La pasión por el ballet y la posibilidad de salir de la pobreza

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El Colegio Nacional de Coreografía de Chíiñu, en Moldavia, es uno de los motivos de orgullo del país más pobre de Europa. Foto: NTX.

Chi?in?u, Moldavia, 9 Dic (Notimex).- El Colegio Nacional de Coreografía de Chíiñu, en Moldavia, es uno de los motivos de orgullo del país más pobre de Europa. De este instituto salieron bailarines que acabaron pisando los escenarios más prestigiosos del mundo.

Las familias de los estudiantes a menudo tienen que hacer enormes sacrificios para cubrir los gastos que supone aprender el antiguo arte del ballet. Ponen muchas esperanzas en sus hijos, con la ilusión de que tengan éxito en el extranjero y puedan contribuir económicamente a su subsistencia.

“Nuestra escuela -explica Eugen Gîrnet, el director artístico- tiene mucha tradición, similar a la de otras ex repúblicas soviéticas. Nació en 1952 y desde entonces formamos a más de 300 bailarines profesionales de danza clásica y de bailes tradicionales de Moldavia”.

Señala que “muchos de ellos, además de haber participado en competiciones internacionales, fueron primeros bailarines en compañías importantes. Por ejemplo, Viena, Berlín, Praga, Moscú y San Petersburgo”.

El Colegio Nacional de Coreografía está en el corazón de la capital. Es un edificio espartano, de estilo 100 por ciento soviético, pero en buenas condiciones. Se trata de una institución estatal, donde los estudiantes no tienen que pagar nada.

Los estudios duran ocho años, desde los 10 hasta los 18 años. Para ser aceptado en el Colegio hay que hacer una audición, en la que anualmente admiten a 10 estudiantes entre mujeres y hombres. Además de bailar, los chicos siguen un curso regular de estudios.

“¡Svetlana! Levanta más esa pierna. ¿No aprendiste nada?”. La profesora es muy estricta. Ninguna de las aspirantes a bailarina profesional se atreve a decir ni media palabra durante la lección. En la barra, están todas muy atentas a sus palabras.

Se miran en el gran espejo que está frente a ellas para ver si están haciendo los movimientos correctos. En un rincón de la sala hay un viejo piano con el que una anciana acompaña los pasos de las chicas. Se ejercitan principalmente al son de las notas de Vivaldi, Mozart y Beethoven.

Eugen habla en voz baja para no interrumpir la lección: “A los moldavos les encanta el ballet. Aunque el Estado continúa recortando los fondos que le dedica, trabajamos duro. Antes tener un bailarín o una bailarina en la familia era un gran honor, además de una manera de salir de la pobreza”.

“En parte esto sigue vigente todavía en la actualidad, solo que los padres ahora prefieren que sus hijos hagan carreras con una remuneración más segura, como la de médico, ingeniero o abogado”, indica.

Eugen, ex bailarín, tiene mucho olfato para descubrir nuevos talentos. Hace seis años, durante una gira de promoción del Colegio en el pueblo de Trusheni, a 20 kilómetros de Chi?in?u, conoció a Mihaela Buruiana, que en ese momento tenía 10 años.

Estilizada, piernas largas y tobillos finos. El físico de una bailarina. Le dejó la dirección de la escuela. ¿Por qué no intentar hacer una audición?

“Recuerdo ese día como si fuera ayer”. Mihaela se expresa con una elegancia igual a la que exhibe bailando. “Nunca antes había dado un paso de baile. Fui a casa y hablé con mi madre. Me vio muy entusiasmada y aceptó llevarme al colegio para hacer una prueba”.

Dice que “la maestra estudió mis músculos y dijo que tenía lo necesario para ser bailarina. Al principio fue muy duro porque iba con mucho retraso respecto a mis compañeras, pero en poco tiempo conseguí ponerme al día”.

De lunes a viernes Mihaela va y viene de su pueblo hasta Chi?in?u en autobús. Tarda unos 50 minutos por trayecto. Vive con su madre, Elena, y con su padre, Anatoly, en una casa con un terreno donde la familia cultiva todo tipo de vegetales.

Su hermano mayor trabaja como albañil en Portugal y cuando puede manda algo de dinero a casa. Anatoly acaba de regresar a casa después de haber trabajado durante 22 años en una fábrica de hierro en Rusia. Elena es ama de casa.

La hospitalidad de la familia Buruiana es exquisita. Anatoly saca de la despensa todo tipo de comida en vinagre que prepara él mismo. Desde pepinos hasta sandía. Y vino y brandy, también elaborados por él.

“En Rusia tenía un buen trabajo, pero debido a los problemas de salud de mi suegra tuve que regresar a Moldavia. Ahora trabajo en una pequeña fábrica: hago un turno de 24 horas consecutivas y luego descanso durante tres días. El sueldo es muy bajo pero no encontré nada mejor”, manifiesta.

Anatoly y Elena están muy orgullosas de su hija. La niña ya ganó una importante competición en Rumanía y fue la primera moldava en participar en una competición en San Petersburgo hace unos meses.

“El colegio -dice Elena- es gratis, pero si un estudiante quiere participar en estos eventos tiene que pagárselo por su cuenta. Casi todos nuestros ahorros están destinados a los viajes de Mihaela, creemos mucho en ella”.

“Desafortunadamente, hace poco mi madre murió y tuvimos que pedir un préstamo bancario para el funeral. Ahora no tenemos dinero suficiente para cubrir los gastos de una competición importante que se celebrará la próxima primavera en España”, cuenta.

Desde su dormitorio, mientras hace los deberes, Mihaela lo escucha todo. Está muy agradecida con sus padres por los sacrificios que hacen por ella y asegura que nunca perderá la esperanza de convertirse en bailarina profesional algún día.

“Para mí el ballet es una oportunidad para vivir otra vida. Gracias al esfuerzo aprendí a tener mucha más confianza en mí misma”, afirma.

Y finaliza: “crecí con el ballet, ahora comprendo que la vida está llena de desafíos que hay que enfrentar. Llegará mi momento, estoy segura. Y podré corresponder a lo que mamá y papá hacen por mí”.