Una de las grandes ilusiones del hombre es quizás ese aspecto irreal de la inmortalidad, pues conlleva tantos misterios de cuál es el origen y el objetivo de su raza, es quizás esa soledad cósmica la que lo lleva al milagro de suponer que puede vencer ese místico fenómeno que llama muerte ¿Evolución? ¿Trascendencia? O simplemente el devenir del tiempo y el espacio en la rotación de la tierra para llegar al punto en que la energía tendrá que transformarse, o puede ser igual de simple que sean los magisterios divinos los que rigen sus actos.

La inmortalidad de la raza humana es una realidad claramente falsa, pero a pesar de eso se revela verdadera en muchas culturas del planeta, probablemente en todas, por lo general se manifiesta como un fenómeno religioso, pero es también la ciencia la que nos ofrece esa misma idea de vencer la muerte en una futura emigración hacia los cuerpos celestes. No hay que analizar con mucha profundidad que “el primer mundo” ya se vende así mismo y a las demás sociedades “involucionadas” desde hace un buen de tiempo la fría realidad que para detonar la “evolución” del ser humano se tendrá que acabar inevitablemente con las demás formas de vida del planeta y el planeta mismo.

La economía, la explotación masiva e inconsciente de los recursos naturales, la industria contaminante, la comunicación tecnológica enajenante y la creciente creencia en la supremacía científica ha enajenado a la débil raza humana, que en la búsqueda de respuestas ha manifestado en su historia innumerables hechos caóticos y lastimeros que definen esa extraña naturaleza de destruir, pero a su vez en salvar todo lo que ha creado, la paradoja del hombre en la actualidad, por un lado pensando en promesas de inmortalidad y por otro la helada realidad del exterminio de la especie sí misma y por el cruel e inmisericorde tiempo.

El ser humano en su vanidad ha llevado a niveles tautológicos todo lo que se considere “razonamiento” y su pretensión de decidir sobre las acciones de sus semejantes en el tiempo y causalidad no tiene ya una medida moral que lo justifique.

¿Por qué pensar en la inmortalidad? ¿Por qué la mente humana no puede aceptar la idea de la finitud? El antiguo filósofo de la naturaleza Anaximandro definía todo el origen del universo como el “Ápeiron” o lo “indeterminado” lo “indefinido” y no es esto más que el principio de todas las cosas, todo emana y regresa a él creando un ciclo necesario y vital para el funcionamiento del universo.

¿Ciclos? Muerte, vida, el ser, el no ser, principio, fin, numerosos conceptos que definen realidades contrarias, realidades que determinan existencias, pasión y razonamiento definen desde hace mucho tiempo las acciones del hombre, es por la pasión por la cual crea y justifica la esencia de su vida, pero es también por la pasión que es imprudente e infeliz, es el razonamiento el que lo encamina a pensar en el consuelo de vencer y olvidar la única verdad que el hombre conoce en el misterio de la vida.

Vivimos todos los días en un mundo indeterminado e indefinido, el ápeiron, una realidad que no conoce muchos significados, ese misterio de lo que sucederá mañana, en meses, en años, o simplemente al atardecer, el estresante para muchos futuro, ese indeterminado futuro que nos demuestra sin titubeos a cada momento el misterio de lo que somos y el porqué, de nuestra meta en la vida, de encontrar lo que buscamos, de lograr lo que nos proponemos y a pesar de que a toda noche le llega el día, nunca podría asegurar que estaremos allí para darle la bienvenida. Vida y muerte, poesía sin final.