Con esta columna intento retomar mi interés, y compartirlo con el público lector, sobre el impacto del estrés en la salud física y emocional de las mujeres.

Cuando hablamos de estrés nos referimos a un estado de tensión generalizada que impacta tanto en la persona que puede desequilibrar su cuerpo y su mente, por causa de influencias externas o internas.

Estoy convencida que uno de los principales problemas para identificar el estrés es que ni siquiera nos damos cuenta del tipo de vida que llevamos, porque la mayoría de las personas estamos acostumbradas a no prestar atención a lo que nuestro cuerpo siente, y mucho menos a las emociones que van de la mano.

Existe un experimento que aunque desafortunadamente resulta cruel por su naturaleza, puede servir para ejemplificar lo que sucede con el estrés en las personas en una sociedad como la nuestra.

Es éste un experimento clásico de fisiología llamado “el síndrome de la rana hervida”, que fue realizado en tres fases. En la primera se echa una rana viva a una olla con agua fría; la rana, aunque tiene un espacio limitado, se mueve con comodidad.

En la segunda fase se echa a la rana en una olla con agua hirviendo; esta vez la rana percibe la crisis y no le queda más opción que patalear y brincar violentamente para salvarse. Muchas ranas logran saltar hacia afuera y salvarse aunque lastimadas; otras, menos activas, sucumben en la crisis.

En la tercera fase de este “experimento”, la rana se coloca dentro de la misma olla, pero con agua fría; luego se pone la olla en la lumbre con una flama muy pequeña. El agua se calienta lentamente hasta hervir, por lo que la rana no se da cuenta del cambio de temperatura y, desafortunadamente, muere.

Con este ejemplo podemos ver lo que sucede cuando el estrés forma parte de nuestra vida, de nuestra cotidianidad y nos acostumbramos a él, sin darnos cuenta de la forma en que influye en nuestra salud y en nuestra vida en general, hasta que nos enfermamos o los problemas nos rebasan hasta la muerte.

Mujeres y hombres estamos expuestos por igual al estrés, sin embargo no reaccionamos de igual manera. Diversos estudios han demostrado que las mujeres somos más susceptibles que los varones, y por tanto más propensas a los efectos emocionales del estrés.

Se habla de que cuatro de cada 10 mujeres manifiestan sentirse muy estresadas o bajo situaciones de estrés frente a dos de cada 10 hombres.

Un experimento con personas de ambos sexos mostró que las mujeres que leen malas noticias en los diarios fueron más reactivas ante situaciones estresantes posteriores, en comparación con los hombres.

Según la doctora Marie France Marin, del Centro de Estudios del Estrés Humano del Hospital Luis H. Lafontaine, en la Universidad de Montreal, Canadá, las mujeres recordamos con mayor nitidez los detalles de las noticias negativas que los hombres (**).

Aunque todavía existe la idea en algunas personas de que las mujeres somos “demasiado sensibles”, no es una idea cierta, ya que en el momento en que se ha necesitado “sacar la fuerza”, somos las mujeres las que más lo hacemos, como por ejemplo las Madres de la Plaza de Mayo, las madres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, y las madres de los desaparecidos de Ayotzinapa.

Hay situaciones que dañan y lastiman las emociones de las mujeres de manera profunda cuando algo nos estresa, y puede provocarnos daños a nuestra salud integral.

Los síntomas físicos y emocionales del estrés en las mujeres pueden ser: dolores de cabeza frecuentes; problemas de alimentación; dificultad para concentrarse; dolores de pecho, espalda y cuello; acidez; náuseas; espasmos gástricos; colitis; sudores fríos; fatiga crónica; insomnio; estreñimiento; diarrea; angustia; depresión; ansiedad; e irritabilidad, entre otros.

Si has identificado tener al menos dos de ellos, es recomendable consideres iniciar un proceso de terapia o buscar estrategias de relajación para liberarte del estrés.

Entre las causas que pueden generar un elevado nivel de estrés están:
–La auto exigencia laboral y profesional para lograr un reconocimiento salarial justo.
–La atención simultánea a responsabilidades de la casa, las hijas e hijos y la profesión.
–Experimentar más cambios hormonales que los hombres.
–La predisposición genética a padecer dichos cuadros.
–El “permiso social” para expresar lo que emocionalmente sentimos, incluido el miedo.

En el área laboral, las mujeres experimentamos un mayor desequilibrio entre el esfuerzo que implica el trabajo y la recompensa que recibimos; no me refiero sólo al salario, sino a la falta de reconocimiento y a la carga excesiva de trabajo, lo que nos conduce a desarrollar fuertes estados de estrés, que a su vez generan depresión, ansiedad, sensación de sobresaturación emocional, angustia, etcétera.

Creo importante que el tema del estrés no se tome a la ligera, porque tenemos que considerar que a últimas fechas la situación social que vivimos es estresante por sí misma, y de no atendernos corremos el riesgo de desarrollar alguna afección delicada tanto física como emocionalmente, y estar atentas o atentos a cualquier síntoma que llame nuestra atención.

Poner atención en que no es lo mismo si nos duele la cabeza o si tenemos problemas estomacales de vez en cuando, a tenerlos varias veces a la semana, a que es diferente si tenemos un problema que nos impide dormir dos noches, a sufrir de insomnio.

Tomar conciencia es un primer paso y muy importante para empezar las acciones necesarias para desestresarnos. Por lo que sugiero que de los síntomas mencionados anteriormente elijan cuáles están presentes en sus vidas aquí y ahora, identifiquen si son más de dos, ubiquen qué tan frecuentes son, y si su intensidad va en incremento.

Si es así, entonces es momento de hacer un alto en el camino y tomar decisiones para atenderte, con estrategias como hacer ejercicio, elegir una disciplina de meditación o yoga, y hasta iniciar un proceso de psicoterapia que te permita liberarte de todo el estrés acumulado a lo largo de tu vida, e impedir que vivas el “síndrome de la rana hervida”.