Morelia, 2 Nov. (Notimex).- Mas de 140 mil turistas nacionales y extranjeros asisten este año a los rituales de Noche de Muertos que se llevan a cabo sobre todo en la zona de la ribera del Lago de Pátzcuaro.

En estas celebraciones, que tienen como protagonistas a la muerte y a los espíritus, el ritual de La Velación es el más conocido.

En total, se lleva a cabo en unos 20 pueblos alrededor del Lago de Pátzcuaro, sin embargo, las velaciones más famosas son las que tienen lugar en la isla de Janitzio y en Tzintzuntzán, en donde las tumbas son ataviadas con flores y cientos de veladoras, así como con los platillos y bebidas favoritas del difunto que ahí descansa.

Incluso, no es raro observar en estas tumbas objetos personales del ser querido muerto, tales como bicicletas, muñecas y playeras, así como fruta, pan, mole y otros alimentos.

La ceremonia de velación tiene ligeras variantes de una comunidad a otra. Por ejemplo, no todos realizan la ketzitakua, unos realizan la velación de los adultos el 31 de octubre y otros el 1 de noviembre, variando también la fecha de la velación de los angelitos.

Otro caso es la realización de ofrendas con forma de caballo, una variante que se presenta sólo en dos o tres pueblos del estado.

Además, en torno a esta tradición giran en la actualidad gran cantidad de eventos, tanto rituales como artísticos, culturales y de atractivos para el turismo.

La parte ritual tiene varios aspectos como el hurto y recolección de elementos para la ofrenda colectiva para los muertos que no tienen quien los recuerde (teruscan y campaneri, respectivamente).

Asimismo, la caza de pato, una tradición de la ribera lacustre casi extinta, y la ketzitakua, una ofrenda especial para quienes murieron durante el año en curso, ceremonia que se realiza en las casas donde residía el difunto.

Además, la velación de los angelitos, que se realiza en los cementerios en honor a quienes murieron siendo niños o célibes; la preparación de los alimentos para las ofrenda.

Las ofrendas son parte fundamental de estas celebraciones, pues además del significado espiritual, tienen gran relación con las creencias indígenas de la zona en torno a la relación de la vida y la muerte.

Cuando se trata de la primera ofrenda, para una persona fallecida durante el transcurso del año, los familiares acostumbran rezar el novenario programado de tal forma que termine el 1 de noviembre. Ese día se hace el altar en una habitación destinada ex profeso.

Para el altar se dispone un espacio sobre una mesa o en el piso. Ahí se colocan las bateas (tipo de charola) con ofrendas de pan de muerto, dulces de azúcar, un cántaro con agua, una cazuelita con sal, frutas, alimentos preferidos por la persona que recibe la ofrenda, calabazas, chilacayote, mancuernas de maíz, fotografías ya algunas prendas de vestir que identifiquen al difunto.

En lo más alto de la ofrenda, al centro, se coloca una cruz adornada con flores de cempasúchil y de ánima.

También se les da lugar en diferentes partes de la ofrenda a los candeleros con velas, con los que se forma una figura de cruz y al sahumerio con el copal encendido.

Asimismo, con pétalos de cempasúchil se forma un camino que inicia en la puerta de la casa y termina en el altar, con el objetivo de indicar a las ánimas el camino que deben seguir para llegar a las ofrendas.

Luego de ofrendar en las casas, las familias acuden a ofrecer la ceremonia a los panteones, donde permanecen hasta el amanecer del día 2 de noviembre.

Al final, intercambian las ofrendas con amigos y familiares, porque de acuerdo a la costumbre, no se deben regresar a sus casas con lo que llevaron al camposanto.