No es secreto que los Derechos Humanos de las mujeres no son prioridad para el gobierno de la cuarta transformación, que incluso cree que la lucha feminista es conservadora. En congruencia con su pensamiento, en su primer informe de Gobierno ignoró a 61 millones de mexicanas. De lo que no se ha percatado es de la imposibilidad de transformar a México sin eliminar la desigualdad de la mitad del país.

En plena era de la paridad, con el mayor número de mujeres en el gabinete y en la vida política mexicana, el énfasis presidencial, fue seguir alimentando la tranquilidad de los sectores empresariales nacionales e internacionales, por ello es que el día de ayer le dedicó casi la mitad de su discurso para hablar de los resultados económicos de sus acciones en estos primeros nueve meses.

Pese, a que reconoció que México vive una grave crisis de Derechos Humanos, heredada de los gobiernos panistas y priistas, dejó sin perfilar la política que su gobierno seguirá en este sentido.

Más allá de mencionar que no se permitirá la violación de los Derechos Humanos, de la importancia de la búsqueda de las personas desaparecidas en nuestro país y el número de personas defensoras y periodistas protegidas; la agenda de Derechos Humanos y especialmente de los derechos de las mujeres es inexistente, por desgracia, en este gobierno.

Casos concretos como Ayotzinapa y Pasta de Conchos, fueron los únicos mencionados. Nada de las nueve mujeres asesinadas cada día en México por el simple hecho de ser mujeres, ni una palabra de cómo erradicará su gobierno la violencia contra 61 millones de mexicanas, tampoco aclaró la situación de los Refugios para las mujeres, sus hijas e hijos y si el próximo año contarán con recursos o no.

Tampoco clarificó el presidente López Obrador, si el recurso que está dando a las familias en lugar de las estancias infantiles, realmente está siendo utilizado para que las niñas y niños sean cuidados con un programa de desarrollo infantil.

Si no se incluye realmente a la mitad de la población, que somos las mujeres, no hay transformación posible, ni desarrollo de país.

La desigualdad que enfrentan las mujeres es un lastre para cualquier política y proyecto de nación. En México, una tercera parte de los hogares están encabezados por mujeres, quienes enfrentan condiciones graves de pobreza, 32 de cada 100 mujeres vive con un ingreso inferior a la línea de pobreza, ha señalado CONEVAL.

Por ello, habría que cambiar la frase a PRIMERO LAS POBRES. Pues, la pobreza aleja a las mujeres jóvenes de la posibilidad de seguir estudiando, la falta de oportunidades para el desarrollo personal de las adolescentes y el incremento de embarazos a temprana edad, les impide concluir sus estudios y por lo tanto los empleos a los que pueden aspirar son precarios y deficientes.

Más allá de la Guardia Nacional que es en sí mismo un contrasentido, si no se quiere usar la violencia para acabar con la violencia. Sí realmente se quiere pacificar a este país, hay que empezar a desterrar la normalización de la violencia más antigua, hablo de la que se ejerce para someter a las mujeres y las niñas.

Construir un país de paz, donde la ciudadanía sea feliz, feliz, implica poner en el centro de la política a las personas, reconociendo su diversidad y las condiciones de desigualdad que enfrentan para poder transformarla.

Al margen de la ley NADA, por encima de la ley NADIE, reiteró ayer el presidente, si esta es su convicción, la igualdad para mujeres y niñas y la protección de sus Derechos Humanos que marca la Constitución, así como diversas leyes secundarias y tratados internacionales firmados por México tienen que contar ya con una ruta definida para hacerlas realidad.

Ignorar la discriminación y la desigualdad que viven las mujeres en México, traerá como resultado que la transformación que tanto se pregona y que el actual presidente prometió, se vea limitada e incompleta en sus alcances.