no queremos vernos arrastrados por las “nuevas normas” a un mundo más regimentado, donde se normalicen viejas formas de explotación con nuevos nombres o se naturalice la acumulación de tareas de labor, trabajo y cuidado para las mujeres, o se dé por hecho que “todos y todas” debemos aceptar condiciones laborales más precarias en la engañosa “comodidad del hogar” o en espacios laborales riesgosos que tampoco garanticen estabilidad.

A corto plazo, en México habrá que resistir a las presiones de la crisis económica y la idealización del empobrecimiento de la clase media (y de la mayoría).

A futuro, aquí y en otros países, habrá que hacer visible la desigualdad radical que implicaría perpetuar la separación entre quienes tienen acceso a las tecnologías y pueden producir a través de ellas, y quienes se ganan la vida, bajo condiciones también precarias, en actividades que requieren de mano de obra y presencia humana, y, como ha demostrado la cuarentena, son indispensables.

Promover como opción ideal el teletrabajo que anula la separación entre espacio privado y espacio público, sin reconocer el aislamiento y la privatización de los costos económicos y sociales que supone, implicaría empobrecer la experiencia laboral individual y colectiva y contribuir al debilitamiento de la convivencia entre clases sociales por lo menos en los espacios públicos.

La idealización de la educación a distancia también es engañosa pues aunque permite “ampliar la cobertura”, sólo alcanza a quienes, una vez más, tienen acceso a las tecnologías (pueden pagarlas y reciben las señales necesarias) y espacio disponible.

Además, rompe la convivencia entre personas con experiencias distintas, el roce necesario entre quienes aprenden juntas, y modifica los intercambios intelectuales-emocionales.

Aceptar la imposición de sistemas de vigilancia en aras de la “salud pública”, por otra parte, es ceder a otra tentación del orden pospandemia que requiere de un debate público atento a la defensa de los Derechos Humanos y de la inclusión de todas las personas.

Si ya antes de la emergencia sanitaria algunos gobiernos y compañías promovían el uso de tecnologías como el reconocimiento facial, el recurso a medios tecnológicos para controlar el estado de salud o los movimientos de la población en China y otros países le ha dado nuevo ímpetu a esta tendencia cuyos beneficios inmediatos para la salud o la seguridad encubren los riesgos de someternos a un régimen de vigilancia aún más preciso que el ya existente.

Sin límites temporales claros y sin una presencia ciudadana que garantice que los datos compilados se borren y no se usen para perseguir o estigmatizar, favoreceríamos nuestro encierro en un totalitarismo global.

Antes de salir a esa “nueva normalidad”, aquí y en el mundo, rescatemos nuestras experiencias y vivencias personales y sociales como punto crítico ante ese “nuevo orden”. El distanciamiento físico- temporal- en aras de la salud- no debe contraponerse ni a las libertades, ni a la igualdad ni a la solidaridad.