deber ciudadano
En un planeta cada vez más encendido por el odio, y por ende más fragmentado e injusto, la ciudadanía tiene el deber cívico de reflexionar unida.

Hemos perdido el afecto y nos hemos encontrado
crecidos por el odio, recreados por la venganza.

Salgamos cuanto antes de este fuego de rencores,
que viciado un espíritu envicia a otro por contagio.

De este modo, logramos una simiente de inquinas
y enconos, cuyo desvelo es destruir existencias.

Por siempre y para siempre hemos de ser la savia,
no nos ciegue el resentimiento y seamos lobos.

Lobos que no se atreverían a entrar en el alma
humana, a poco que nos cautivemos de cariño.

Para desgracia nuestra nos menospreciamos,
hasta el extremo de no descifrar lo que es querer.

Querer no es poseer, es sobre todo vislumbrar
que la vida nos ha sido donada para compartirla.

Por eso, causa pavor tanto desamor vertido,
pues todos somos imagen de Dios y a Dios vamos.

Pensamos saber y apenas sabemos nada de nadie.
Pensamos ser alguien y no sabemos ni amarnos.

Necesitamos poner más pasión en la humanidad,
y ser más sensibles a los ojos del alma que llora.

Nos falta entusiasmo para socorrer al hambriento
de ternura y andamos carentes de imaginación.

Si viésemos más en los demás que en nosotros,
nada sería igual y el terror sería el gran ausente.

Regrese un corazón nuevo antes que los bárbaros
dominen, con su violencia, un espacio que es verso.

Dios nos puso en el camino a hacer un camino
de luz, para que todos sembremos amaneceres.

Y aunque ningún mortal puede abrazarse al cielo
si no es por la cruz; ciñámonos a ella, que es AMOR.