¿A quién le importa la vida de una mujer?

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El caso de la violación sexual de una menor de 17 años de edad por 4 policías, en la alcaldía de Azcapotzalco se volvió un tema central en las redes sociales.

No suelo escribir ya en redes sociales, pero hoy es un día especial. Esta semana el caso de la violación sexual de una menor de 17 años de edad por 4 policías, en la alcaldía de Azcapotzalco se volvió un tema central. Supimos de la filtración de la denuncia y las intimidaciones sufridas por la víctima y su madre, lo cual provocó que interrumpieran los trámites correspondientes.

Al inicio de este mes, la procuradora Ernestina Godoy expresó públicamente la posibilidad de dejar en libertad a los policías acusados de la violación sexual a falta de imputaciones directas. El lunes 12 de agosto cientos de mujeres marcharon a la PGJ a exigir justicia en el caso de Azcapotzalco y tantos otros. Como respuesta a la marcha, anónimos y medios de comunicación invisibilizaron en redes sociales la causa de la furia de las mujeres que salieron a protestar.

Estas personas se mostraron más indignados por los vidrios rotos y la diamantina rosa, que por la violación que generó la protesta. Si algo positivo dejaron estos sucesos, es que el gobierno de la Ciudad de México y la procuradora comenzaron a reaccionar con aparente responsabilidad, insistiendo en que las investigaciones –¬ahora sí¬– continuarán. Sin embargo, después de todo este tortuoso y maltrecho camino ¿quién les cree que en efecto van a tratar con seriedad las denuncias, cuando ni siquiera son capaces de impedir que los datos se filtren, o de detender preventivamente a los presuntos responsables? La joven que denunció la violación ya no confía en las autoridades. Yo y muchas otras, tampoco.

Vivimos en una crisis permanente de violencia contra las mujeres en México. Hay impunidad, complicidad y negación. En la justicia, en las redes sociales, en la prensa, en los sistemas educativos y en las mismas familias se invisibiliza esta violencia, que nos está matando, hiriendo y dejando huellas imborrables de dolor y miedo para vivir y disfrutar nuestras vidas.

No puedo creer la cantidad de noticias sobre violaciones, feminicidio y sinfín de atrocidades que suceden a diario en el país ¡9 mujeres son asesinadas diariamente! Tampoco puedo creer cómo tantos actores públicos, que deberían de ser los primeros en alzar la voz, permanecen en un silencio cómplice que no invita a la toma de conciencia, a la unión y a la rebelión contra esta situación tan monstruosa. Y no sólo no invita, sino que la acalla y apacigua.

Hasta hoy, mi mayor fuente de preocupación eran mis caminos al trabajo y a mi casa, ya que la bicicleta es mi medio de transporte. Todos los días enfoco mi energía en prestar atención a que no me atropelle un pesero o que un conductor irresponsable abra la puerta de su auto sin fijarse.

Recientemente concienticé que el atropellamiento no es el único peligro al que me expongo en la bici, ni en la vida diaria en general: también tengo que cuidarme de que no me acosen, no me detengan, de que no me violen. ¿Realmente debo temerle a los coches cafres más que a los violadores? No sé cuál sea la estadística pero, al paso que van las cosas, en poco tiempo me dará más miedo morir asesinada por un feminicida que atropellada por un pesero.

Comienzo a creer que nos deberíamos de cuestionar, todas y todos, la forma en que realizamos nuestras actividades, los temas de nuestras conversaciones, nuestro trabajo mismo. ¿Cuál es el punto de salir a estudiar o a trabajar si cualquier día de estos unos policías, militares, o CUALQUIER persona anónima, nos van a detener en la oscuridad, frente –y gracias– al silencio de los demás, y nos va a violar y matar?

Ya todas vivimos con miedo. Llevamos ese miedo en la sangre. Habíamos aprendido a vivir con él, pero lo que está pasando actualmente reta a cualquier asimilación previa del mismo. Como sociedad tendríamos que estar demasiado indignadas. Deberíamos de frenar el tiempo y detener todo. Se ha dicho y se seguirá diciendo. Lo que siento hoy es que ya no me puedo callar algo que tarde o temprano nos va a tocar a todas ¡y a todos!

Somos nosotras, son sus madres, sus hermanas, sus parejas y sus hijas. Somos humanas y nadie tiene derecho a violentarnos.

Esto es algo que debería de enfurecernos, asustarnos y movilizarnos a todas y todos por igual. #NiUnaMás #NoMeCuidanMeViolan. (Marisol Tarriba)