Por medio de su computadora, con el programa de lector de pantalla, compone piezas, al igual que los demás. No piensa siquiera en incorporarse a la lista de los emigrantes ilegales. En La Habana dejó una casa medianamente confortable, un contrato laboral que, por lo menos, asegura lo indispensable. Quiere estar allí solo por un tiempo. El tiempo suficiente para romper la atadura al cordón umbilical de su madre, atadura extendida por sus 30 años de vida o, mejor dicho, de vida a medias.
Mi amiga X es portadora del síndrome del amor equivocado, así lo designo después de conocer las experiencias de algunas discapacitadas, activas en la esfera cultural y educacional.
Aunque X dio el paso de la separación, se siente culpable. Si es difícil, a rastreo de bastón, tomar el Metro correcto en un país extraño; más difícil es pensar que le ha robado a la madre su razón de existencia, que es ella misma de pies a cabeza.
Porque piensa que a esta madre vidente,--como otras que por la llamada mala suerte disfrazada de error genético o accidente imprevisto recibió un bebé sin luz-- se la ha sentenciado la condena perpetua de ser el aura protectora de una hija. Ella se lo repite inconscientemente: se convirtió en un apéndice de ese cuerpo por entonces juvenil, porque la responsabilidad y deberes obligados de la mujer-madre en la familia están delineados en este sentido.
Cuando demora la concepción del descendiente primero, el hombre culpa a la mujer. Cuando las circunstancias no propician la llegada de un hijo, la responsabilidad de evitarlo se le endilga a la mujer. Pues, si el envío llega con defectos, la mirada acusadora del porqué recae también en la mujer.
Por supuesto, hay parejas con triunfos anotados sobre estos moldes atávicos. Aún así, en su condición de recipiente y vía del desarrollo fetal, la pregunta silenciosa la atormentará y elucubrará en qué rigor del embarazo falló.
Estas madres abandonan sus profesiones, hasta cambian sus vocaciones, por cualquier puesto laboral cerca de sus hijos, o quedan confinadas totalmente a su atención, con descuido hasta de los otros descendientes. Contarán con el aplauso de los vecinos, serán tomadas como ejemplo de la madre sacrificada. El padre recibirá algunas críticas, pero pobre de la mujer que no cumpla, ante la mirada de los demás, con esta entrega máxima esperada.
Así se establece esta relación de amor equivocado, enfermizo; inclusive si el bebé es varón. Aquí también aparecen las diferencias sexistas. La madre, las posibles tías, hermanas, se ocuparán de todas las obligaciones de la vida diaria. Tratarán de sujetarlo, encerrarlo entre sus cuidados.
Si él lo decide, podrá escapar, por su sexo. Al chico se le otorgará la libertad en las decisiones y la posibilidad de andar solo por la vida y buscar su pareja. A ella, no; la sobreprotección tratará de hacerla invisible y, como está escrito en algunos libros empolvados que el matrimonio es la consumación de la realización femenina, la "obtención" de una pareja para la ciega será una grave preocupación familiar.
Entonces, la búsqueda corre por parte de la antecesora. Cuando la joven, logrado un oficio o profesión que, por lo menos, por unas horas le brinda cierta libertad y un amigo se fija en ella; pronto el enamorado sentirá la sombra de esa mujer mayor sonriente y pensará, con razón, que estará en un futuro detrás de la puerta de la habitación matrimonial.
Por supuesto, esos elementos heredados, formadores en parte del carácter, influyen; como también, la capacidad financiera y las reglas de convivencia vigentes en cada hogar.
En otra ciega entrada en la adultez mayor, quien continúa activa en su profesión artística, todavía el lazo de atadura con la anciana madre persiste. Sus tiempos juveniles fueron los peores. La presencia materna en todos sus movimientos fuera del hogar se justificaba y aceptaba en la sociedad por aquellos prejuicios estigmatizadores en la mujer dedicada al canto popular. Ahora, tiembla al pensar en el normal acecho de la muerte, que rasgará a la fuerza la atadura.
Triste es otro ejemplo de una ciega adulta de sobradas capacidades, carácter fuerte y propenso a la ira. En sus ganas de independencia, se han perjudicado sus relaciones familiares y sus otros vínculos con el entorno. Ese miedo inculcado sobre la obligación de la pareja, la lanzó a la promiscuidad, con heridas amargas abiertas en cada aventura y a una actitud de rebelde con causa y sin causa. Se malogró así una inteligencia apta para los mejores empeños.
Estos ejemplos recogen la existencia de mujeres ciegas nacidas de progenitores videntes. Todas con acceso a escuelas especiales, psicólogos y otros profesionales a la mano de la familia y un entorno propiciador, en principio mediante leyes y organizaciones, de un feliz desarrollo individual.
Sin embargo, la acumulación de las deformidades en el concepto del amor materno, por las obligatorias responsabilidades de la mujer con la cría humana decretada por la sociedad patriarcal, anulan los ciertos esfuerzos de instituciones y organizaciones por una coordinada acción de la familia entera ante la presencia de la discapacidad.
Presupone, entonces, que esas mismas organizaciones e instituciones pongan el ojo en estas circunstancias e interactúen con líneas definidas respecto a estas realidades con programas puntuales.
Con alegría contemplamos la incorporación de las discapacitadas en variados oficios y profesiones. Afrontemos la pregunta: ¿Están realizadas a fondo como mujeres enteras, independientes, o son sólo un número en determinados datos estadísticos? Mujeres sin decisión sobre sus propias vidas, en desenfreno porque desconocen la verdadera independencia o melancólicas ignorantes del porqué de su abatimiento.
Aún en las mejores condiciones financieras y de apoyo social dado en sistemas de estudio y posibilidades laborales, la niña ciega urgirá de la colaboración familiar en un grado mayor que las otras menores, en especial en los primeros años de vida. Después, la familia será el apoyo complementario en sus estudios, en su relación con el entorno, en el modelo ideal.
Sin embargo, todos estos esfuerzos languidecerán, si permanece el canon aplaudido de la madre sacrificada que, de tanto amor equivocado, la entorpece, la cierra y a la vez, se anula ella misma.
ROTATIVO de Querétaro



