En un país en el que ya nada parece sorprender, aún causa pasmo y alarma asomarse a los recovecos del mal. No el mal metafísico y esquivo de la teología, sino el mal efectivo y tangible que consiste en la destrucción de las personas, la burla de su integridad, el abuso sexual a los niños y la alianza de poderosos para arropar al victimario y dañar aún más a quienes ya son víctimas. Ese mal es el que resuma en la historia de Marcial Maciel, fundador y líder casi hasta su muerte del grupo de poder de los Legionarios de Cristo.
La experiencia del mal extremo suele encarnarse en un personaje. Así el mal del nazismo se concentró en la figura de Hitler y el del totalitarismo soviético lo hizo en Stalin. Marcial Maciel, miembro del alto clero católico, es ahora símbolo y síntesis del abuso sexual, de la mentira y el pecado en el marco de los oscuros terrenos, que muchos existen, de esa religión. Pero al igual que esos otros dos personajes, Marcial Maciel no pudo haber actuado solo, no tenía, como ningún individuo aislado, la capacidad de hacer tanto daño y haber sido, a la vez, tan cínico y tan impune. Necesitó contar, para decirlo con los términos que utilizó el historiador del nazismo Daniel J. Goldhagen, con un grupo de "verdugos voluntarios"; un grupo capaz de hacer posible que las prácticas que ahora nos repugnan se cometieran con regularidad durante décadas.
No asombra, por ello, que sea la propia organización que fundó este personaje la que esté ahora sujeta a escrutinio. El gobierno del Estado Vaticano ha decidido hacer una investigación ante la evidencia de los abusos del siniestro personaje.
Está abierta, por ello, una investigación interna. Es posible que de esta investigación vaticana se deriven sanciones contra ciertos personajes de esta organización. Se prevé, por ejemplo, que de acuerdo con el derecho canónico se mantenga y amplíe la intervención vaticana de los Legionarios, que se revisen sus finanzas y que se reorganice su estructura directiva. Por lo pronto, los jefes de esta organización han ofrecido, de manera abstracta y todavía esquiva, disculpas a quienes fueron afectados por los actos de su fundador. Incluso han expresado públicamente su arrepentimiento. Y he ahí el gran problema.
Marcial Maciel, presuntamente, cometió una serie de delitos de orden penal, y es muy probable que fuera auxiliado para ello por cómplices y encubridores. Para un Estado laico no debería importar si esos actos delictivos equivalen, dentro del código moral de una religión, a pecados. Lo que debe importar es que existen indicios claros de una serie de actos criminales respecto de los cuales, por lo que sabemos, no se hace ninguna investigación legal. Si el Vaticano es el Estado que investiga los hechos, lo que podemos temer es que la inacción al respecto del Estado mexicano se convierta en impunidad y desprotección de las víctimas.
¿Marcial fue el único en los Legionarios de Cristo que cometió abusos sexuales contra menores y traficó con drogas? ¿Si hubo encubrimiento, quiénes son los probables responsables? ¿Los hilos económicos, poderosos y complejos, que se muevan en esta organización tienen algo que ver con las prácticas sexuales del líder de la organización?
Una violación tan sostenida, amplia y encubierta de derechos fundamentales de personas vulnerables amerita una investigación en México. Maciel murió, pero el aparato que fundó goza de un descomunal poder. Éste se ha movido antes para silenciar las denuncias contra Maciel. Por ello, es necesario que la PGR y la PGJDF, con jurisdicción en estos casos, intervengan y sustancien una investigación previa que lleve a los jueces a dirimir responsabilidades y, en la medida de lo posible, a castigar a los culpables de los delitos. La investigación papal, en lo que tiene de reparación moral, debe ser bienvenida; pero no significa nada sustantivo para el orden legal de una nación que, conforme a su Constitución, debe mantener separados los pecados y los delitos.
Sería muy grave que las autoridades mexicanas siguieran siendo convidados de piedra en el caso de una de las cadenas de delitos más agraviantes en nuestra historia.
En el caso de Maciel, sencillamente, no se ha hecho ninguna justicia en México.
Diario Rotativo de Querétaro



