Eduardo Matos Moctezuma, pilar de la arqueología mexicana. NOTIMEX

México, 5 Nov (Notimex).- De ser uno de los pilares del trabajo arqueológico en el país, Eduardo Matos Moctezuma es hoy, con 55 años de trayectoria, un amante de la poesía y la investigación siendo la muerte, el Templo Mayor y la historia de la arqueología los temas que le apasionan.

El arqueólogo ha pasado buena parte de este año escribiendo discursos para agradecer distinciones, entre ellas el Pectoral de Juego de Pelota, otorgado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), por 55 años de labor.

Fue “Cartas a un joven poeta”, del alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926), el libro que definió su vida interior, confesó Matos Moctezuma, quien a sus 74 años no se considera el mejor arqueólogo de su generación, sólo el más conocido que desde hace ya cinco décadas y media se ha dejado ver.

El egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) ha dejado por herencia uno de los proyectos más importantes del siglo XX que ha permitido desvelar el centro del universo de una de las sociedades con más poder del mundo prehispánico: la mexica.

De adolescente quería ser sacerdote debido al vínculo con los lasallistas de sus primeros colegios sin embargo decidió declinar y acercarse al mundo de la arqueología encontrando su pasión por ella en otro libro “Dioses, tumbas y sabios”, del periodista alemán C.W. Ceram (1915-1972).

Matos expresa: “A mí lo que me gusta es investigar y escribir” aunque de la escritura, lo suyo no es precisamente hacer poemas, afirma, sino pensamientos.

Ejemplo de ello se puede apreciar en el fragmento del poema “Mi testamento”, escrito a su hija Daniela, del libro “Los rompimientos del Centauro. Conversaciones con Eduardo Matos Moctezuma” de David Carrasco (1944) y Leonardo López Luján (1964).

A través del libro, Matos Moctezuma señala que “mi vida burocrática había estado desarrollándose muy bien. Muy bien dentro de lo negativo”, siendo en ese momento el tiempo preciso para romper con ese poder y dedicarse a la investigación.

Gracias a ello, el Templo Mayor se convertiría no sólo en el lugar donde plasmó su creatividad académica y donde tuvo todo el apoyo para realizar el trabajo arqueológico tal como él piensa que debe ser un proyecto de investigación, sino en uno de los aspectos más importantes de su vida y en el que trabaja la mayor parte de ella.

Con casi 40 años de trabajo ininterrumpido en la formación de investigadores, el arqueólogo recuerda que para realizarlo “conjunté a un grupo de especialistas de diferentes ramas. Solicité la participación de los laboratorios donde hay biólogos, químicos, de restauradores y de antropólogos físicos que atendieran todo ese mundo de cosas que iban saliendo”.

Destacó que “un arqueólogo tiene la capacidad de dar vida a lo muerto porque atraviesa esos dos umbrales para crear historia”.

Disfrutar de los libros, el vino, el tabaco, los amigos y la familia se han convertido actualmente en el proceso que lleva, así como aprender a vivir la muerte pues sabe que un día todo acabará.

A la par se dedica a darle continuidad al Proyecto Templo Mayor y a la preparación de dos libros para El Colegio de México, además participa en las reuniones de las academias de Historia, de la Lengua y El Colegio Nacional a las que pertenece.